La noche cayó sobre la mansión Blackwood como un manto pesado.
Isabella había pasado el día entero en tensión, recordando las palabras de Ethan en la oficina: “Esta noche voy a atarte a la cama y voy a hacer que me supliques que te deje correrte”.
No había podido quitarse esa promesa de la cabeza. Ni siquiera cuando intentó distraerse leyendo en la biblioteca o cuando la señora Elena le llevó la cena a su habitación. Cada minuto que pasaba, su cuerpo traicionero se calentaba solo con imaginarlo