Mundo de ficçãoIniciar sessãoDos mundos opuestos. Un toque incontrolable. Una guerra donde el amor y el odio se pagan con sangre. Carolina Sandoval tiene 24 años, una belleza serena y un corazón entregado a la gente humilde de San Lorenzo, un pequeño y olvidado pueblo mexicano. Como la única doctora de la comunidad, su vida transcurre entre la simplicidad, el servicio y una dignidad de hierro que nada ni nadie ha logrado quebrantar. Vincenzo Ferretti es el despiadado capo de la mafia italiana. Hermoso, dominante, peligroso y sumamente arrogante, está acostumbrado a que el mundo se arrodille ante su presencia. Sin embargo, guarda un secreto oscuro: su cuerpo lleva años anestesiado, incapaz de sentir deseo ni excitación por ninguna mujer... hasta que una emboscada en territorio mexicano lo deja al borde de la muerte. Sangrando y desamparado, sus hombres irrumpen en el pueblo y secuestran a la joven doctora. Lo que debía ser una simple intervención médica de emergencia se convierte en una condena de doble filo. Desde el primer instante en que los dedos fríos de Carolina rozan la piel ardiente de Vincenzo, el cuerpo del capo despierta con una pasión violenta e incontrolable. Humillada y prisionera en una jaula de oro, Carolina se niega a someterse ante el monstruo que la ha robado de su vida. Vincenzo, descolocado por una necesidad física que no puede dominar y un orgullo que se niega a ceder, jura doblegar el espíritu indomable de la doctora. En medio de fuego cruzado, traiciones de carteles y una tensión sexual destructiva, ambos se verán atrapados en una espiral de odio, poder y un deseo tan salvaje que amenaza con consumirlos a ambos. «Odias sentir esto tanto como yo odio necesitarte.»
Ler maisEl sol de la tarde caía implacable sobre las calles empedradas de San Lorenzo, un pueblo olvidado entre cerros y veredas de tierra donde el tiempo parecía haberse detenido. En la pequeña clínica comunitaria, el único sonido era el zumbido constante de un viejo ventilador de techo y el roce suave de las hojas que la doctora Carolina Sandoval organizaba en su escritorio.
A sus 24 años, Carolina poseía una belleza serena pero deslumbrante. Tenía una piel cálida, ojos expresivos llenos de vida y una sonrisa noble que solía ser el mejor remedio para los enfermos del pueblo. No llevaba maquillaje ni joyas ostentosas; una simple bata blanca sobre un vestido sencillo le bastaba. Había rechazado ofertas para trabajar en grandes hospitales de la Ciudad de México con tal de quedarse cuidando a la gente humilde que la vio crecer. Era amable, sí, pero bajo esa dulzura se escondía un carácter de hierro tallado por la necesidad y el esfuerzo. Esa tarde, Carolina atendió a Don Mateo, un anciano agricultor con las manos agrietadas por el trabajo. —Doctorita, ya no debería molestarse tanto por este viejo —dijo el hombre, intentando pagarle con un costal de limones. —No es ninguna molestia, Don Mateo —respondió ella con una sonrisa cálida, acomodándole la manga de la camisa—. Se toma la medicina para la presión y nos vemos el próximo mes. Y acepte los limones, pero para usted; aquí en la clínica ya tenemos bastantes. Carolina amaba la paz de su rutina. No imaginaba que, a solo quince kilómetros de allí, en un rancho abandonado que la vegetación casi había devorado, esa paz estaba a punto de ser destruida a balazos. Las ruedas de tres camionetas blindadas levantaron una cortina de polvo denso al detenerse frente al viejo granero del rancho. De la camioneta central bajó Vincenzo Ferretti. A sus 32 años, Vincenzo era la definición viviente del peligro y la elegancia. Alto, de espaldas anchas y facciones esculpidas como un bloque de mármol italiano, imponía respeto con la sola presencia. Sus ojos, de un gris helado, no reflejaban compasión. Vestía un traje a la medida que contrastaba grotescamente con la aridez del paisaje mexicano. Había volado desde Roma para cerrar una alianza estratégica con un cartel local. Para Vincenzo, México era solo un punto más en el mapa para expandir el imperio Ferretti. —Señor, el lugar parece despejado —murmuró Luca, su hombre de confianza, ajustando la funda de su arma. —No me gusta el olor de este sitio, Luca —dijo Vincenzo con voz grave y acento italiano marcando sus palabras—. Los mexicanos son impredecibles. Mantengan los ojos abiertos. El encuentro duró apenas diez minutos. En cuanto las maletas con dinero y los documentos estuvieron sobre la mesa, la traición se desató. Un francotirador oculto en el tejado abrió fuego, atravesando la madera del granero. —¡Es una emboscada! ¡Protejan al Signore! —gritó Luca mientras sacaba su subfusil. El infierno se apoderó del lugar. El ensordecedor ruido de las ráfagas de alto calibre llenó el aire. Vincenzo reaccionó con la velocidad de un depredador experimentado, sacando su pistola y derribando a dos atacantes antes de que pudieran acercarse. Sin embargo, al intentar ponerse a cubierto detrás de una camioneta, un impacto de bala de alto calibre le atravesó el costado izquierdo, justo debajo de las costillas. El impacto lo hizo hincar la rodilla en el polvo. El dolor fue sordo y ardiente. Vincenzo apretó la herida con la mano, sintiendo la sangre caliente filtrarse entre sus dedos y manchar la camisa de seda blanca. —¡Maledizione! —gruñó, escupiendo tierra. —¡Señor! ¡Está herido! —Luca lo tomó del brazo, cubriéndolo con su