Mundo ficciónIniciar sesiónLa gala benéfica anual de la Fundación Blackwood era un evento que olía a dinero, poder y secretos sucios.
Isabella bajó las escaleras de la mansión con el corazón latiéndole en la garganta. El vestido que Ethan había elegido para ella esa noche era de un rojo profundo, casi sangre. Ceñido al cuerpo como un guante, con un escote corazón que dejaba poco a la imaginación y una espalda completamente descubierta hasta la base de la columna. La falda tenía una abertura lateral que subía hasta la mitad del muslo cada vez que caminaba. Llevaba el cabello suelto en ondas suaves, labios rojos a juego con el vestido y unos tacones negros de aguja que la hacían sentir como una presa disfrazada de depredadora. Ethan la esperaba al pie de la escalera. Vestía un esmoquin negro impecable que se ajustaba a sus hombros anchos como si hubiera sido creado exclusivamente para él. Cuando la vio bajar, sus ojos grises la recorrieron lentamente, deteniéndose en cada curva expuesta. Una sonrisa peligrosa curvó sus labios. —Estás hecha para ser mirada —dijo con voz grave, extendiendo la mano—. Pero recuerda: solo yo tengo derecho a tocarte. Isabella colocó su mano en la de él, sintiendo el calor familiar que ya empezaba a traicionarla. —No soy un objeto de exhibición —respondió en voz baja. Ethan la atrajo hacia sí y le susurró al oído: —Esta noche sí lo eres. Mi objeto más preciado. La limusina los llevó al gran salón de eventos del hotel más lujoso de la ciudad. En cuanto entraron, todas las miradas se volvieron hacia ellos. Susurros recorrieron la sala. “La nueva esposa de Blackwood”, “¿De dónde la sacó?”, “Es preciosa… demasiado para él”. Ethan mantuvo la mano en la parte baja de su espalda desnuda todo el tiempo, sus dedos trazando círculos posesivos sobre su piel. Cada vez que alguien se acercaba a saludar, la apretaba más contra su costado, como si quisiera marcarla delante de todos. La noche avanzó entre copas de champán, conversaciones superficiales y miradas cargadas. Isabella interpretaba su papel a la perfección: sonreía cuando Ethan le indicaba con la mirada, respondía con frases cortas y elegantes, y nunca se separaba más de un metro de él. Hasta que apareció Marcus. El mismo hombre rubio de la cena anterior se acercó con una sonrisa confiada, dos copas de champán en las manos. Ignoró deliberadamente a Ethan y se dirigió directamente a Isabella. —Señora Blackwood —dijo con voz melosa, extendiendo una copa—. Estás absolutamente deslumbrante esta noche. El rojo te queda mejor que a ninguna otra mujer en esta sala. Isabella sintió cómo el cuerpo de Ethan se tensaba a su lado como un resorte a punto de romperse. —Gracias —respondió ella con cortesía fría, sin tomar la copa. Marcus no se dio por vencido. —Ethan siempre ha tenido buen gusto para las adquisiciones. Dime, ¿cómo lograste domar al lobo más salvaje de la ciudad? Antes de que Isabella pudiera responder, Ethan intervino con voz baja y letal: —Marcus, si vuelves a dirigirle la palabra a mi esposa sin mi permiso, te arrancaré la lengua y la usaré como corbata. El silencio que cayó alrededor de ellos fue ensordecedor. Varias personas cercanas se giraron a mirar. Marcus palideció, pero intentó mantener la compostura con una risa nerviosa. —Solo era una broma, Blackwood. No hay necesidad de… —Lárgate —ordenó Ethan, sin levantar la voz. Marcus retrocedió y desapareció entre la multitud. Ethan tomó a Isabella por la cintura con fuerza y la llevó hacia un rincón más apartado, detrás de una columna de mármol. —¿Qué parte de “solo yo” no entendiste? —gruñó, presionándola contra la columna fría. Su cuerpo grande la cubría casi por completo, ocultándola de las miradas curiosas. —No hice nada —protestó Isabella, aunque su respiración ya se había acelerado. —Sonreíste. Lo miraste a los ojos. Eso es suficiente. Ethan bajó la cabeza y la besó con violencia. No fue un beso para mostrar afecto. Fue