En la majestuosa mansión Blackwood, situada en las colinas privadas de la ciudad, la tensión se podía cortar con cuchillo. La abuela materna de Alexander, la venerable Victoria Blackwood, de setenta y ocho años, golpeó el bastón de madera noble contra el suelo de mármol del salón principal. Sus ojos, aún penetrantes y azules como el acero, brillaban de pura furia.
—¡Eres una vergüenza para el apellido Blackwood! —gritó con voz sorprendentemente fuerte para su edad—. ¿Cómo te atreviste a humill