La esposa trofeo

Isabella se miró en el espejo de cuerpo entero del vestidor y apenas reconoció a la mujer que le devolvía la mirada.

El vestido que Ethan había elegido para ella era negro, largo hasta el suelo, con un escote profundo en forma de V que llegaba casi hasta su ombligo y una abertura en la pierna izquierda que subía peligrosamente hasta la mitad del muslo. La tela se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, resaltando cada curva. Llevaba el cabello recogido en un moño elegante con algunos mechones sueltos, maquillaje sutil pero impactante (labios rojos intensos) y unos tacones negros de aguja que la hacían sentir expuesta y poderosa al mismo tiempo.

Parecía exactamente lo que Ethan quería que fuera: una esposa trofeo. Hermosa, peligrosa y completamente suya.

—Estás lista —dijo la voz grave de Ethan desde la puerta.

Isabella se giró. Él estaba impresionante con un traje negro hecho a medida, camisa blanca impecable y corbata negra. El cabello peinado hacia atrás acentuaba su mandíbula afilada y esos ojos grises que parecían leerle el alma.

—No voy a fingir ser la esposa enamorada —dijo ella con voz fría.

Ethan se acercó con pasos lentos, deteniéndose detrás de ella. Sus manos grandes se posaron en sus caderas, atrayéndola contra su pecho. Bajó la cabeza y rozó con los labios la curva de su cuello.

—Vas a fingir exactamente lo que yo te diga —murmuró contra su piel—. Sonríe, mírame con deseo y mantén la boca cerrada a menos que te pregunte algo. Esta noche hay gente importante. Gente que no dudará en usar cualquier debilidad contra mí… o contra ti.

Isabella sintió un escalofrío. No sabía si era miedo o la forma en que los labios de Ethan rozaban su oreja.

—¿Y si no lo hago?

Ethan la giró bruscamente y la presionó contra el espejo. Su cuerpo duro la atrapó, una mano sujetándole la muñeca por encima de la cabeza.

—Entonces haré que tu hermana reciba una visita esta misma noche. ¿Quieres que Camila conozca a mis socios más… creativos?

Isabella apretó los dientes, conteniendo las lágrimas de rabia.

—Eres un monstruo.

—Lo sé —respondió él con una sonrisa fría—. Y tú eres mi monstruo ahora.

La besó con fuerza, un beso rápido y castigador que le dejó los labios hinchados. Luego se apartó y le ofreció el brazo.

—Vamos. La limusina nos espera.

El trayecto hasta el exclusivo club privado fue silencioso. Isabella miraba por la ventanilla, intentando calmar los nervios. Ethan revisaba su teléfono, pero su mano libre descansaba posesivamente sobre el muslo de ella, justo donde terminaba la abertura del vestido. Sus dedos trazaban círculos lentos sobre su piel, subiendo cada vez un poco más.

Cuando llegaron, el club era todo lujo y oscuridad. Luces tenues, música sensual de fondo, mesas privadas separadas por cortinas de terciopelo. Ethan la guio con la mano en la parte baja de su espalda, justo donde terminaba el vestido. Varias cabezas se giraron a su paso. Hombres poderosos y mujeres elegantes los observaban con curiosidad y envidia.

—Ethan Blackwood —saludó un hombre mayor de cabello canoso, levantándose de una mesa—. Veo que has traído compañía nueva.

—Mi esposa —dijo Ethan con voz firme, atrayendo a Isabella más cerca—. Isabella Blackwood.

La palabra “esposa” salió de su boca con naturalidad, como si llevara años diciendo. Isabella forzó una sonrisa y extendió la mano.

—Encantada.

El hombre la miró de arriba abajo sin disimulo.

—Una adquisición interesante. ¿Dónde la encontraste?

Ethan sonrió con frialdad.

—Donde nadie más pudo verla. Y ahora es mía.

La cena transcurrió entre conversaciones de negocios, acuerdos velados y miradas cargadas. Isabella permanecía en silencio la mayor parte del tiempo, interpretando su papel. Pero sentía las miradas de los otros hombres sobre ella. Algunos con deseo abierto, otros con curiosidad peligrosa.

Uno de ellos, un tipo rubio de unos treinta y cinco años llamado Marcus, no dejaba de mirarla.

—Dime, Isabella —dijo de pronto, inclinándose hacia ella—. ¿Cómo es estar casada con el hombre más temido de la ciudad? ¿Te trata bien o ya te tiene encerrada en su torre de marfil?