propio cuerpo mientras devolvía el fuego—. ¡Tenemos que salir de aquí ya! —Mátalos a todos... —ordenó Vincenzo con la respiración entrecortada y los dientes apretados, rehusándose a mostrar debilidad a pesar de la hemorragia—. No dejes a ni uno solo vivo. Tras diez minutos de intenso tiroteo, el silencio regresó al rancho, roto solo por el crepitar de un vehículo en llamas y los quejidos de los caídos. Los hombres de Vincenzo habían eliminado a los traidores, pero el capo italiano se desangraba rápidamente en el asiento trasero de la camioneta. —Señor, no llegaremos a la ciudad. Se nos va a morir en el camino —dijo desesperado el chofer. Luca miró a Vincenzo, cuyo rostro habitualmente frío comenzaba a perder el color, aunque sus ojos mantenían esa chispa dominante y feroz. —En el pueblo que pasamos hace rato... vi una pequeña clínica —recordó Luca—. Habrá un médico ahí. Vincenzo sujetó a Luca por la solapa del saco con una fuerza sorprendente para alguien al borde del colapso. —Traigan a quien sea... —susurró con voz rasposa, amenazante—. Si me muero en esta tierra de m****a... los arrastro conmigo al infierno. La camioneta arrancó a toda velocidad rumbo a San Lorenzo. Mientras tanto, en la clínica, Carolina apagaba la última luz del pasillo, totalmente ajena a que la noche traía consigo al hombre que se convertiría en su peor pesadilla... y en su destino.El impacto de la bofetada todavía retumbaba en las cuatro paredes de la habitación. La cabeza de Vincenzo había girado ligeramente por la fuerza del golpe, pero no emitió un solo quejido. Despacio, casi de forma felina, devolvió la mirada hacia Carolina. Un hilo fino de sangre brillaba en la comisura de su labio inferior. Carolina respiraba agitadamente, con la mano aún temblorosa por el impacto y la espalda pegada contra la pared. Esperaba un golpe, una bofetada de vuelta o la frialdad de una pistola presionándole la frente. Esperaba al monstruo despiadado. En lugar de eso, vio cómo los ojos grises del italiano se oscurecían hasta parecer carbón encendido. La rabia en el rostro de Vincenzo no se tradujo en violencia asesina, sino en una chispa de deseo insaciable, primitivo y fuera de todo control. —Tienes agallas, dottoressa... —musitó él con una sonrisa oscura, rozándose la sangre del labio con el pulgar. Antes de que ella pudiera reaccionar, Vincenzo acortó la distancia de
El silencio en el comedor era tenso como una cuerda a punto de romperse. La mano de Vincenzo aún apretaba la mandíbula de Carolina, pero en lugar de aumentar la presión para destruirla, sus dedos temblaron casi imperceptiblemente. La distancia entre sus rostros era mínima; podía sentir el pulso acelerado en el cuello de la joven doctora y ver la llama indomable en sus ojos. La respuesta de Carolina había sido una bofetada directa a su orgullo, pero también la confirmación de algo que a Vincenzo le aterrorizaba y fascinaba a la vez: esa mujer no le tenía miedo. Y su cuerpo, traidor e incontrolable, respondía a ella con una ferocidad que jamás había experimentado con ninguna de las aristócratas o modelos que habían pasado por su cama en Europa. Lentamente, Vincenzo la soltó. Dio un paso atrás, acomodándose los puños de la camisa negra como si nada hubiera pasado, recuperando su máscara de compostura fría y dominante. —Tienes razón en algo, dottoressa —dijo él, dedicándole una sonr
El sudor frío cubría el rostro de Vincenzo mientras Carolina trabajaba con una precisión admirable. Extraer la bala de un calibre tan alto no era tarea fácil, pero la joven doctora manejaba las pinzas con la maestría de un cirujano experimentado. Durante todo el procedimiento, la tensión entre ambos fue asfixiante. Cada vez que el instrumental rozaba la carne de Vincenzo, él apretaba los dientes, no solo por el dolor, sino por la tortuosa cercanía de Carolina, cuyo aroma a jabón neutro y piel limpia eclipsaba el olor a hierro y humedad de la cabaña. Cuando el último punto de sutura quedó colocado y el vendaje apretado firmemente, el cuerpo de Vincenzo sucumbió finalmente a la fiebre y a la pérdida de sangre. Sus ojos oscuros se cerraron de golpe, dejando escapar un suspiro pesado. Carolina dio un paso atrás, exhausta. Por un momento contempló el rostro dormido del italiano: desprovisto de su mirada arrogante y amenazante, parecía casi humano. Pero ella no se dejó engañar. Aquel ho
El silencio en la lúgubre habitación se podía cortar con un hilo. Carolina sostuvo la mirada de Vincenzo, sintiendo el peso letal de su amenaza. Sabía que aquel hombre no estaba jugando; sus ojos reflejaban la frialdad de quien ha decidido el destino de muchos sin pestañear. Pero ella no pensaba doblegarse del todo. —Si quiere que le salve la vida, exijo que me desate ahora mismo —dijo Carolina con la voz firme, disimulando el temblor de sus manos—. No puedo operar a nadie con las muñecas atadas a una silla. Y saque a sus hombres. No necesito que me respiren en el cuello. Vincenzo la observó detenidamente durante unos segundos. La mayoría de las personas en su posición habrían suplicado por su vida o llorado desconsoladamente. Ella, en cambio, le imponía condiciones. —Luca —ordenó Vincenzo sin quitarle la vista de encima a la doctora—. Desátala. Y déjanos a solas. Pero quédense tras la puerta. —Signore, puede ser peligroso... —intentó advertir Luca. —Haz lo que te digo —cort
Último capítulo