Mundo ficciónIniciar sesiónTras seis años de un exilio autoimpuesto en Europa, Emma Soler regresa al país tomada de la mano de Jacob Vidal, su prometido y el hombre que la ayudó a reconstruir su vida. Su gran debut social ocurre durante la glamorosa gala de aniversario de Corporación , la empresa de la cual ella tiene la mitad de las acciones. Emma cree estar lista para enfrentar el futuro, pero no se imagina que la fiesta está a punto de convertirse en una jaula de secretos listos para estallar. Al cruzar las puertas del salón, el mundo de Emma se detiene de golpe: el director ejecutivo y figura central del evento es Oliver Rossi, su exesposo. El hombre al que amó con locura y del que huyó tras un divorcio devastador resulta ser el medio hermano de su actual prometido.
Leer máscapítulo 1: El comienzo de Todo.
Emma ha huido de aquel hombre durante seis años. Aunque ahora vive en Europa y ha construido su propia carrera, las sombras del pasado todavía la persiguen de vez en cuando, haciéndola sentir inquieta.
—Oye, mírame —le pidió con suavidad Jacob—. Estás teniendo un ataque de pánico. No importa lo que haya pasado antes. Ahora eres una mujer nueva. Esta noche es el momento de que todos vean lo radiante y hermosa que eres. El pasado quedó atrás. "El pasado nunca se queda atrás", pensó Emma, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta. "El pasado camina a nuestro lado, esperando el momento exacto para hacernos tropezar". Pero no lo dijo. No quería preocupar a Jacob, no quería parecer la mujer débil que él había conocido en los cafés de París, llorando por un amor maldito que casi la destruye. —¿Quieres un vaso de agua? —preguntó Jacob, apartándole un mechón de cabello del rostro—. Tu piel está helada. Quédate aquí un momento, iré a pedírselo al servicio de habitaciones antes de que bajemos al salón. Necesitas calmarte. —No, no te vayas —suplicó ella, aferrándose a la solapa de su esmoquin—. Solo... solo dame un minuto. Manténme sujeta. Jacob la abrazó, envolviéndola en su aroma a madera y seguridad. Emma cerró los ojos, forzándose a respirar al ritmo del pecho de su prometido. Intentó convencerse de que estaba a salvo. Jacob la amaba. Se iban a casar. El hombre que la había lastimado ya no formaba parte de su mapa. Esta noche era sobre Corporación, sobre sus acciones, sobre su futuro. Tras unos minutos de silencio, Emma se apartó lentamente, forzando una respiración profunda. —Estoy lista —mintió, enderezando la espalda—. Bajemos. El salón de baile del hotel era un derroche de oro, cristal y música de cámara. Cientos de personas vestidas de etiqueta conversaban con copas de champán en la mano bajo las inmensas lámparas de araña. Cuando las puertas se abrieron para anunciar la llegada de Emma Soler y Jacob Vidal, un murmullo recorrió el lugar. La heredera ausente había regresado. Emma caminaba con la cabeza alta, su mano apoyada firmemente en el brazo de Jacob. Sonreía mecánicamente a los rostros conocidos que se acercaban a saludarla, hombres de negocios que recordaban a su padre, mujeres de la alta sociedad que intentaban descifrar el misterio de su larga ausencia. Jacob respondía con carisma y soltura, presentándose como su prometido y manejando la atención con la destreza de un hombre acostumbrado a los círculos de poder. Sin embargo, a pesar de la fachada perfecta, el nerviosismo de Emma iba en aumento. El aire en el salón se sentía denso, casi cargado de electricidad estática. Sentía una extraña vibración en la boca del estómago, un presentimiento oscuro que se negaba a abandonarla. Sus ojos escudriñaban el lugar de manera inconsciente, buscando algo que no quería encontrar. —Buenas noches, Jacob. Veo que finalmente has llegado. La voz resonó a sus espaldas. Era una voz profunda, rica en matices, con una cadencia arrastrada que Emma habría reconocido aunque hubieran pasado cien años, aunque se encontrara en el rincón más remoto del planeta. El mundo entero pareció congelarse en ese microsegundo. El tintineo de las copas de cristal desapareció, la música de la orquesta se extinguió en sus oídos y el aire se volvió de plomo en sus pulmones. Emma sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Toda la sangre se retiró de su rostro de golpe, dejándola lívida, fría como el mármol. Jacob, ajeno por completo al cataclismo interno de su prometida, sonrió de par en par y se giró con entusiasmo, arrastrando suavemente a Emma consigo. —¡Oliver! —exclamó Jacob, extendiendo la mano libre para estrechar la del recién llegado—. Qué gusto verte. Te estuvimos buscando desde que entramos, pero este lugar es un mar de gente. Emma se vio obligada a girarse. Y allí estaba él. Oliver Rossi. Estaba impecable, vistiendo un traje hecho a medida que acentuaba su imponente estatura y la rigidez de sus hombros. