Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana siguiente amaneció gris y fría, como si el cielo mismo supiera el infierno que Isabella estaba viviendo.
Se despertó sola en la enorme cama. Las sábanas negras todavía conservaban el olor de Ethan: colonia cara, sudor y sexo. Su cuerpo dolía en lugares que nunca imaginó que pudieran doler de placer. Marcas rojas y moradas adornaban su cuello, sus pechos y la parte interna de sus muslos. Recordatorios visibles de a quién pertenecía ahora. Se levantó con dificultad y se miró en el espejo del baño. La mujer que le devolvió la mirada tenía los labios hinchados, el cabello revuelto y los ojos verdes llenos de una tormenta que no sabía cómo controlar. —Te odio —susurró a su propio reflejo. Pero las palabras sonaron huecas. Porque después de gritar su nombre mientras se corría alrededor de él en la limusina, después de sentirlo derramarse dentro de ella con esa posesión salvaje, el odio ya no era limpio. Estaba contaminado de deseo, de vergüenza y de algo mucho más peligroso: curiosidad. Se duchó rápidamente, dejando que el agua caliente intentara borrar las marcas de la noche. Cuando salió, envuelta en una bata de seda negra, encontró a Ethan de pie junto a la ventana del dormitorio. Ya estaba vestido con un traje oscuro impecable, revisando su teléfono con el ceño fruncido. —Buenos días, esposa —dijo sin mirarla, pero su voz tenía ese tono ronco que le erizaba la piel. —No me llames así —respondió Isabella, apretando la bata contra su pecho. Ethan guardó el teléfono y se giró hacia ella. Sus ojos grises la recorrieron lentamente, deteniéndose en las marcas que el cuello de la bata no alcanzaba a ocultar. —¿Por qué? Es lo que eres ahora. Legalmente. Físicamente. —Dio un paso hacia ella—. Y anoche demostraste que también lo eres en la forma en que te corres gritando mi nombre. Isabella sintió que las mejillas le ardían. La humillación y la excitación luchaban dentro de ella. —Fue solo sexo —mintió—. Mi cuerpo reaccionó. Eso no significa nada. Ethan soltó una risa baja y peligrosa. Se acercó hasta quedar a solo unos centímetros. Levantó una mano y rozó con el pulgar una de las marcas en su cuello. —Tu cuerpo nunca miente, Isabella. Anoche estabas tan mojada que casi me corrí solo con sentirte. Y esta mañana… sigues húmeda solo de recordarlo, ¿verdad? Ella apartó la cara, pero Ethan sujetó su barbilla con firmeza y la obligó a mirarlo. —No te escondas. Quiero que sientas cada segundo de esto. Quiero que odies lo mucho que me deseas. Isabella tragó saliva. Su pulso latía desbocado bajo los dedos de él. —¿Por qué haces esto? —preguntó en un susurro—. Podrías haberme matado. Habría sido más fácil. Ethan la miró en silencio durante varios segundos. Por un momento, algo cambió en su expresión. Una sombra de algo que parecía… dolor. O arrepentimiento. Desapareció tan rápido que Isabella pensó que lo había imaginado. —Porque mereces sufrir como yo sufrí cuando tu padre intentó destruirme —respondió finalmente, con voz fría—. Pero también porque desde el momento en que te vi en esa fiesta, supe que te quería debajo de mí. Rompiéndote. Gritando mi nombre. Y ahora que te tengo… no pienso soltarte hasta que no quede nada de la Isabella Morgan que quería venganza. La soltó y se dirigió hacia la puerta. —Desayuna. Hoy tienes que acompañarme a la oficina. Quiero que todo el mundo sepa que mi esposa está donde debe estar: a mi lado. Cuando Ethan salió, Isabella se dejó caer en la cama. Las lágrimas que había estado conteniendo rodaron por sus mejillas. Odiaba a Ethan Blackwood. Pero también odiaba lo mucho que su cuerpo lo anhelaba. Odiaba cómo, en medio de la humillación y el placer, una parte traicionera de ella empezaba a preguntarse quién era realmente el hombre detrás de esa máscara de hielo y crueldad. La