Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche cayó sobre la mansión Blackwood como un manto pesado.
Isabella había pasado el día entero en tensión, recordando las palabras de Ethan en la oficina: “Esta noche voy a atarte a la cama y voy a hacer que me supliques que te deje correrte”. No había podido quitarse esa promesa de la cabeza. Ni siquiera cuando intentó distraerse leyendo en la biblioteca o cuando la señora Elena le llevó la cena a su habitación. Cada minuto que pasaba, su cuerpo traicionero se calentaba solo con imaginarlo. A las diez en punto, la puerta de la habitación principal se abrió. Ethan entró sin prisa. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba solo la camisa negra con los primeros botones desabrochados. En una mano llevaba dos corbatas de seda negra. En la otra, una pequeña caja de terciopelo. —Desnúdate —ordenó con voz grave, cerrando la puerta detrás de él. Isabella se levantó de la cama donde estaba sentada. Sus manos temblaban ligeramente mientras se quitaba el vestido que aún llevaba puesto. La prenda cayó al suelo con un susurro suave, dejándola completamente desnuda frente a él. El aire frío de la habitación le erizó la piel, pero el calor que emanaba de la mirada de Ethan era mucho más intenso. Él la observó con lentitud, como si estuviera memorizando cada curva, cada marca que había dejado en su cuerpo la noche anterior. —Sube a la cama. Boca arriba. Brazos por encima de la cabeza. Isabella obedeció en silencio. Se tumbó en el centro del colchón king size, sintiendo las sábanas frías contra su espalda caliente. Ethan se acercó y tomó su muñeca derecha. Con una de las corbatas de seda, la ató con habilidad al cabecero de la cama. Luego hizo lo mismo con la izquierda. Las ataduras eran firmes, pero no cortaban la circulación. Aun así, Isabella se sintió completamente vulnerable, expuesta y a su merced. Ethan se quitó la camisa lentamente, revelando su torso musculoso y las cicatrices que recorrían su costado. Se deshizo también de los pantalones y el bóxer, quedando completamente desnudo. Su erección ya estaba dura y pesada, apuntando hacia ella. Se subió a la cama y se arrodilló entre sus piernas abiertas. Tomó la segunda corbata y la pasó por sus ojos, vendándoselos con cuidado. —Ahora no puedes verme —murmuró cerca de su oído—. Solo puedes sentirme. La oscuridad la envolvió. Isabella sintió que su respiración se aceleraba. Sin la vista, todos sus otros sentidos se agudizaron: el olor masculino de Ethan, el calor de su piel, el sonido de su respiración pesada. Ethan empezó por su cuello. Besos suaves, luego mordidas. Bajó lentamente por su clavícula, lamiendo y succionando sus pechos. Tomó un pezón entre sus dientes y tiró suavemente mientras su mano amasaba el otro. Isabella arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. —Tan sensible… —susurró él—. Y todavía no he empezado de verdad. Su boca continuó bajando por su vientre, dejando un rastro húmedo. Cuando llegó a sus caderas, separó más sus muslos y sopló aire caliente sobre su centro ya mojado. Isabella se retorció, tirando instintivamente de las ataduras. —Ethan… —suplicó. —Todavía no —respondió él con crueldad suave. Bajó la boca y la devoró sin piedad. Su lengua lamió lentamente sus pliegues, saboreándola, rodeando su clítoris hinchado sin tocarlo directamente. Isabella gemía y se movía, desesperada por más fricción. Ethan introdujo dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para golpear ese punto sensible mientras su lengua finalmente se concentraba en su clítoris, succionando con fuerza. El placer era abrumador. Isabella tiraba de las corbatas, sus caderas moviéndose contra la boca de Ethan. Estaba cerca, muy cerca… Ethan se detuvo abruptamente. —No… —gimió ella, frustrada. —Suplícame —ordenó él, besando el interior de su muslo. —Por favor… Ethan… déjame correrme. —No es suficiente. —Por favor… te lo suplico… necesito correrme… por favor… Ethan sonrió contra