Valeria caminaba descalza por el balcón de la villa mientras el sol de la tarde teñía el Mediterráneo de tonos dorados. Ya habían pasado cuatro días desde su llegada a España. Su nuevo nombre, Elena Vargas, aún le sonaba extraño cuando Lucía la llamaba. Se tocó el vientre, que apenas empezaba a mostrar una ligera curva. Los trillizos. Tres vidas que crecían dentro de ella y que le recordaban constantemente por qué había huido.
Lucía salió al balcón con una bandeja.
—Hora de tu merienda, Elena