El jet aterrizó en el aeropuerto privado de Barcelona bajo un cielo rosado del amanecer. Valeria —ahora Elena Vargas— bajó las escaleras con las piernas temblorosas. El aire mediterráneo, cálido y salado, le golpeó el rostro como una caricia desconocida. Damien Cross la sostuvo del codo con firmeza mientras caminaban hacia un Mercedes negro blindado.
—Bienvenida a tu nueva vida —dijo él con voz suave pero calculadora—. Nadie sabe que estás aquí. Ni Alexander, ni la prensa, ni siquiera tu propi