La jaula de cristal

El ascensor privado descendía en silencio, pero el aire dentro estaba cargado de electricidad peligrosa. Isabella forcejeaba contra el agarre de hierro de Ethan, pero era inútil. Sus dos guardias de seguridad los flanqueaban como sombras mudas, sin atreverse a intervenir.

—Suéltame —siseó ella entre dientes, clavando las uñas en el antebrazo de él.

Ethan ni siquiera la miró. Solo apretó más la mano alrededor de su muñeca, hasta que el dolor le subió por el brazo. Su voz salió baja, controlada y letal:

—Las ratas como tú no dan órdenes. Solo muerden… y luego suplican.

Las puertas se abrieron directamente a una suite presidencial en el último piso. Paredes de vidrio que daban a la ciudad iluminada, muebles negros minimalistas y una cama king size que dominaba el centro de la habitación. Ethan la empujó dentro con fuerza. Isabella tropezó, pero recuperó el equilibrio rápidamente, girándose hacia él con los ojos verdes llenos de furia.

—¿Qué piensas hacer? ¿Matarme aquí mismo? —escupió ella—. ¿O prefieres torturarme primero como hiciste con mi padre?

Por primera vez, Ethan mostró una reacción. Sus ojos grises se entrecerraron y una sonrisa fría, casi divertida, curvó sus labios. Se quitó la chaqueta del traje con lentitud, dejando al descubierto una camisa negra que se ajustaba a su pecho musculoso. Avanzó hacia ella como un depredador.

—Tu padre… —repitió con tono burlón—. Alexander Morgan. Un traidor que intentó robarme millones y vender información a mis enemigos. Merecía lo que le pasó.

Isabella sintió que la rabia le quemaba la garganta. Se lanzó contra él sin pensarlo, golpeándole el pecho con los puños.

—¡Mentiroso! ¡Tú lo ordenaste! ¡Quemaste todo lo que teníamos!

Ethan atrapó sus muñecas con una sola mano y la levantó sin esfuerzo, presionándola contra la pared de vidrio frío. El contraste entre el vidrio helado en su espalda y el calor del cuerpo de él la hizo jadear. Estaban tan cerca que podía sentir su aliento en los labios.

—Eres valiente, Isabella. Estúpida… pero valiente —murmuró él, bajando la mirada a su boca—. Te infiltraste en mi fiesta con veneno en el bolso. ¿De verdad creías que no lo notaría? Mis hombres te revisaron antes de que subieras.

Ella intentó patearlo, pero Ethan presionó su cuerpo contra el de ella, inmovilizándola por completo. La falda del vestido se le subió peligrosamente por los muslos. El corazón de Isabella latía tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo.

—Entonces mátame de una vez —dijo ella, desafiante, aunque su voz tembló ligeramente—. No juegues conmigo.

Ethan soltó una risa baja y oscura que vibró contra su pecho.

—Oh, no… matarte sería demasiado fácil. Demasiado rápido. —Su mano libre bajó lentamente por el costado de ella, rozando la curva de su cintura, deteniéndose justo encima de la cadera—. Quiero que sufras. Quiero que sientas lo que es perderlo todo… como yo lo sentí cuando tu padre intentó destruirme.

Sus dedos se deslizaron bajo el borde del vestido, rozando la piel desnuda de su muslo. Isabella se estremeció, odiándose a sí misma por la ola de calor traicionera que le recorrió el cuerpo.

—No me toques —susurró ella, pero sonó más como una súplica que como una orden.

Ethan acercó sus labios a su oído, su voz convertida en un ronroneo peligroso:

—Vas a ser mía, Isabella Morgan. No como amante… todavía. Primero como mi prisionera. Después… como mi esposa por contrato. Firmarás los papeles mañana mismo. Y cada noche, te recordaré exactamente por qué odias a los Blackwood… mientras tu cuerpo me ruega lo contrario.

Isabella sintió un nudo en el estómago. Matrimonio por contrato. La humillación definitiva. Usarla como trofeo mientras destruía lo poco que quedaba de su orgullo.

—Prefiero morir —escupió.

Ethan se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos. Su expresión era fría, pero en el fondo de sus iris grises ardía algo oscuro y posesivo.

—Morir es fácil. Vivir conmigo… eso sí será un infierno. —Sonrió con crueldad—. Y te aseguro que vas a arder muy lentamente.

De pronto, la soltó. Isabella casi se deslizó por la pared, respirando agitada. Ethan sacó su teléfono y marcó un número.

—Preparen la habitación del sótano. La nueva invitada se queda aquí indefinidamente. Y traigan los documentos del contrato matrimonial. Mañana a las nueve.

Colgó y la miró una última vez, recorriéndola de arriba abajo como si ya fuera de su propiedad.

—Descansa, Isabella. Mañana empieza tu precio.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, añadió sin mirarla:

—Ah… y si intentas escapar, haré que veas cómo destruyo todo lo que te queda de tu familia. Incluyendo a tu hermana menor.

La puerta se cerró con un clic suave pero definitivo. Isabella se quedó sola en la suite de lujo, con el corazón latiendo desbocado y las piernas temblando.

Se dejó caer al suelo, apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en las palmas.

No iba a rendirse.

No iba a romperse.

Pero mientras las luces de la ciudad parpadeaban a través del vidrio, una verdad aterradora se coló en su mente:

El odio que sentía por Ethan Blackwood ya no era puro.

Había algo más… algo caliente, peligroso y prohibido que empezaba a arder bajo su piel.

Y eso la asustaba mucho más que cualquier amenaza.

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