un beso para marcar territorio. Su lengua invadió su boca, sus dientes mordieron su labio inferior. Una mano se deslizó por la abertura de su vestido, subiendo por su muslo hasta rozar el borde de su ropa interior. —Ethan… aquí no —susurró ella contra sus labios, avergonzada y excitada al mismo tiempo. —Aquí sí —respondió él, introduciendo dos dedos bajo la tela y encontrándola ya húmeda—. Tu cuerpo nunca miente, Isabella. Aunque tu boca diga lo contrario. Movió los dedos con lentitud tortuosa, rozando su clítoris hinchado mientras su boca bajaba a su cuello, chupando con fuerza suficiente para dejar otra marca visible. Isabella mordió su propio labio para no gemir en voz alta. La música de la orquesta y el murmullo de las conversaciones seguían de fondo, pero ella solo podía concentrarse en los dedos de Ethan dentro de ella, en su aliento caliente contra su piel, en la dura erección que presionaba contra su vientre. —Estás empapada —gruñó él en su oído—. ¿Te excita que te toque delante de toda esta gente? ¿Que sepan que eres mía? Isabella negó con la cabeza, pero su cuerpo se arqueó hacia él. —Por favor… —suplicó en un susurro. Ethan sacó los dedos abruptamente y los llevó a su propia boca, lamiéndolos lentamente mientras la miraba a los ojos. —Esta noche, cuando volvamos a casa, te voy a follar hasta que olvides hasta tu propio nombre. Y vas a gritar tan fuerte que toda la mansión sabrá quién te está rompiendo. La soltó de repente, ajustándose el esmoquin como si nada hubiera pasado. Isabella se quedó temblando contra la columna, con las piernas débiles y el corazón latiendo desbocado. El resto de la noche fue una tortura lenta. Ethan no la dejó sola ni un segundo. Cada vez que un hombre se acercaba demasiado, su mano apretaba su cintura con fuerza posesiva. Cada vez que Isabella intentaba alejarse un poco, él la atraía de nuevo y le susurraba al oído promesas oscuras de lo que le haría más tarde. Cuando por fin subieron a la limusina de regreso, el aire dentro del vehículo estaba cargado de electricidad. Ethan no esperó a llegar a la mansión. En cuanto la puerta se cerró y el chofer levantó el vidrio de privacidad, la atrajo sobre su regazo. Subió el vestido rojo hasta su cintura y la colocó a horcajadas sobre él. —Quítame el pantalón —ordenó con voz ronca. Isabella obedeció con manos temblorosas. Liberó su erección gruesa y dura, que saltó pesada contra su palma. Ethan apartó su ropa interior a un lado y, sin preámbulos, la bajó sobre él de un solo movimiento. Isabella gritó cuando la llenó por completo. Ethan gruñó, sujetándole las caderas con fuerza mientras comenzaba a moverla arriba y abajo con ritmo brutal. —Cabálgame —ordenó—. Muéstrame cuánto me odias mientras me follas. Isabella se movió con desesperación, bajando con fuerza sobre él una y otra vez. El placer era intenso, casi doloroso. Sus gemidos llenaban la limusina mientras Ethan la sujetaba por las caderas, guiándola, penetrándola más profundo con cada embestida. —Dilo —gruñó él, mordiendo su cuello—. Dime que me odias mientras te corres en mi polla. —Te odio… —gimió Isabella, sintiendo que el orgasmo se acercaba como un tren desbocado—. Te odio… te odio… Ethan aceleró el ritmo, embistiendo hacia arriba con fuerza salvaje. El clímax los golpeó casi al mismo tiempo. Isabella gritó su nombre, su cuerpo convulsionando alrededor de él. Ethan se derramó dentro de ella con un gruñido animal, llenándola por completo. Se quedaron unidos, jadeando, sudorosos, con la limusina todavía en movimiento hacia la mansión. Ethan le sujetó la cara con una mano y la obligó a mirarlo a los ojos. —Esto es solo el comienzo, Isabella —dijo con voz ronca, todavía dentro de ella—. Voy a romperte hasta que no sepas dónde termina tu odio y dónde empieza tu necesidad de mí. Isabella lo miró, con los ojos llenos de lágrimas y placer residual. Y por primera vez, tuvo miedo de que él tuviera razón.






