Mundo ficciónIniciar sesión"Isabella Morgan lo perdió todo la noche en que la familia de Ethan Blackwood destruyó su imperio y ordenó la muerte de su padre. Desde entonces, solo vive para una cosa: venganza. Ethan Blackwood, el heredero del imperio criminal más temido y poderoso de la ciudad, es frío, despiadado y acostumbrado a que el mundo se incline ante él. Cuando descubre que la hermosa y audaz Isabella se ha infiltrado en su mundo con la intención de destruirlo, no la mata… decide romperla lentamente. La convierte en su prisionera, en su juguete personal y, finalmente, en su esposa por contrato. Lo que empieza como un juego cruel de dominio, humillación y control, pronto se transforma en una obsesión peligrosa. Odiarla debería ser fácil. Desearla hasta la locura tiene un precio que ninguno de los dos está dispuesto a pagar. Entre traiciones del pasado, secretos que pueden destruirlos y una pasión que quema más que el odio, Isabella y Ethan descubrirán que amar al enemigo puede ser la venganza más dulce… o la condena más dolorosa.
Leer másLa lluvia caía como balas sobre el asfalto negro cuando Isabella Morgan bajó del taxi frente al lujoso hotel Eclipse. El vestido negro se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, corto lo suficiente para atraer miradas, pero elegante para no levantar sospechas. Llevaba el cabello castaño oscuro recogido en un moño alto, dejando al descubierto su cuello largo y delicado. En sus ojos verdes ardía una determinación que nadie podía apagar.
Cinco años. Cinco malditos años planeando este momento. Esa noche, Ethan Blackwood celebraba su trigésimo segundo cumpleaños con una fiesta privada en la azotea del hotel más exclusivo de la ciudad. Solo los más poderosos estaban invitados. Y ella… ella se había infiltrado gracias a un contacto que le costó una fortuna y varias noches sin dormir. —Señorita, su invitación —pidió el guardia de seguridad con voz grave. Isabella sonrió con esa dulzura falsa que había perfeccionado frente al espejo. Le entregó la tarjeta falsificada y el hombre la dejó pasar tras un breve escaneo. El ascensor subió en silencio. Su corazón latía tan fuerte que temía que lo escucharan. En su pequeño clutch llevaba un frasco diminuto: un veneno lento, indetectable, que tardaría horas en hacer efecto. No quería matarlo rápido. Quería que sufriera. Que viera cómo todo su imperio se desmoronaba mientras él agonizaba. Las puertas se abrieron y el lujo la golpeó como una bofetada. Luces tenues, música sensual, mujeres hermosas colgadas del brazo de hombres peligrosos. El aire olía a whisky caro, cigarros y poder. Y entonces lo vio. Ethan Blackwood estaba de pie junto a la barandilla de cristal, con una copa en la mano y la mirada perdida en la ciudad que dominaba. Alto, imponente, con hombros anchos cubiertos por un traje negro hecho a medida que se ajustaba perfectamente a su cuerpo atlético. El cabello negro azabache ligeramente despeinado, la mandíbula cuadrada y esos ojos grises como acero frío que parecían atravesar el alma de cualquiera que se atreviera a mirarlo. Era aún más letal en persona de lo que mostraban las fotos. Isabella sintió un nudo en el estómago. Odio. Puro odio. Ese hombre era el responsable de la muerte de su padre. El que había ordenado quemar su casa, destruir la empresa familiar y dejarla en la calle como si no valiera nada. Respiró hondo y avanzó entre la gente con pasos seguros. Se acercó a la barra, pidió un martini y esperó el momento perfecto. Ethan giró la cabeza como si hubiera sentido su presencia. Sus ojos grises se clavaron en ella. Por un segundo, el mundo pareció detenerse. Isabella sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no apartó la mirada. Alzó ligeramente su copa en