La marca del enemigo

Ethan no perdió el tiempo.

En cuanto las palabras “Soy tuya” salieron de los labios de Isabella, algo salvaje se desató en él. La besó con fuerza bruta, devorando su boca como si quisiera consumirla por completo. Su lengua invadió sin piedad, mientras sus manos grandes terminaban de subir el vestido negro hasta la cintura, exponiendo sus piernas y la delicada ropa interior de encaje.

—Repítelo —gruñó contra su boca, mordiendo su labio inferior.

—Soy tuya… —jadeó Isabella, odiando cómo su voz sonaba entrecortada y necesitada.

Ethan sonrió con satisfacción oscura. Con un movimiento rápido rasgó la tela del vestido desde la abertura del muslo hasta la cadera, dejando la prenda hecha jirones. Isabella jadeó, pero antes de que pudiera protestar, él la levantó y la arrojó al centro de la enorme cama.

Se quitó la camisa con impaciencia, revelando su torso musculoso marcado por cicatrices antiguas. Sus ojos grises brillaban con un deseo primitivo mientras se desabrochaba el pantalón y se lo quitaba junto con el bóxer, quedando completamente desnudo ante ella.

Isabella no pudo evitar mirarlo. Era impresionante: ancho, duro, poderoso. Su erección gruesa y larga se erguía orgullosa, con la punta ya brillando de anticipación. Sintió un nudo en el estómago mezcla de miedo y un deseo vergonzoso que le humedeció aún más entre las piernas.

Ethan se subió a la cama como un depredador, gateando sobre ella hasta cubrirla por completo con su cuerpo. Sus manos sujetaron las muñecas de Isabella por encima de su cabeza, inmovilizándola.

—Mírame —ordenó con voz ronca.

Ella obedeció. Sus ojos verdes se encontraron con los grises de él, llenos de odio, miedo y una lujuria que ya no podía ocultar.

—Esta noche vas a sentir exactamente a quién perteneces —dijo él, bajando la cabeza para morder su cuello con fuerza, dejando una marca roja visible—. Nadie más te tocará. Nadie más te mirará. Solo yo.

Bajó por su cuerpo, dejando un rastro de besos y mordidas. Cuando llegó a sus pechos, apartó lo que quedaba del vestido y capturó un pezón endurecido entre sus labios, succionando con fuerza mientras su mano amasaba el otro. Isabella arqueó la espalda, un gemido alto escapando de su garganta.

—Ethan… —susurró, sin saber si era una súplica para que parara o para que continuara.

Él no respondió con palabras. Solo bajó más, besando su vientre, sus caderas, hasta llegar al centro de sus piernas. Apartó la ropa interior destrozada y separó sus muslos con las manos.

—Mírate… tan mojada para el hombre que odias —murmuró con voz ronca, soplando aire caliente sobre su clítoris hinchado.

Isabella se retorció, avergonzada y excitada al mismo tiempo. Ethan no le dio tiempo a pensar. Bajó la boca y la devoró.

Su lengua lamió lentamente desde abajo hacia arriba, saboreándola con hambre. Luego se concentró en su clítoris, succionando y rodeándolo con movimientos precisos y expertos. Isabella gritó, sus caderas moviéndose por voluntad propia contra su boca. Ethan introdujo dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para golpear ese punto sensible mientras su lengua continuaba su tortura implacable.

El placer era abrumador. Isabella sentía que se estaba deshaciendo. Sus manos se aferraron a las sábanas, sus gemidos llenando la habitación.

—Por favor… Ethan… —suplicó, las lágrimas de placer escapando de sus ojos.

Él levantó la mirada sin dejar de lamerla, sus ojos brillando con triunfo.

—Dilo otra vez. Dime a quién perteneces.

—A ti… soy tuya… —gimió ella, completamente rota.

Ethan aceleró el movimiento de sus dedos y succionó con más fuerza su clítoris. El orgasmo la golpeó como una ola violenta. Isabella gritó su nombre, su cuerpo convulsionando mientras olas de placer la recorrían una tras otra. Ethan no se detuvo hasta que ella quedó temblando, exhausta y sensible.

Solo entonces se incorporó, colocándose entre sus piernas. Su erección gruesa presionó contra su entrada todavía palpitante.

—Mírame —ordenó de nuevo.

Isabella abrió los ojos, vidriosos por el placer. Ethan empujó lentamente, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola por completo. Era grande, casi demasiado, pero el placer era tan intenso que el dolor se convirtió en éxtasis.

Cuando estuvo completamente dentro, se detuvo un momento, dejando que ella se acostumbrara a su tamaño. Luego empezó a moverse.

Al principio lento, profundo, disfrutando cada reacción de ella. Después más rápido, más duro. Sus caderas chocaban contra las de Isabella con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando la habitación junto con los gemidos de ambos.

—Tan apretada… tan perfecta —gruñó Ethan, sujetándole las caderas para penetrarla más profundo—. Eres mía, Isabella. Mía para follarte, mía para romperte, mía para poseerte.

Isabella ya no podía pensar. Solo sentía. Cada embestida la llevaba más cerca del borde otra vez. Sus uñas se clavaron en la espalda de Ethan, dejando marcas rojas. Sus piernas se envolvieron alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo.

—Ethan… voy a… —gimió.

—Córrete para mí —ordenó él, acelerando el ritmo, golpeando ese punto perfecto una y otra vez—. Córrete en mi polla como la buena esposa que eres.

El segundo orgasmo fue aún más fuerte. Isabella gritó, su cuerpo convulsionando alrededor de él. Ethan gruñó, embistiendo unas cuantas veces más antes de derramarse dentro de ella con un gemido ronco, llenándola con su calor.

Se derrumbó sobre ella, ambos respirando agitadamente, sudorosos y exhaustos. Por unos minutos solo se escuchó la respiración pesada de ambos.

Ethan fue el primero en moverse. Se apartó ligeramente y la miró. Su expresión ya no era solo de triunfo. Había algo más profundo en sus ojos grises, algo que parecía casi… vulnerable.

Pero desapareció tan rápido como llegó.

Se levantó de la cama y caminó desnudo hacia el baño, dejando a Isabella sola entre las sábanas revueltas.

Ella se quedó mirando el techo, con el cuerpo todavía temblando por las réplicas del placer. Las lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas.

Había odiado a Ethan Blackwood con toda su alma.

Ahora… después de sentirlo dentro de ella, después de gritar su nombre mientras se corría, ya no sabía qué sentía.

Odio.

Deseo.

Vergüenza.

Y un miedo terrible a que, poco a poco, el enemigo estuviera ganando la guerra dentro de ella.

Ethan regresó del baño con una toalla húmeda. Limpió suavemente entre sus piernas sin decir una palabra, un gesto sorprendentemente tierno que contrastaba con la brutalidad de minutos antes.

Luego se metió en la cama y la atrajo contra su pecho, rodeándola con los brazos como si fuera lo más preciado del mundo.

—Duerme —murmuró contra su cabello—. Mañana tienes que estar perfecta para la gala benéfica.

Isabella cerró los ojos, sintiendo el latido fuerte de su corazón contra su espalda.

El contrato apenas llevaba un día.

Y ella ya sentía que estaba perdiendo mucho más que su libertad.

Estaba perdiendo pedazos de sí misma… y lo más aterrador era que una parte de ella empezaba a disfrutar el precio que estaba pagando.

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