Alexander Blackwood caminaba como un león enjaulado por su despacho en la torre. Las paredes de cristal ofrecían una vista imponente de la ciudad, pero él solo veía rojo. Sobre su escritorio había informes de detectives privados, registros de vuelos y fotografías borrosas de Barcelona.
—¡Nada! —rugió, lanzando una carpeta contra la pared—. Han pasado semanas y solo tengo migajas. Damien Cross se la llevó y la escondió como si fuera un tesoro.
Sophia entró sin tocar, vestida con un ajustado ve