Mundo ficciónIniciar sesiónValeria no recordaba cómo había llegado hasta el departamento que Alexander le había asignado tras la boda. Las calles de la ciudad pasaban borrosas a través de las ventanillas del taxi, mientras las lágrimas seguían cayendo sin control por sus mejillas. El conductor la miró por el retrovisor un par de veces, pero no se atrevió a preguntar.
Al entrar al lujoso apartamento en el piso 28, el silencio la golpeó como una bofetada. Todo estaba impecable, frío, sin alma. Igual que el hombre que acababa de sacarla de su vida. Se quitó los tacones y los lanzó con rabia contra la pared. El sonido seco resonó en el vacío. —¿Cómo fui tan estúpida? —susurró, dejándose caer en el sofá blanco. Tres años. Tres malditos años amándolo en secreto, aguantando sus desprecios, sus ausencias, sus noches en las que la tomaba con pasión salvaje para luego tratarla como si fuera invisible. Recordó la primera vez que Alexander la tocó. Fue después de firmar el contrato matrimonial. Él había bebido, estaba furioso por una reunión fallida, y ella simplemente estaba ahí. Esa noche la había besado con urgencia, arrancándole la ropa como si fuera un estorbo. Sus manos grandes recorriendo su cuerpo, sus labios exigentes, sus embestidas profundas y posesivas que la hicieron gritar su nombre entre lágrimas de placer y dolor. Valeria se abrazó las rodillas, sintiendo aún el fantasma de aquellas caricias. Lo había amado tanto. Incluso cuando él la humillaba delante de sus socios, llamándola “la mujercita que tuve que comprar”. Incluso cuando Sophia dormía bajo el mismo techo en las fiestas que organizaban. Valeria apenas había cerrado la puerta del apartamento cuando el timbre sonó con fuerza. El corazón le dio un vuelco. Aún con el rostro lleno de lágrimas, abrió sin mirar. Allí estaban ellos. Alexander Blackwood, imponente en su traje negro, y Sophia colgada de su brazo como un trofeo brillante. La modelo sonrió con pura malicia al verla deshecha. —¿Qué haces aquí? —preguntó Valeria con voz rota—. Ya firmaste los papeles. Se suponía que me dejarías en paz. Alexander entró sin pedir permiso, empujando la puerta con el hombro. Sophia lo siguió, mirando el lugar como si le perteneciera. —Vine a asegurarme de que te fueras de verdad —dijo él con voz gélida—. No confío en ti, Valeria. Siempre fuiste una oportunista. Tres años fingiendo ser la esposa perfecta mientras solo buscabas mi dinero y mi apellido. Sophia soltó una risa cruel y se acercó, mirándola de arriba abajo. —Mírate. Patética. ¿De verdad creíste que Alexander te amaría? Eras solo un contrato. Una secretaria mediocre que abrió las piernas en el momento justo. Hasta yo me daba vergüenza ajena cada vez que te veía intentando llamar su atención como un perro callejero. Valeria retrocedió, sintiendo cada palabra como una puñalada. Las náuseas de las últimas semanas se intensificaron, pero las ignoró. —Alexander… por favor —suplicó en un susurro—. No me humilles más. Solo déjame recoger mis cosas e irme. Él se rio con frialdad. Caminó hasta ella y la tomó del mentón con fuerza, obligándola a mirarlo. Sus ojos grises estaban llenos de desprecio. —¿Humillarte? Tú te humillaste sola. Cada noche que te follaba solo era porque estaba borracho o estresado. Nunca significaste nada. Sophia tiene razón: eres una oportunista barata. Mañana mismo haré que limpien este apartamento de toda tu basura. Sophia abrió el armario y empezó a tirar la ropa de Valeria al suelo con desprecio. —Esto es lo que mereces. Sal de aquí como la cualquiera que eres. ¿Crees que alguien te va a creer si hablas mal de él? Todos saben que te casaste por interés. La prensa ya está avisada. Valeria sintió que el mundo se derrumbaba. Intentó recoger su ropa, pero Alexander la tomó del brazo con fuerza y la arrastró hacia la puerta. —Fuera —ordenó—. No quiero verte ni un segundo más. Recoge lo que puedas y desaparece. Si te vuelvo a ver cerca de mí o de mi empresa, te destruiré por completo. La empujó hacia el pasillo. Valeria tropezó y cayó de rodillas sobre el frío mármol. Las lágrimas caían sin control mientras intentaba levantarse. Algunos vecinos abrieron sus puertas, murmurando. —Alexander… —suplicó una última vez. —Para mí ya estás muerta, Valeria Montenegro. No vales nada. Sophia cerró la puerta en su cara con una carcajada. Valeria se quedó allí, sentada en el suelo del pasillo, abrazándose el vientre de forma instintiva. No sabía aún que dentro de ella crecía una vida. Solo sentía un dolor profundo en el alma y un cansancio que iba más allá de lo físico. Recogió lo poco que pudo meter en una maleta que dejó en la entrada y bajó al lobby. El portero, siguiendo órdenes, no la dejó esperar ni un taxi dentro del edificio. La obligaron a salir a la calle bajo la lluvia fina de la noche. Allí, empapada y rota, Valeria caminó varias cuadras hasta encontrar un hotel barato. Esa misma noche, en la habitación miserable, se hizo la prueba de embarazo con las manos temblorosas. Dos rayas rosadas brillaron en la pantalla. Embarazada. Se tocó el vientre con miedo y rabia. —No dejaré que te hagan daño —susurró—. Tu padre no te merece. Al día siguiente, todas las portadas de las revistas y redes sociales explotaron: “Alexander Blackwood humilla y echa a su esposa a la calle como a una cualquiera” “Valeria Montenegro, la oportunista que intentó cazar al billonario más poderoso del país, finalmente descartada” Los titulares eran despiadados. Fotos de ella llorando en la calle, recogiendo su maleta bajo la lluvia. Entrevistas anónimas de “fuentes cercanas” que la llamaban calculadora, trepadora y mentirosa. Nadie mencionaba los años de desprecios que había aguantado. Nadie sabía del embarazo. Alexander leyó los titulares en su oficina mientras Sophia se sentaba en su regazo, besándole el cuello. —Perfecto —dijo él con una sonrisa fría—. Que todo el mundo sepa qué clase de mujer era. Valeria, desde su habitación de hotel, vio las noticias y apretó los puños. El dolor se transformó lentamente en algo más oscuro y fuerte. Esta humillación no sería en vano.