oficina de Ethan era un rascacielos imponente en el centro financiero de la ciudad. El piso ejecutivo era todo vidrio, acero y lujo minimalista. Cuando entraron, las miradas de los empleados se clavaron en Isabella. Algunas curiosas, otras envidiosas, unas pocas asustadas. Ethan la mantuvo pegada a su lado mientras caminaba hacia su oficina principal. Su mano descansaba posesivamente en la parte baja de su espalda. —Señor Blackwood —saludó su asistente personal, una mujer rubia y elegante de unos treinta años—. Tiene la reunión con los inversores en veinte minutos. —Cancélala —ordenó Ethan sin detenerse—. Hoy voy a mostrarle a mi esposa cómo funciona el imperio que su padre intentó robar. Isabella sintió un nudo en el estómago. Cada palabra de Ethan era un recordatorio de por qué lo odiaba. Dentro de la oficina enorme, Ethan cerró la puerta y la presionó contra ella. —Quítate las bragas —ordenó con voz ronca. —¿Aquí? —preguntó ella, incrédula. —Aquí. Ahora. Isabella dudó solo un segundo. Sabía que resistirse solo prolongaría el juego. Se levantó el vestido y se bajó la delicada ropa interior de encaje, dejándola caer al suelo. Ethan sonrió con satisfacción oscura. La levantó en brazos y la sentó sobre el escritorio de caoba. Separó sus piernas y se colocó entre ellas. —Buena chica —murmuró, desabrochándose el pantalón—. Hoy vas a trabajar conmigo. Y cada vez que alguien entre a esta oficina, vas a recordar que estás llena de mí. La penetró de un solo empujón profundo. Isabella ahogó un grito, clavando las uñas en sus hombros. Ethan empezó a moverse con ritmo duro y posesivo, sujetándole las caderas para controlarla por completo. —Tan apretada… tan mía —gruñó contra su cuello. Isabella mordió su hombro para no gemir en voz alta. El placer era intenso, casi doloroso. Cada embestida la llevaba más cerca del borde. Ethan la besó para silenciar sus gemidos, tragándose cada sonido mientras la follaba sobre el escritorio como si fuera su derecho absoluto. Cuando el orgasmo la golpeó, Isabella se estremeció violentamente alrededor de él. Ethan la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un gruñido bajo. Se quedaron unidos unos segundos, respirando agitados. Luego Ethan se apartó, se arregló la ropa y le tendió un pañuelo de seda. —Límpiate —dijo con frialdad—. La reunión empieza en diez minutos. Y quiero que sientas mi semen corriendo por tus piernas mientras hablas con mis socios. Isabella lo miró con lágrimas de rabia y placer en los ojos. —Eres un bastardo enfermo. Ethan se inclinó y le dio un beso suave en los labios, casi tierno. —Lo sé. Pero soy tu bastardo enfermo ahora. La reunión fue una tortura lenta. Isabella se sentó al lado de Ethan en la larga mesa de conferencias, con las piernas cruzadas y la sensación húmeda y caliente de él todavía entre sus muslos. Cada vez que se movía, sentía el recordatorio de lo que habían hecho. Ethan hablaba de negocios con voz fría y autoritaria, pero su mano bajo la mesa descansaba en su muslo, subiendo lentamente por debajo del vestido. Cuando uno de los inversores le hizo una pregunta directa a Isabella sobre su “repentina” aparición como esposa, Ethan apretó su muslo con fuerza. —Mi esposa prefiere mantenerse al margen de los detalles —respondió él por ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Isabella sonrió forzadamente, pero por dentro ardía. Al final de la reunión, cuando todos salieron, Ethan la miró con ojos oscuros. —Esta noche —dijo en voz baja— voy a atarte a la cama y voy a hacer que me supliques que te deje correrte. Y vas a suplicar… porque ya no sabes vivir sin esto. Isabella lo miró fijamente, con el corazón latiendo desbocado. Y por primera vez, tuvo miedo real. No de Ethan. Sino de sí misma. De cuánto estaba empezando a necesitar el fuego que él encendía en ella.






