Mundo ficciónIniciar sesión¿Qué pasa cuando unes a una experta en catástrofes con un adicto al control total? Fernanda es un desastre funcional. Dejó la universidad por deudas, está desempleada, debe meses de renta y su orgullo le impide regresar con sus padres a Guadalajara. Una noche de tragos, comete la mayor locura de su vida: escribe "SE BUSCA MARIDO" con labial rojo en una factura de luz vencida y la pega en el pizarrón de un bar. Al día siguiente, la resaca es lo de menos... ¡Su anuncio es la tendencia viral número uno de internet! Alexander Vasilakis es un implacable billonario griego que rige su vida bajo un estricto algoritmo de éxito. No cree en las emociones, pero una cláusula en el testamento de su abuelo lo obliga a casarse en menos de tres meses para no perder su imperio familiar. Él no busca amor; necesita un contrato de seis meses y una mujer completamente controlable. Y el destino pone en su pantalla el anuncio de "F.". Él ya la conoce. Ella es la misma chica caótica que el día anterior inundó su gabardina de diseñador con leche espumosa en una cafetería. Para Alexander, ella es la variable más volátil; para Fernanda, él es el arrogante desconocido que ahora le ofrece una fortuna por firmar un papel. El trato es simple: fingir el matrimonio perfecto, salvar el imperio de los Vasilakis y divorciarse sin mirar atrás. Ninguno tomó en cuenta que, en este contrato, no se aceptan devoluciones. ©Todos los derechos reservados. Copyright © 2026 by Nancy Lara
Leer másFERNANDA
Me desperté con el segundo aviso de la alarma. Sí, el primero ya lo había noqueado. Veo la hora; aún es temprano. Me quedo divagando en mi cama, viendo el techo. Ayer llovió y se filtra la humedad... ¡Puf!
Si alguien fuera a escribir mi historia, no empezaría con el clásico cuento perfecto. Tampoco con la chica de belleza impecable, con un despertar espectacular, el cabello peinado y ni un solo mechón fuera de lugar. Nada de atuendos planeados con días de antelación, ni desayunos sin prisas con café recién hecho, mucho menos el clásico cliché de la empleada enamorada de su jefe. No, mi vida no sería narrada así.
Mi realidad es que soy un desastre funcional. No tengo novio rico ni poderoso; de hecho, ni novio tengo. Estoy desempleada. Y amo dormir. ¿Quién no disfruta de esos cinco minutos después de apagar la molesta alarma? Me casaría con mi colchón si fuera legal. Malos hábitos, claro.
Son esos mismos malos hábitos los que me hicieron llegar tarde a mis últimas tres entrevistas de trabajo, y los que me tienen deseando un empleo solo para pagar la cuenta del agua, la luz, las rentas vencidas, la deuda de la universidad y tener una despensa decente.
Mi cabello, todavía mojado, es la prueba de que el "cinco minutos más" nunca es suficiente. Lo cepillo como puedo y lo ato en un chongo mal hecho que todavía gotea. Mi vestimenta es cómoda, no elegante. Pero, vamos, es solo una cafetería, no un desfile de modas. ¿O sí?
Vi el anuncio la semana pasada, justo después de recibir la llamada de mi madre pidiéndome que regresara a Guadalajara. Me niego a volver. Me niego a depender de ellos y a sus reglas retrógradas. Mi padre, un hombre prepotente que nos enseñó que en su casa solo se hace lo que él dice, es la razón por la que nunca tuvimos una buena relación. Tenemos mucho en común: mal carácter, somos obstinados y compartimos una adicción a llevar la contraria.
Cuando me vine con mi prima a la Ciudad de México, me lo advirtieron: no terminaría la escuela, me volvería una hippie y terminaría como indigente bajo un puente.
Hoy vivo en un pequeño departamento, no bajo un puente. Y la universidad… bueno, la dejé. Primero, por la deuda de la matrícula. Segundo, porque estoy en mi año sabático —así lo llamo— para descubrir qué quiero en realidad. El problema es que la independencia y jugar a ser un "adulto responsable" me han dejado con más deudas que respuestas. Estoy desesperada. No sé cómo arreglar el desastre que yo solita provoqué, y la tarjeta bancaria no ayuda. Maldito banco que me sedujo con un crédito y meses sin intereses. Al menos apliqué al puesto y recibí una respuesta para la entrevista y prueba de hoy.
Y es precisamente esa desesperación la que me llevó a aceptar la ridícula invitación de mi prima Valeria para ahogar las penas en un bar esta noche. Es viernes y el cuerpo lo sabe.