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás y sus ojos grises, tormentosos y penetrantes, estaban fijos directamente en ella. No había sorpresa en su mirada; había una intensidad calculadora, una chispa de fuego helado que quemó a Emma hasta la médula. El hombre del que había huido al otro lado del océano, el causante de sus noches en vela y de su exilio emocional, estaba parado a menos de un metro de distancia. Oliver ignoró por un segundo la mano extendida de Jacob, manteniendo sus ojos clavados en los de Emma, viendo cómo el pánico absoluto se reflejaba en las pupilas de la mujer. —Vaya... —murmuró Oliver, con una sonrisa apenas perceptible que no guardaba pizca de calidez—. Así que esta es la famosa Emma de la que tanto me has hablado, hermano. Emma sintió que el corazón le daba un vuelco tan violento que temió que se le saliera del pecho. Sus ojos viajaron frenéticamente de Oliver a Jacob, y luego de regreso a Oliver. La palabra resonó en su mente como un eco ensordecedor, destrozando la poca cordura que le quedaba. ¿Hermano? Jacob sonrió, rodeando la cintura de Emma con su brazo protector, completamente ajeno a la tensión eléctrica que amenazaba con hacer saltar el salón en pedazos. —Sí, Oliver. Te presento a Emma Soler, mi prometida. Emma, amor... él es Oliver, mi medio hermano. El Director Ejecutivo de tu empresa. La respiración de Emma se cortó por completo. El salón entero pareció dar vueltas a su alrededor mientras la mano de Oliver se extendía lentamente hacia ella, esperando un saludo, con una mirada cargada de secretos que prometían destruirlo todo.capítulo 140:La mesa del jardín y el festín del afecto el fin de esta historia. Hacia el mediodía, el jardín de la finca suiza era un auténtico paraíso terrenal. Una mesa de madera noble cubierta con un mantel de lino bordado a mano estaba servida bajo la sombra fresca de una glorieta cubierta de glicinas en flor. Vasos de cristal reflejaban los destellos del sol, mientras recipientes de porcelana exhibían frutas frescas recién cortadas, repostería artesanal, jarras de jugo de naranja y copas de champán para el brindis. Jacob y Valeria habían llegado temprano desde la casa de huéspedes. Valeria, quien llevaba un vestido holgado de seda celeste que marcaba apenas una curvatura incipiente en su vientre, permanecía sentada en una mecedora de mimbre, sonriendo con ternura mientras contemplaba el paisaje. Jacob estaba arrodillado a su lado en la hierba, hablándole directamente a la barriguita de su esposa con una devoción total. —Escucha bien, pequeño o pequeña Rossi —decía Jacob en ton
capítulo 139: El edén de las rosas y el abrazo infinito. El sol del pleno verano alpino despuntaba sobre las cumbres nevadas que rodeaban la finca de la familia Rossi en Ginebra, tiñendo el cielo de una gama exquisita de tonos melocotón, lavanda y dorado cálido. La brisa mañanera descendía de las montañas trayendo consigo el aroma fresco del pino, la tierra húmeda y la fragancia inconfundible de los miles de rosales en flor que adornaban los jardines privados de la residencia. En el interior del dormitorio principal, la luz dorada se filtraba a través de las cortinas de lino blanco, dibujando bordados de sombra sobre la enorme cama de roble. Emma abrió despacio los ojos, sintiendo una calidez reconfortante que la envolvía por completo. Apoyada sobre el pecho firme de Oliver, escuchaba el latido sereno y rítmico de su corazón, un compás que durante años había sido su refugio más seguro. Oliver la rodeaba con un brazo protector, sosteniéndola contra su cuerpo con una delicadeza infin
capítulo 138: El milagro de un solo día —Fueron los noventa días más oscuros de mi vida —dijo Jacob, interrumpiendo la pausa tensa—. Ver a Oliver destruirse en la mansión, convertido en un fantasma que no comía ni dormía, gastando millones en agencias de inteligencia que no encontraban pistas... Todo estaba roto. La empresa se desmoronaba, la prensa nos despedazaba y la familia Rossi parecía destinada a la extinción más miserable. La vida nos había golpeado hasta dejarnos en el suelo, desangrándonos por las culpas del pasado. El silencio volvió a instalarse en la estancia, pero esta vez no era un silencio pesado. Era el prefacio de la gran verdad que los tres compartían. —Y de repente... todo se arregló —dijo Emma, con una sonrisa dulce y misteriosa apareciendo en sus labios—. En cuestión de veinticuatro horas, el destino dio un giro tan radical que aún hoy parece una obra de la providencia. —De un día para otro —asintió Jacob, dejando escapar una risa llena de incredulidad y aliv
capítulo 137: La sombra de los patriarcas. La noche en la residencia de verano de los Rossi no traía consigo únicamente el sonido constante de las olas rompiendo contra la orilla; traía también el peso de la memoria. En la gran biblioteca de la casa de la playa, donde las paredes de madera noble conservaban el aroma añejo del papel viejo, el tabaco seco y la sal, Oliver y Jacob permanecían sentados frente a la chimenea apagada. Afuera, la luna llena proyectaba una luz de plata sobre la terraza vacía. Emma caminaba despacio por el corredor del segundo piso acunando a Noah, mientras Valeria, en la estancia contigua, le leía un cuento a la pequeña Luna antes de dormir. La tranquilidad que respiraba la casa era tan profunda que, por momentos, resultaba casi irreal para los dos hermanos Rossi. Oliver sostenía entre sus dedos una copa de cristal con whisky añejo, observando el líquido dorado mecerse al compás de su mano. Su rostro, iluminado por la luz tenue de una lámpara de pie, mos
Último capítulo