su piel. Volvió a atacar su clítoris con la lengua y los dedos, llevándola al borde una y otra vez, deteniéndose cada vez que sentía que ella estaba a punto de explotar. Isabella lloraba de frustración y placer, su cuerpo cubierto de sudor, las muñecas rojas por tirar de las ataduras. —Ethan… por favor… haré lo que quieras… solo déjame correrme… —suplicó entre sollozos. —Buena chica —gruñó él. Esta vez no se detuvo. Aceleró el ritmo de sus dedos y succionó su clítoris con fuerza. El orgasmo la golpeó como un rayo. Isabella gritó su nombre, su cuerpo convulsionando violentamente mientras olas de placer la recorrían una tras otra. Ethan continuó lamiéndola durante todo el orgasmo, prolongándolo hasta que ella quedó temblando, exhausta y sensible. Solo entonces se incorporó. Quitó la venda de sus ojos. Isabella parpadeó, intentando enfocar la mirada. Ethan estaba sobre ella, sus ojos grises oscuros de deseo. —Ahora vas a sentirme de verdad —dijo con voz ronca. Se posicionó entre sus piernas y empujó dentro de ella de un solo movimiento profundo. Isabella jadeó al sentirse llena por completo. Ethan empezó a moverse con embestidas duras y profundas, sujetándole las caderas con fuerza. —Tan apretada… tan perfecta para mí —gruñó, acelerando el ritmo. Isabella ya no podía pensar. Solo sentía. Cada embestida la llevaba más alto. Sus gemidos llenaban la habitación, mezclándose con los gruñidos roncos de Ethan. —Mírame —ordenó él. Ella abrió los ojos y lo miró. En ese momento, algo cambió. Ya no era solo odio. Había deseo, desesperación y una conexión peligrosa que ninguno de los dos quería reconocer. Ethan bajó la cabeza y la besó con fiereza mientras seguía follándola sin piedad. Sus caderas chocaban contra las de ella con fuerza, el sonido húmedo de sus cuerpos llenando el aire. —Dime que me odias —exigió contra sus labios. —Te odio… —gimió Isabella, aunque las palabras sonaban débiles. —Dilo mientras te corres —ordenó él, cambiando el ángulo para golpear ese punto perfecto dentro de ella. El segundo orgasmo fue aún más intenso. Isabella gritó, su cuerpo convulsionando alrededor de la polla gruesa de Ethan. Él la siguió casi inmediatamente, derramándose dentro de ella con un gruñido animal, llenándola con su calor. Se derrumbó sobre ella, ambos jadeando. Por unos minutos solo se escuchó la respiración agitada de los dos. Ethan se incorporó ligeramente y desató sus muñecas con cuidado. Isabella bajó los brazos, sintiendo un hormigueo en ellos. Ethan tomó sus muñecas enrojecidas y las besó suavemente, un gesto sorprendentemente tierno que contrastaba con la brutalidad de minutos antes. Se dejó caer a su lado y la atrajo contra su pecho, rodeándola con los brazos. Isabella se quedó rígida al principio, pero poco a poco su cuerpo se relajó contra el calor de él. —¿Por qué haces esto? —preguntó ella en un susurro roto—. ¿Por qué no me matas y acabas con todo? Ethan se quedó en silencio durante mucho tiempo. Su mano acariciaba lentamente su espalda desnuda. —Porque matarte sería demasiado fácil —respondió finalmente, con voz baja—. Porque desde que te vi en esa fiesta, supe que ibas a ser mi perdición. Tu padre me quitó mucho… pero tú… tú me estás quitando el control. Y odio perder el control, Isabella. Ella levantó la mirada hacia él. Por primera vez, vio algo diferente en sus ojos grises: vulnerabilidad. Un atisbo del hombre detrás del monstruo. —Entonces déjame ir —susurró. Ethan apretó los brazos alrededor de ella. —No puedo. Ya eres parte de mí. Isabella cerró los ojos, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban. El odio seguía allí. Pero ahora estaba entretejido con algo mucho más peligroso: una necesidad que crecía cada día. Una adicción al fuego que Ethan Blackwood encendía en ella. Y mientras yacía entre sus brazos, con el cuerpo saciado y el corazón hecho un nudo, Isabella se dio cuenta de algo aterrador. Ya no sabía si quería escapar… o si quería quedarse y quemarse con él.






