La Guerra Silenciosa

Los siguientes seis meses fueron una guerra lenta, dolorosa y silenciosa.

Rafael Voss comenzó a visitar la mansión Blackwood casi todas las noches. Llegaba entre las once y las doce, se quedaba entre cuarenta minutos y dos horas, y luego desaparecía en la oscuridad como un fantasma. Nunca entraba a la casa principal. Siempre se quedaba en el invernadero o en el viejo roble del jardín.

Su relación con Sophia Isabella era extraña, intensa y profundamente complicada.

A veces hablaban durante horas. Otras veces se quedaban en completo silencio. Algunas noches Rafael llegaba furioso, lleno de rabia contenida, y descargaba toda su frustración contra ella. Sophia Isabella lo escuchaba sin interrumpirlo, con una paciencia que parecía imposible para una niña de once años.

Una noche de invierno particularmente fría, Rafael llegó más destrozado que nunca.

Tenía moretones en el rostro y caminaba con dificultad. Cuando Sophia Isabella lo vio, se levantó del banco inmediatamente.

—¿Qué te pasó?

Rafael se dejó caer sentado contra el tronco del viejo roble, respirando con dificultad.

—Mi madre descubrió que sigo viniendo —dijo con voz ronca—. Me esperó despierta. Tuvimos una pelea terrible. Me dijo que si seguía viéndote, me iba a enviar a un internado militar en Alemania. Que prefería perderme de vista antes que verme convertido en “otro traidor Blackwood”.

Sophia Isabella se arrodilló frente a él y tocó suavemente el moretón que tenía en el pómulo. Rafael se apartó bruscamente.

—No me toques —gruñó.

Ella no se movió.

—¿Te pegó?

Rafael soltó una risa amarga.

—No. Fue mi tío. El hermano de mi madre. Dice que estoy deshonrando el apellido Voss. Que soy una vergüenza para mi abuelo.

Sophia Isabella se quedó en silencio varios segundos. Luego, con una voz demasiado calmada para su edad, preguntó:

—¿Quieres que paremos?

Rafael levantó la mirada bruscamente. Sus ojos estaban llenos de furia y dolor.

—¿Qué?

—Si esto te está destruyendo… si tu familia te está haciendo daño por mi culpa… podemos parar. Puedes dejar de venir. Yo… lo voy a entender.

Rafael la miró como si lo hubiera golpeado.

—¿Estás hablando en serio?

Sophia Isabella asintió, aunque sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

—No quiero que sufras por mí. Ya perdiste a tu abuelo. Ahora estás perdiendo a tu madre. No quiero que me odies dentro de unos años por todo lo que estás perdiendo.

Rafael se quedó mirándola durante un largo rato. Luego, lentamente, se acercó y tomó el rostro de Sophia Isabella entre sus manos. Sus dedos temblaban.

—Escúchame bien —dijo con voz baja pero intensa—. Prefiero perder a toda mi familia antes que perderte a ti. ¿Me entiendes? Prefiero que me odien, que me golpeen, que me envíen al otro lado del mundo… antes que dejar de verte.

Una lágrima escapó de los ojos de Sophia Isabella.

—Pero duele verte así —susurró.

—Entonces duele juntos —respondió él—. Ese es el trato. Tú ardes, yo ardo. Tú lloras, yo lloro. Pero no nos rendimos.

En ese momento, Rafael hizo algo que nunca había hecho antes.

Se inclinó lentamente y besó la mejilla de Sophia Isabella. Fue un beso suave, tembloroso, lleno de miedo y cariño. Cuando se apartó, ambos estaban respirando con dificultad.

—No sé qué es esto —confesó Rafael en voz muy baja—. Solo sé que no puedo vivir sin verte. Aunque seas una niña. Aunque esto esté mal. Aunque el mundo entero esté en contra nuestra.

Sophia Isabella tocó su propia mejilla donde él la había besado.