un brindis silencioso y sonrió con provocación. Él entrecerró los ojos. Una sonrisa peligrosa curvó sus labios. —Interesante —murmuró para sí mismo. Antes de que Isabella pudiera reaccionar, Ethan dejó su copa y caminó directamente hacia ella. La multitud parecía abrirse a su paso como si fuera un dios oscuro. Cuando llegó a su lado, se inclinó ligeramente. Su voz grave y profunda le rozó el oído: —No te he visto antes en mis fiestas. ¿Y tú eres…? —Isabella —respondió ella con voz suave, aunque por dentro temblaba de rabia—. Isabella Morgan. Solo una admiradora que quería felicitar al hombre del momento. Ethan la miró de arriba abajo sin disimulo. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo necesario en la curva de sus caderas y el escote del vestido. —Morgan… —repitió el apellido como si lo saboreara—. Interesante elección de apellido. El corazón de Isabella dio un vuelco. ¿Sospechaba algo? No podía ser. Había borrado muy bien sus huellas. Ethan extendió la mano. —Baile conmigo. No era una pregunta. Era una orden. Isabella dudó solo un segundo antes de colocar su mano en la de él. En cuanto sus pieles se tocaron, una corriente eléctrica la recorrió. La mano de Ethan era grande, cálida y fuerte. La atrajo hacia su cuerpo con facilidad, pegándola contra su pecho mientras la música lenta envolvía la azotea. Bailaron en silencio. Isabella podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el aroma de su colonia cara mezclada con algo más oscuro, más masculino. Su mano descansaba en la parte baja de su espalda, peligrosamente cerca de su cintura. —Dime, Isabella —susurró Ethan cerca de su oído, su aliento cálido contra su piel—. ¿Qué hace una mujer como tú en una fiesta como esta? —Celebrar —mintió ella, levantando la mirada para enfrentar esos ojos grises—. Y tal vez… encontrar algo interesante. Ethan soltó una risa baja y ronca que vibró en su pecho. —Interesante… —repitió—. Me gusta esa palabra esta noche. De pronto, Isabella sintió que algo cambiaba en el ambiente. La mano de Ethan se apretó ligeramente en su cintura. Su expresión se endureció. —Sabes —dijo con voz ahora fría como el hielo—, tengo un don para detectar mentiras. Y tú, preciosa, apestas a ellas. Antes de que Isabella pudiera apartarse, Ethan la giró con rapidez y la presionó contra su cuerpo con más fuerza. Con la otra mano sacó algo de su bolsillo: la invitación falsificada. —Mi gente ya revisó tu nombre. Isabella Morgan no existe en ninguna lista oficial hasta hace tres semanas. ¿Quieres explicarme por qué una fantasma viene a mi fiesta con veneno en el bolso? El mundo de Isabella se congeló. Ethan sonrió con crueldad, sus ojos brillando con algo entre diversión y furia contenida. —Bienvenida a mi mundo, Isabella. Ahora… vas a pagar el precio de haber intentado jugar conmigo. La música seguía sonando, pero para ella todo se había vuelto oscuro. Ethan Blackwood no la soltó. Al contrario, la sujetó con más fuerza mientras hacía una seña discreta a dos hombres que se acercaron rápidamente. Isabella intentó forcejear, pero era inútil. El cuerpo de Ethan era como una pared de acero. —¿Qué vas a hacer? —preguntó ella entre dientes, tratando de ocultar el miedo. Ethan se inclinó hasta que sus labios casi rozaron los de ella. Su voz fue un susurro letal: —Primero… voy a romperte. Después… decidiré si te mato o te hago mía. Y mientras la arrastraban hacia el ascensor privado, Isabella supo que su plan de venganza acababa de convertirse en la peor pesadilla de su vida.Diez años despuésEl invernadero nunca había estado tan vivo.Las luces doradas se filtraban entre las hojas como siempre, pero ahora se mezclaban con el eco de risas infantiles y el olor a tierra húmeda removida por pequeñas manos curiosas. Sophia