El contrato del diablo

Isabella no pegó ojo en toda la noche.

Se quedó sentada en el borde de la enorme cama king size, con las rodillas abrazadas contra el pecho y la mirada fija en las luces de la ciudad que parpadeaban al otro lado del ventanal de piso a techo. La suite presidencial era un insulto al buen gusto y a su dignidad: sábanas de seda negra que se sentían demasiado suaves contra su piel, un baño de mármol italiano con jacuzzi que nunca usaría, un minibar repleto de botellas de whisky de cincuenta años y un armario que alguien había llenado con ropa nueva mientras ella estaba distraída.

Todo olía a dinero sucio. A poder absoluto. Al aroma caro de Ethan Blackwood.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentirlo: su cuerpo duro presionándola contra la pared de vidrio, su mano grande deslizándose por su muslo, su voz ronca susurrando cerca de su oído aquellas palabras que le helaban la sangre y le encendían la piel al mismo tiempo.

“Vas a ser mía… como mi esposa por contrato.”

La rabia le ardía en el pecho como ácido. ¿Cómo se atrevía? El hombre que había ordenado la muerte de su padre, que había reducido a cenizas el imperio de los Morgan, ahora quería convertirla en su trofeo. En su juguete legal. En su esposa.

Pero lo que más la aterrorizaba no era el odio.

Era el traicionero calor que se había instalado en su vientre cuando él la besó con la mirada. Cuando su aliento le rozó la piel. Cuando sintió, por un segundo fugaz, que su cuerpo respondía al enemigo.

Se odiaba por eso. Se odiaba con toda el alma.

A las ocho y media en punto, la puerta de la suite se abrió sin llamar. Entraron dos mujeres vestidas de negro impecable, seguidas por un hombre de unos cincuenta años con traje gris y un maletín de cuero caro en la mano.

—Señorita Morgan —dijo el hombre con voz impersonal, como si estuviera leyendo un guion—. El señor Blackwood la espera en el salón principal dentro de veinte minutos. Le hemos traído ropa adecuada para la ocasión.

Una de las mujeres extendió un vestido negro sobre la cama. Era elegante, ajustado, con escote en forma de corazón que dejaba ver el nacimiento de sus pechos y una falda lápiz que llegaba justo debajo de la rodilla. Tacones altos negros y un collar de plata sencillo completaban el conjunto. Nada vulgar, pero claramente diseñado para resaltar cada curva de su cuerpo.

Isabella quiso negarse. Quiso gritarles que se fueran al infierno. Pero recordó la amenaza de la noche anterior: su hermana menor, Camila, de solo diecinueve años, seguía viviendo en un pequeño apartamento en las afueras. Si no cooperaba, Ethan no dudaría en usarla como palanca.

Con los dientes apretados, se cambió en el baño. El vestido se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Cuando se miró en el espejo, casi no se reconoció: parecía una mujer lista para ser exhibida, no una vengadora.

Diez minutos después bajaba escoltada por el ascensor privado. Dos guardias la flanqueaban en silencio. El corazón le latía tan fuerte que sentía que iba a salírsele del pecho.

El salón principal era impresionante. Paredes de vidrio que ofrecían una vista panorámica de la ciudad bajo un cielo gris plomizo. Una mesa larga de caoba oscura dominaba el centro, rodeada de sillas de cuero negro. Ethan Blackwood estaba de pie junto a la ventana, revisando documentos con el ceño fruncido. Llevaba un traje gris oscuro hecho a medida que se ajustaba perfectamente a sus hombros anchos y su cintura estrecha. El cabello negro azabache estaba ligeramente revuelto, como si hubiera pasado varias veces la mano por él. Cuando levantó la vista y la vio entrar, sus ojos grises se oscurecieron.

—Te ves… aceptable —dijo con tono frío, pero su mirada bajó lentamente por su cuerpo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en el escote y en la forma en que el vestido marcaba sus caderas.

Isabella levantó el mentón con orgullo.

—No vine aquí a que me evalúes como si fuera un caballo de carreras. Dime qué quieres y acabemos con esto.

Ethan soltó una risa baja y oscura que reverberó en la habitación. Dejó los papeles sobre la mesa y se acercó a ella con pasos lentos y deliberados, como un depredador que disfruta el momento antes de atacar. Se detuvo a menos de un metro, tan cerca que Isabella podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y oler su colonia cara mezclada con un aroma más oscuro, puramente masculino.

—Siéntate —ordenó, señalando la silla frente a la mesa.

Ella obedeció a regañadientes, cruzando las piernas con rigidez. Ethan tomó asiento al otro lado y empujó hacia ella una carpeta gruesa de color negro.

—Lee con atención. Firma en todas las páginas donde hay una marca. Si tienes preguntas, hazlas ahora. No toleraré arrepentimientos después.

Isabella abrió la carpeta con manos que apenas conseguía mantener firmes. El documento era extenso, redactado en lenguaje legal frío y preciso. Cada cláusula era como un clavo más en su ataúd:

Contrato de Matrimonio Temporal y Acuerdo de Confidencialidad

Duración: Doce (12) meses renovables a discreción del señor Ethan Blackwood.

Isabella Morgan pasará legalmente a llamarse Isabella Blackwood durante el período del contrato.

La señora Blackwood residirá en la Mansión Blackwood y acompañará al señor Blackwood a todos los eventos públicos, cenas de negocios y apariciones sociales que este determine, actuando en todo momento como esposa obediente y cariñosa.

Queda prohibido cualquier contacto con personas del pasado sin autorización previa y supervisión.

