Mundo ficciónIniciar sesiónValeria despertó con el cuerpo adolorido sobre la cama dura de ese infernal hotel barato. Sin duda sentía como si un camión le hubiera pasado por encima. Luego se tocó el vientre aún plano y recordó la prueba de embarazo de anoche. Una vida crecía dentro de ella. La vida de Alexander.
Se levantó con dificultad y abrió su teléfono. Las notificaciones la bombardearon. Cientos de mensajes de odio, memes y artículos. La foto de ella llorando bajo la lluvia en la calle era trending topic. “La oportunista descartada”, “Valeria Montenegro, la trepadora que quiso cazar a un Blackwood”. —Dios mío… —susurró, sintiendo náuseas. Necesitaba dinero. El poco que tenía solo alcanzaría para dos semanas en ese lugar. Se duchó con agua tibia, se puso la ropa menos arrugada que tenía y salió a la calle. Primero intentó en una cafetería cerca del hotel. —Buenos días, estoy buscando trabajo de mesera o lo que sea —dijo con voz suave, entregando su currículum. La dueña, una mujer de mediana edad, miró su rostro y luego el nombre. Su expresión cambió por completo. —¿Valeria Montenegro? ¿La misma que salió en todas las noticias? La que Alexander Blackwood echó a la calle como a una puta. No, gracias. No quiero escándalos aquí. La puerta se cerró en su cara. Valeria sintió el golpe en el pecho, pero siguió. En una boutique de ropa intentó como vendedora. El gerente la reconoció al instante. —Señorita, con el escándalo que traes encima nadie va a querer que atiendas a nuestros clientes. ¿Qué dirían si se enteran que la exmujer oportunista de Blackwood trabaja aquí? Vete. Rechazo tras rechazo. En una empresa de telemarketing, en un restaurante, incluso en un supermercado pequeño. En todos lados la misma mirada de desprecio. —Por favor… solo necesito trabajar. No soy lo que dicen —suplicaba ella, con la voz quebrada. —Todos vieron las noticias —respondía uno de los entrevistadores, un hombre calvo y sudoroso—. Alexander Blackwood no humilla a cualquiera. Si él te echó así, fue por algo. No contratamos oportunistas. Al mediodía, exhausta y con los pies hinchados, entró a una pequeña agencia de empleo temporal. La señora detrás del escritorio la miró con lástima al principio, pero después de googlear su nombre soltó un suspiro. —Hija, con este escándalo es imposible. Blackwood Group es el mayor empleador de la ciudad. Nadie quiere enemistarse con él por contratarte. Dicen que estás prohibida. Sophia Villarreal se ha encargado personalmente de llamar a varias empresas. Valeria sintió que le clavaban un puñal en el corazón. Sophia. La misma que había tirado su ropa al suelo y reído mientras Alexander la arrastraba fuera del apartamento. Salió de la agencia y se sentó en una banca del parque cercano. Las lágrimas cayeron sin control. Se abrazó el vientre, protegiendo instintivamente a su bebé. —¿Qué voy a hacer contigo? —susurró—. Tu padre me destruyó. Ahora todo el mundo me ve como basura. No tengo dinero, no tengo trabajo… solo tengo vergüenza. Recordó las noches en que Alexander la poseía con furia. Cómo la besaba con violencia mientras le susurraba al oído que solo era un cuerpo conveniente. Cómo al día siguiente la ignoraba o la humillaba delante de sus amigos. Y ahora, cuando más lo necesitaba, él la había convertido en paria social. Su teléfono sonó. Era un número desconocido. Contestó con esperanza. —¿Valeria Montenegro? —dijo una voz femenina—. Soy del periódico El Clarín. ¿Aceptaría una entrevista exclusiva? Pagamos bien. Cuéntenos cómo fue ser la esposa trofeo de Alexander Blackwood y cómo se siente después de ser humillada públicamente. Valeria colgó con las manos temblorosas. Hasta los medios querían lucrarse con su dolor. Caminó sin rumbo hasta que el cielo se oscureció. Entró a una farmacia a comprar galletas para las náuseas y vitaminas prenatales. La cajera la miró con reconocimiento pero no dijo nada. Al pagar, Valeria notó que solo le quedaban doscientos dólares. Regresó al hotel con el alma hecha pedazos. Se miró en el espejo roto del baño y apenas se reconoció. Tenía los ojos hinchados,los labios pálidos, y el cabello sin vida. —Nadie me quiere —murmuró—. Ni siquiera por caridad. Alexander… ¿qué me hiciste? Se acostó en la cama y lloró hasta quedarse sin lágrimas. El bebé dentro de ella era lo único que le daba fuerzas para no rendirse. Mañana seguiría buscando. Iría a barrios más alejados, cambiaría su apariencia, mentiría sobre su nombre si era necesario. Pero en el fondo sabía que Alexander Blackwood había sido muy claro y muy efectivo: la había destruido. La había convertido en una mujer que nadie quería cerca. Y aun así, en medio del dolor más profundo, una pequeña llama de rabia empezó a encenderse en su pecho. No se iba a quedar así para siempre.






