La mañana siguiente amaneció gris y fría, como si el cielo mismo supiera el infierno que Isabella estaba viviendo.
Se despertó sola en la enorme cama. Las sábanas negras todavía conservaban el olor de Ethan: colonia cara, sudor y sexo. Su cuerpo dolía en lugares que nunca imaginó que pudieran doler de placer. Marcas rojas y moradas adornaban su cuello, sus pechos y la parte interna de sus muslos. Recordatorios visibles de a quién pertenecía ahora.
Se levantó con dificultad y se miró en el espej