Alexander Blackwood estaba de pie en la pista privada del aeropuerto, observando cómo su equipo de seis hombres subía al jet corporativo. Todos eran exmilitares, discretos y leales solo al dinero. El líder, un hombre llamado Viktor con una cicatriz en la ceja, se acercó a él.
—Tenemos coordenadas aproximadas en las afueras de Barcelona. Una villa protegida por gente de Cross. Si ella está allí, la sacaremos en menos de cuarenta y ocho horas.
Alexander lo miró con ojos fríos y obsesivos.
—No