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El sonido de sus tacones resonaban como una sentencia en el pasillo de mármol de Blackwood Tower. Valeria Montenegro apretó con fuerza la carpeta que llevaba contra su pecho, como si aquel papel pudiera sostener su corazón roto.
Tres años. Tres años de matrimonio de contrato, de amar en silencio al hombre más frío y poderoso de la ciudad, y hoy todo terminaba. Empujó las puertas de caoba del despacho presidencial sin llamar. Dentro, Alexander Blackwood estaba de pie frente al enorme ventanal, con las manos en los bolsillos de su traje negro Armani. Su silueta imponente contrastaba con la ciudad que se extendía a sus pies como un reino conquistado. Y a su lado, como siempre, Sophia Villarreal. La modelo de piernas interminables y sonrisa venenosa, con su mano perfectamente manicura apoyada en el brazo de él. —Vaya… —Sophia soltó una risa baja—. Mira quién se dignó a aparecer. Alexander giró lentamente. Sus ojos grises, fríos como el acero, la recorrieron sin ninguna emoción. Ni siquiera un destello de reconocimiento. Para él, Valeria ya era historia. —Firmaste los papeles —dijo Valeria, odiando cómo le temblaba la voz. Sacó los documentos de la carpeta y los dejó sobre el escritorio de cristal—. Solo necesito tu firma y desapareceré de tu vida, como tanto deseas. Alexander caminó hacia ella con esa elegancia peligrosa que siempre la había intimidado. Se detuvo a solo un paso, tan alto que Valeria tuvo que levantar la cabeza para mirarlo. —¿Tan ansiosa por liberarte, Valeria? —Su voz era baja, burlona—. Pensé que seguirías fingiendo ser la esposa devota un poco más. Valeria sintió que algo se rompía dentro de ella. Recordó las noches en que él la buscaba en la cama, posesivo y ardiente, solo para ignorarla por completo al amanecer. Recordó las humillaciones públicas, las palabras hirientes delante de sus empleados, las veces que le dijo que solo era una “mujer oportunista” que había tenido la suerte de casarse con él por contrato. —Nunca fingí amarte, Alexander —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer—. Fui yo la estúpida que creyó que algún día me verías como algo más que un error. Sophia soltó una carcajada cristalina. —Qué patética. ¿De verdad creíste que un hombre como Alexander podría enamorarse de una secretaria mediocre? Alexander tomó la pluma de oro que estaba sobre el escritorio. Sin mirarla, sin dudar ni un segundo, firmó los papeles del divorcio con trazo firme y decidido. —Listo —dijo, empujando los documentos hacia ella—. Ya no eres nada mío. Sal de mi empresa y de mi vida, Valeria. Y no te atrevas a volver pidiendo dinero. Valeria recogió los papeles con manos temblorosas. El anillo de matrimonio, ese que nunca se había quitado, le quemaba en el dedo. Se lo quitó lentamente y lo dejó caer sobre el escritorio con un sonido metálico que pareció retumbar en todo el despacho. —Que seas muy feliz con tu elección, Alexander Blackwood. Dio media vuelta y caminó hacia la puerta con la poca dignidad que le quedaba. Antes de salir, escuchó la voz de él por última vez, fría y cortante: —No vuelvas a cruzarte en mi camino. Para mí, ya estás muerta. La puerta se cerró detrás de ella. En el ascensor, sola, Valeria por fin dejó que las lágrimas cayeran. Se abrazó el vientre de forma instintiva, sin saber aún que, en ese preciso momento, tres pequeños corazones latían dentro de ella. Los trillizos de Alexander Blackwood.