—Un día —dijo ella—, cuando yo tenga diecisiete y tú veinte… voy a recordarte este momento. Y vas a tener que decidir si sigues queriendo quedarte.

Rafael sonrió con tristeza.

—Ese día voy a besarte como se debe. No en la mejilla. Y no voy a pedir permiso.

Las luces del invernadero brillaron con más fuerza, como si aprobaran sus palabras.

Los meses siguientes fueron aún más difíciles.

La madre de Rafael contrató a un detective privado para seguirlo. Descubrieron que iba a la mansión Blackwood casi todas las noches. La situación en su casa se volvió insostenible. Lo castigaban constantemente, le quitaron todos sus privilegios, y su madre comenzó a hablar de enviarlo a un internado en el extranjero de forma definitiva.

Rafael soportaba todo en silencio.

Pero una noche llegó al límite.

Apareció en el invernadero pasadas las dos de la mañana, completamente destrozado. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y temblaba como una hoja.

—Se acabó —dijo nada más entrar—. Mi madre compró los boletos. Me voy en tres días a un internado en Suiza. No voy a poder volver en al menos dos años.

Sophia Isabella sintió que el mundo se le venía encima.

Se quedó paralizada, con una rosa negra apretada en su puño hasta que las espinas le sacaron sangre.

—¿Tres días? —preguntó con voz rota.

Rafael asintió, con lágrimas corriendo por su rostro.

—Vine a despedirme.

Sophia Isabella negó con la cabeza lentamente.

—No… no puedes irte. Si te vas, el fuego va a…

—¡No me importa el fuego! —gritó Rafael, perdiendo el control—. ¡Solo tengo catorce años! ¡No puedo seguir luchando contra mi familia! ¡No puedo seguir viéndote sufrir por mi culpa!

Se acercó a ella y la abrazó con fuerza, levantándola del suelo. Sophia Isabella enterró el rostro en su cuello y lloró como nunca antes lo había hecho.

—No te vayas —suplicó entre sollozos—. Por favor… no te vayas.

Rafael lloraba también, abrazándola como si quisiera fundirse con ella.

—No tengo opción —susurró con la voz quebrada—. Mi madre ya firmó los papeles. Si no voy, me va a demandar por emancipación y va a intentar quitarle la mansión a tu familia. Dice que tiene documentos antiguos que pueden usar en tu contra.

Sophia Isabella se separó lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—Entonces vete —dijo, aunque cada palabra le dolía como fuego—. Pero prométeme algo.

—Lo que sea.

—Cuando regreses… aunque hayan pasado dos años… aunque ya no sientas lo mismo… regresa a este invernadero. Solo una vez. Déjame verte una última vez.

Rafael apoyó su frente contra la de ella.

—Te lo prometo —susurró—. Volveré. Aunque tenga que escaparme del otro lado del mundo. Volveré a ti.

Se quedaron abrazados durante casi una hora, llorando en silencio bajo las luces rojas del invernadero.

Antes de irse, Rafael tomó una rosa negra del suelo y se la entregó a Sophia Isabella.

—Guárdala para mí —dijo—. Cuando vuelva, quiero verla convertida en dorada.

Sophia Isabella asintió, incapaz de hablar.

Rafael se inclinó y besó su frente una última vez.

—Espérame, Sophia Isabella Blackwood-Voss —susurró contra su piel—. Aunque tarde años… espérame.

Luego se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad.

Sophia Isabella se quedó sola en el invernadero, abrazada a la rosa negra, llorando hasta que no le quedaron lágrimas.

Las luces se apagaron lentamente hasta dejar el lugar en completa oscuridad.

Solo entonces, la niña de once años se permitió romperse por completo.

Cayó de rodillas en el suelo y gritó de dolor.

Un grito que resonó en toda la mansión Blackwood.

Un grito que marcó el verdadero comienzo de su historia con el fuego.

Porque ahora entendía lo que todas las mujeres de su familia habían entendido antes que ella:

El fuego no solo quemaba.

A veces también arrancaba.

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