Isabella sintió la mano de Ethan apretarse en su muslo bajo la mesa.

—Mi esposo me trata exactamente como merezco —respondió ella con voz suave pero firme.

Marcus sonrió con malicia.

—Interesante respuesta. Si alguna vez te cansas de su… estilo, sabes dónde encontrarme.

El aire se volvió denso. Ethan no dijo nada, pero Isabella sintió cómo su cuerpo se tensaba a su lado. Su mano subió más por su muslo, deslizándose bajo la abertura del vestido hasta rozar el borde de su ropa interior.

Isabella se tensó, pero no se movió. Ethan se inclinó hacia ella y le susurró al oído, solo para que ella lo escuchara:

—Si vuelves a sonreírle a otro hombre esta noche, te follaré aquí mismo, sobre esta mesa, delante de todos.

El corazón de Isabella dio un vuelco. El tono de Ethan era calmado, pero la promesa era letal y excitante al mismo tiempo. Sintió que se humedecía contra su voluntad.

La cena terminó y pasaron al salón privado para tomar copas. Ethan la mantuvo pegada a su lado todo el tiempo, su mano nunca abandonando su cuerpo: en la cintura, en la espalda desnuda, en la curva de su cadera.

Marcus se acercó de nuevo cuando Ethan se alejó un momento para hablar con otro socio.

—Eres demasiado hermosa para estar con un hombre como él —dijo en voz baja—. Si quieres escapar, puedo ayudarte.

Isabella miró hacia donde estaba Ethan. Él los observaba con ojos entrecerrados, como un lobo listo para atacar.

—No necesito escapar —respondió ella, aunque su voz tembló ligeramente.

Cuando Ethan regresó, su expresión era de pura tormenta. Tomó a Isabella por la cintura con fuerza y la alejó del grupo.

—Nos vamos —dijo secamente.

En la limusina de vuelta a la mansión, el silencio era asfixiante. Ethan no la tocaba. Solo miraba por la ventanilla, la mandíbula tensa.

En cuanto entraron en la mansión y la puerta de la habitación principal se cerró detrás de ellos, Ethan explotó.

La empujó contra la pared, sujetándole las muñecas por encima de la cabeza con una mano.

—¿Te divertiste coqueteando con Marcus? —gruñó, su rostro a centímetros del de ella.

—No estaba coqueteando —protestó Isabella—. Solo respondía.

—Mientes. —Ethan bajó la cabeza y mordió su cuello con fuerza suficiente para dejar una marca—. Te vi sonreírle. Te vi mirarlo.

Su mano libre bajó por su cuerpo, subiendo el vestido hasta la cintura. Sus dedos encontraron la tela húmeda de su ropa interior y presionaron con rudeza.

—Estás mojada —dijo con voz ronca, casi acusadora—. ¿Pensabas en él o en mí?

Isabella jadeó cuando Ethan apartó la tela y deslizó dos dedos dentro de ella sin previo aviso.

—Responde —exigió, moviendo los dedos con ritmo castigador.

—En ti… —admitió ella entre gemidos—. Maldita sea, en ti.

Ethan sonrió con triunfo oscuro. Sacó los dedos y la levantó en brazos, llevándola hasta la cama. La tiró sobre las sábanas y se cernió sobre ella, quitándose la chaqueta y la corbata con movimientos bruscos.

—Esta noche vas a aprender una lección, esposa —dijo mientras se desabrochaba el cinturón—. Nadie más te mira. Nadie más te toca. Solo yo.

Se colocó entre sus piernas, presionando su excitación dura contra ella a través de la ropa. Isabella arqueó las caderas sin poder evitarlo.

—Dilo —ordenó él, sujetándole la barbilla para que lo mirara a los ojos—. Dime que eres mía.

Isabella lo miró con odio y deseo entremezclados.

—Soy tuya… —susurró finalmente, odiándose por cada palabra.

Ethan sonrió con satisfacción salvaje.

—Buena chica.

Bajó la cabeza y la besó con brutalidad, mientras sus manos terminaban de subirle el vestido hasta la cintura.

Esta vez no se detuvo.

Esta vez, Isabella supo que la noche apenas comenzaba… y que el precio de amar (o de odiar) a su enemigo estaba a punto de subir mucho más alto.

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