La señora Blackwood cumplirá con todas las “obligaciones conyugales” que el señor Blackwood exija, incluyendo pero no limitando a convivencia íntima, acompañamiento nocturno y cualquier otra demanda física o emocional que este considere necesaria.

A cambio, el señor Blackwood se compromete a no dañar físicamente ni económicamente a Camila Morgan ni a cualquier otro miembro restante de la familia Morgan.

En caso de incumplimiento por parte de Isabella Blackwood, el contrato se extenderá de forma indefinida y Camila Morgan será entregada como garantía a uno de los socios del señor Blackwood.

Isabella sintió que la bilis le subía por la garganta. Levantó la mirada, con los ojos verdes brillando de furia contenida.

—¿Obligaciones conyugales? ¿Me estás pidiendo que sea tu puta legal?

Ethan se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Su expresión era de puro hielo, pero en el fondo de sus ojos grises ardía un fuego oscuro y posesivo.

—No te estoy pidiendo, Isabella. Te estoy informando de las reglas del juego que tú misma empezaste cuando decidiste infiltrarte en mi fiesta con veneno en el bolso. Querías destruirme. Ahora yo te destruiré a ti… lentamente. Y disfrutaré cada segundo.

Isabella apretó los puños sobre la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Eres un monstruo.

—Tal vez —admitió él con una sonrisa fría—. Pero soy el monstruo que ahora posee tu vida.

Se hizo un silencio pesado. Isabella miró nuevamente el documento. Cada página parecía pesarle como plomo. Pensó en su padre, en las noches que pasó llorando después de su muerte. Pensó en Camila, inocente y ajena a todo este infierno. No tenía opción.

Con un suspiro tembloroso, tomó el bolígrafo Montblanc que Ethan le ofrecía y comenzó a firmar. Página tras página. Cada firma era como vender un pedazo más de su alma al diablo.

Cuando terminó la última página, Ethan tomó el documento, lo revisó con calma y lo guardó en el maletín. Luego se levantó y rodeó la mesa con lentitud felina. Se detuvo justo detrás de la silla de Isabella y colocó sus manos grandes sobre sus hombros desnudos. El toque fue ligero, pero ella sintió como si la estuviera marcando con hierro caliente.

—Buena chica —murmuró cerca de su oído, su aliento cálido rozándole la piel—. Ahora sellaremos este contrato como debe ser.

Antes de que Isabella pudiera reaccionar, Ethan la levantó de la silla girándola hacia él con facilidad. La presionó contra el borde de la mesa de caoba, atrapándola entre su cuerpo duro y la madera fría. Una de sus manos se enredó en su cabello oscuro, tirando suavemente para inclinarle la cabeza hacia atrás. La otra bajó hasta su cintura, apretándola contra sí.

Y la besó.

No fue un beso dulce ni romántico. Fue un beso de posesión pura. Sus labios devoraron los de ella con hambre contenida durante años. Su lengua invadió su boca sin piedad, explorando, reclamando, dominando cada rincón. Isabella intentó resistirse, empujando su pecho con ambas manos, pero Ethan solo profundizó el beso, pegándola más a su cuerpo.

Podía sentir cada músculo de él contra ella: el pecho duro, los abdominales marcados, la evidente excitación presionando insistentemente contra su vientre. Un gemido traicionero escapó de la garganta de Isabella. Odiaba su propio cuerpo por reaccionar así. Sus manos, en lugar de seguir empujando, se aferraron a la tela de la camisa de Ethan como si temiera caerse.

Ethan mordió su labio inferior con fuerza suficiente para hacerla jadear, luego calmó el dolor con la lengua. El beso se volvió más profundo, más desesperado. Isabella sentía que le faltaba el aire, que el mundo se reducía a la boca de él, a sus manos, al calor que emanaba de su cuerpo.

Cuando por fin se separaron, ambos respiraban agitadamente. Los labios de Isabella estaban hinchados y enrojecidos. Los ojos grises de Ethan brillaban con triunfo salvaje y un deseo apenas contenido.

—Esto es solo el comienzo —dijo con voz ronca, todavía sosteniéndola contra la mesa—. Esta noche, cuando llegues a la mansión, te mostraré exactamente cuál es el precio real de haber intentado jugar contra mí.

Isabella lo miró con todo el odio que pudo reunir, aunque su cuerpo todavía temblaba por el beso y su respiración estaba entrecortada.

—Te odio con cada célula de mi ser —susurró.

Ethan sonrió con esa crueldad que lo hacía tan atractivo y tan peligroso al mismo tiempo.

—Perfecto. El odio hace que todo sea mucho más interesante… y mucho más intenso.

Se apartó finalmente, ajustándose la corbata como si nada hubiera ocurrido. Su expresión volvió a ser fría y controlada.

—Mis hombres te llevarán a la mansión Blackwood esta tarde. Prepárate. Esta noche cenaremos juntos en el comedor principal… y después cumplirás tu primera obligación como mi esposa.

Mientras lo veía caminar hacia la puerta con esa arrogancia natural que lo caracterizaba, Isabella se tocó los labios hinchados con dedos temblorosos. Todavía podía sentir el sabor de él en su boca. Todavía sentía el calor de su cuerpo pegado al suyo.

El contrato estaba firmado.

Su destino sellado.

Y lo más aterrador de todo era que una pequeña, oscura y traicionera parte de ella ya empezaba a preguntarse cómo sería arder completamente en el infierno que Ethan Blackwood acababa de abrir para los dos.

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