Mientras termino de arreglarme, pienso: ¿Qué puede salir mal? Es solo hacer y servir café. Ojalá tuviera el poder de tele transportarme, porque ya voy tarde. Se me fue el tiempo divagando. ¡Ni siquiera tengo tiempo de cambiarme la blusa que acabo de manchar con pasta dental! La froto con una toalla húmeda, rezando para que la mancha se esfume al secarse.
Tres doritos después…
¡Milagro! Salir de mi apartamento y que mi vecina me diera un aventón que me dejara cerca de la cafetería. ¡No tiene precio! ¡Aquí estoy!
—Buenos días, vengo por la entrevista de trabajo —le digo a Sam, la chica del mostrador.
Ella me mira de arriba abajo. Mi cabello sigue húmedo, el chongo luce mal hecho y la mancha de la blusa, por supuesto, sigue ahí. Mi maquillaje no es perfecto, pero hice lo que pude—. Tengo cita.
—Sí, déjame le aviso al gerente —dice Sam, dándole la espalda para soltar un grito al famoso "Peter".
Entonces aparece el susodicho.
—Mi nombre es Pedro González, pero puedes decirme Peter. Te haré una entrevista rápida y después una prueba práctica de una hora. Veremos cómo te desenvuelves.
—Está bien —respondo con una sonrisa. ¿Qué puede salir mal?, me digo a mí misma.
Caminé detrás de Peter, sintiendo que esta era mi oportunidad final. Mi momento para demostrar que no soy un desastre y que puedo ser un adulto responsable.
—Muy bien, Fernanda. La parte teórica estuvo excelente. Ahora la práctica. Detrás de esta barra el ritmo es frenético. Necesitamos a alguien que mantenga la calma, la pulcritud y la velocidad. ¿Lista para un latte y un capuchino? Vamos a simular un pedido doble para la Mesa 5. ¡En marcha!
Asiento forzando un gesto. Qué puede salir mal. Es café, no cohetes espaciales.
Me pongo frente a la complicada máquina de espresso. Todo ese metal brillante me devuelve la imagen de mi blusa manchada. Sigo las instrucciones de Peter.
Mi primer error: intento cargar el filtro demasiado rápido. El café molido se derrama por la barra, creando un pequeño montículo marrón que ignoro por la prisa.
—Control, Fernanda, control —pienso, tratando de sonar convincente. Es solo café. Se limpia después.
Comienzo a vaporizar la leche para el latte. El ruido es ensordecedor, pero parece ir bien. La confianza regresa, solo para ser demolida por el capuchino. Peter me había indicado una jarra pequeña para la espuma, pero en mi apuro, tomé la incorrecta y la llené de más.
Cuando intento purgar la varilla de vapor, mi mano se resbala.
—¡PSSSHHHHHHHT!
La varilla se agita bruscamente y un chorro de vapor caliente y leche espumosa a alta presión sale disparado directamente hacia el área de cajas, golpeando el hombro de un cliente que acababa de pagar.
—¡Santo cielo! Fernanda, ten más cuidado. Estás... inundando al señor de la gabardina —exclama Peter, dándole un manotazo a un trapo para secarse la cara.
—¡Oh, por Dios! —Me acuerdo perfectamente de por qué mi madre me expulsó de su cocina. Soy un peligro social aquí.
Intento limpiar el desastre, avergonzada. Mientras lo hago, mi codo choca con la pila de azucareras de la estación.
—¡Crash!
Las azucareras caen al suelo de madera con un estruendo. Una nube de azúcar blanco explota en el aire como una neblina dulce. Esto ya no es un desastre, es un atentado.
Peter me lleva a una mesa lateral, con el ceño fruncido. Siento la mirada de Sam clavada en mi espalda. El ambiente ya no es amigable.
—Fernanda, seamos honestos. Tienes potencial, eres carismática...
—¡Genial! Entonces, ¿el horario? Soy flexible, puedo venir temprano con mi cabello arreglado —iba diciendo cuando Peter levantó una mano, deteniéndome en seco.
—Se trata de tu energía, Fernanda. Como te dije, es demasiado... cataclísmica. Casi quemas a un cliente, provocaste una avalancha de azúcar y tuvimos que cerrar pastelería para desinfectar. Eres un riesgo de responsabilidad civil.
Mi estómago se hunde. No puede ser. La mancha de pasta dental ahora parece un monumento a mi fracaso.
—Lo siento. Gracias por tu tiempo, Peter.
Salgo de la cafetería, huyendo de ese olor a café que ahora me huele a humillación. Las deudas, el orgullo... todo me aplasta. Es en ese momento que saco mi teléfono y le marco a Valeria.