Isabella, con veintisiete años, observaba desde la puerta principal cómo sus dos hijos jugaban entre los rosales. Vestía de negro, como era su costumbre, pero ahora llevaba una chaqueta ligera de Rafael sobre los hombros, impregnada de su aroma.Elias Voss-Blackwood, de ocho años, tenía el cabello negro azabache de su madre y los ojos penetrantes de su padre. Sostenía con reverencia una rosa mitad negra, mitad dorada, explicándole a su hermana menor con la seriedad de quien repite una lección sagrada:—Esto significa que el amor no siempre es fácil, Aria. A veces quema tanto que crees que vas a desaparecer. Pero si te quedas… si eliges quedarte aunque duela… se vuelve oro.Aria, de cinco años, con rizos castaños rebeldes y una pequeña marca
El invernadero nunca había estado tan silencioso como aquella noche.Sophia Isabella estaba sentada en el centro exacto del lugar, sobre la misma manta que sus padres usaban años atrás. Tenía diecisiete años recién cumplidos. Vestía completamente de negro, como siempre. Su cabello largo caía sobre sus hombros y la marca sobre su corazón brillaba con un rojo estable, constante, casi maduro.Frente a ella, a menos de tres metros, estaba Rafael Voss.Tenía diecinueve años. Ya no era el chico roto que llegaba empapado en mitad de la noche. Ahora era un hombre. Alto, de hombros anchos, mirada profunda y una cicatriz que cruzaba su ceja izquierda como recuerdo de todo lo que había tenido que romper para llegar hasta allí.Habían pasado tres años desde su regreso.Tres años de guerra, de lágrimas, de discusiones brutales, de silencios que dolían más que las palabras, de besos robados y de promesas hechas entre rosas negras.Esta noche, sin la misma rosa negra que Sophia Isabella le había dev
Dos años.Setecientos treinta días.Sophia Isabella Blackwood-Voss los contó uno por uno.El invernadero se convirtió en su santuario y su prisión. Todas las noches, sin importar si llovía, nevaba o la fiebre la consumía, bajaba al mismo banco a las once y diez en punto. Se sentaba con la espalda recta, colocaba la rosa negra que Rafael le había dado sobre su regazo y esperaba.A veces esperaba hasta el amanecer.La mansión entera lo sabía. Nadie le decía nada. Ni su madre Isabella Rose, ni su padre Damian, ni sus abuelos. Todos entendían que estaba ardiendo por dentro, y que ese fuego no se apagaba con palabras.La marca sobre su corazón había cambiado. Ya no era solo una rosa roja. Ahora tenía una espina negra que atravesaba el centro, como si el fuego quisiera recordarle constantemente que su historia estaba llena de dolor.Cumplió doce años. Luego trece. Y finalmente catorce.A los catorce años, Sophia Isabella ya no parecía una niña. Su mirada se había vuelto profunda, casi adult
Los siguientes seis meses fueron una guerra lenta, dolorosa y silenciosa.Rafael Voss comenzó a visitar la mansión Blackwood casi todas las noches. Llegaba entre las once y las doce, se quedaba entre cuarenta minutos y dos horas, y luego desaparecía en la oscuridad como un fantasma. Nunca entraba a la casa principal. Siempre se quedaba en el invernadero o en el viejo roble del jardín.Su relación con Sophia Isabella era extraña, intensa y profundamente complicada.A veces hablaban durante horas. Otras veces se quedaban en completo silencio. Algunas noches Rafael llegaba furioso, lleno de rabia contenida, y descargaba toda su frustración contra ella. Sophia Isabella lo escuchaba sin interrumpirlo, con una paciencia que parecía imposible para una niña de once años.Una noche de invierno particularmente fría, Rafael llegó más destrozado que nunca.Tenía moretones en el rostro y caminaba con dificultad. Cuando Sophia Isabella lo vio, se levantó del banco inmediatamente.—¿Qué te pasó?Raf
Último capítulo