—Fer, ¿cómo te fue? ¿Lo conseguiste? ¿Tendré café gratis todos los días? —pregunta Valeria con una emoción ridícula.
—¡Val, olvídate del café! —digo con la voz ronca, conteniendo las lágrimas—. Me acaban de llamar "riesgo de responsabilidad civil"... No tengo trabajo y no voy a llamar a mis padres. Necesito algo fuerte. Te veo en el bar de siempre en una hora.
Reviso mi bolso y sí, traigo el labial rojo, el que uso cuando mi día acaba siendo más dramático. Hoy necesito drama y audacia. Solo espero que lo que el destino me tiene preparado en ese bar sea menos desastroso que un capuchino.
FERNANDALa recámara principal de la hacienda de Corfú era una estancia majestuosa de techos altos con vigas de madera expuesta, ventanales de arcos románicos que daban directamente hacia el mar jónico y una imponente cama de matrimonio con dosel de lino blanco en el centro de la habitación.En cuanto la pesada puerta de madera tallada se cerró tras nosotros y los botones dejaron nuestras maletas sobre las banquetas de piel, me dejé caer sobre el sillón de mimbre de la terraza privada, tratando de procesar la densidad del ambiente que habíamos respirado desde que pusimos un pie en la isla.—Una sola cama —comenté, cruzando los brazos y mirando a Alexander mientras él colocaba su maletín de piel sobre la consola—. La tía Atenea no perdió ni un solo segundo para empezar su interrogatorio silencioso y ponernos a prueba.—Atenea es metódica, ya te lo dije —respondió Alexander, acomodándose las mangas de la camisa con absoluta calma—. Esperaba este movimiento de su parte. Elías me confirmó
FERNANDAA diferencia de las fatídicas diez horas sobre el Atlántico desde México a Atenas, donde me comí un paquete de frituras en tenis neón sobre la pulcra alfombra de Alexander, este vuelo hacia la Isla de Corfú era un trayecto corto de apenas cuarenta y cinco minutos. Sin embargo, la tensión en el aire se sentía el doble de densa.Nuevamente estábamos a bordo del impecable jet privado de Vasilakis Group, pero esta vez la cabina ejecutiva no era un campo de batalla en solitario entre el General del control y mi caótico estilo de vida. Ahora compartíamos el espacio de cuero beige y madera de nogal con Nikitas y su esposa Katerina.Alexander ocupaba el asiento individual junto al ventanal. Llevaba unos pantalones de lino color crema y una camisa azul claro con los primeros botones desabotonados, prescindiendo por primera vez de su riguroso saco de ejecutivo. A pesar de su vestimenta veraniega y relajada, su tableta de titanio seguía firme en sus manos y sus ojos grises escaneaban in
FERNANDALa mesa del comedor principal parecía un tablero de ajedrez gigante donde cada cubierto de plata de tres tenedores, cada copa de cristal de Bohemia y cada servilleta de lino almidonado representaban una pieza en una guerra no declarada.Alexander se sentó en la cabecera, imponente, rígido y luciendo esa belleza aristocrática que parecía esculpida en mármol. Yo fui ubicada inmediatamente a su derecha, en la posición de honor que le correspondía a la futura señora de la casa. Justo enfrente de nosotros se acomodaron los tíos Héctor y Atenea, emanando una severidad que ponía a prueba hasta al sirviente más experimentado. A mi lado se ubicó Katerina, impecable en su vestido verde esmeralda, y junto a ella Nikitas, quien mantenía una postura relajada y parecía divertirse de lo lindo con la densa tormenta que flotaba sobre la mesa.El silencio inicial era denso, casi palpable, interrumpido únicamente por el sutil sonido del vino tinto de cosecha privada siendo servido en las copas
FERNANDAEl vestido de seda negra de Chantal era, sin duda, una obra de arte, pero para mí se sentía como una armadura de alta gama a punto de ser probada en combate.Me miré al espejo del vestidor por última vez. La seda se ceñía a mi figura con una elegancia impecable, dejando la espalda al descubierto hasta la zona lumbar. Llevaba el cabello recogido en un peinado alto que dejaba ver mi cuello, mis labios pintados de un rojo intenso y los tacones de diez centímetros sosteniendo mis pies con una firmeza que milagrosamente había logrado dominar en el ensayo de anoche.Me puse las pequeñas gotas de diamante que el equipo de Alexander había colocado sobre la consola de mi recámara y tomé una respiración profunda. El espejo me devolvía la imagen de una mujer completamente distinta a la chica desastrosa que había manchado su blusa con pasta dental antes de una entrevista de trabajo en la Ciudad de México. Pero por dentro, mi corazón latía con la misma intensidad desordenada.En la puerta





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