Mundo ficciónIniciar sesiónIsabella se quedó despierta mucho tiempo después de que Ethan se durmiera.
La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por el resplandor naranja de la chimenea. El cuerpo grande y caliente de Ethan yacía a su lado, ocupando la mayor parte de la cama king size. Respiraba de forma profunda y regular, pero ella sabía que no estaba completamente vulnerable. Un hombre como él nunca bajaba la guardia del todo. El vestido rojo que había llevado durante la cena ahora estaba tirado en el suelo, reemplazado por un camisón de seda negra que alguien había dejado preparado sobre la cama. La tela era tan fina que casi se transparentaba. Isabella se sentía expuesta, vulnerable… y furiosa consigo misma. Cada vez que cerraba los ojos, revivía los últimos minutos: las manos de Ethan subiendo por sus muslos, su boca devorando su cuello, el peso de su cuerpo presionándola contra el colchón. Había estado tan cerca… tan peligrosamente cerca de suplicar. Y lo peor era que una parte traicionera de ella había querido que no se detuviera. Se giró con cuidado, intentando alejarse lo más posible hacia el borde de la cama. Pero incluso en sueños, Ethan parecía reclamar espacio. Su brazo se movió y cayó pesadamente sobre su cintura, atrayéndola hacia su pecho como si fuera lo más natural del mundo. Isabella se tensó. El calor de su piel desnuda contra la seda del camisón era insoportable. Podía sentir cada músculo de su torso, las cicatrices irregulares que recorrían su costado izquierdo, el latido fuerte y constante de su corazón contra su espalda. —Duerme —murmuró él de pronto, con voz ronca y somnolienta, sin abrir los ojos. —No puedo dormir con el diablo abrazándome —susurró ella. Ethan soltó una risa baja que vibró contra su nuca. —Entonces acostúmbrate al infierno, esposa. Sus dedos se movieron perezosamente sobre su vientre, trazando círculos lentos a través de la seda. No era un toque sexual directo, pero era posesivo. Marcando territorio. Isabella apretó los dientes y trató de ignorar cómo su cuerpo respondía: la piel se le erizaba, el pulso se le aceleraba y un calor traicionero se acumulaba entre sus piernas. Pasaron los minutos. Horas, tal vez. Isabella no sabía cuánto tiempo había transcurrido cuando sintió que Ethan se despertaba por completo. Su respiración cambió. El brazo que la sujetaba se tensó y, de pronto, la giró sobre su espalda con facilidad, colocándose encima de ella. La luz de la chimenea iluminaba su rostro desde un lado, haciendo que sus ojos grises parecieran plata líquida. Estaba sin camisa, solo con los pantalones del pijama bajos en las caderas. Su cuerpo era una obra de arte peligrosa: hombros anchos, abdominales marcados y esa V profunda que desaparecía bajo la tela. —¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Isabella, intentando sonar firme, pero su voz salió entrecortada. Ethan bajó la cabeza hasta que sus labios rozaron los de ella. —Cobrar la primera cuota de nuestro contrato —respondió con voz grave—. Anoche solo te di un adelanto. Esta mañana… quiero más. Antes de que pudiera protestar, la besó. Fue un beso lento, deliberado, casi perezoso. Sus labios se movieron contra los de ella con maestría, mordiendo suavemente, succionando, explorando. Isabella intentó mantenerse rígida, pero su cuerpo la traicionó una vez más. Sus manos subieron hasta los hombros de él, clavando las uñas en su piel. Ethan sonrió contra su boca. —Así me gusta… luchando y perdiendo al mismo tiempo. Su mano bajó por el costado de su cuerpo, deslizándose bajo el camisón de seda. Rozó la piel desnuda de su muslo, subió lentamente hasta la cadera y se detuvo justo debajo de su pecho. Isabella contuvo la respiración. —No… —susurró ella, aunque sus caderas se arquearon ligeramente hacia él. —Sí —respondió Ethan con crueldad suave—. Tu cuerpo ya lo está diciendo. Sus dedos continuaron su camino ascendente, rozando la curva inferior de su pecho. Isabella jadeó cuando su pulgar pasó por encima de su pezón endurecido. El placer fue instantáneo y vergonzoso. Ethan repitió el movimiento, observando su rostro con atención depredadora. —Mírate —murmuró—. Tan llena de odio… y tan húmeda por mí. Isabella cerró los ojos con fuerza, avergonzada. —Te odio —repitió como un mantra. —Repítelo cuantas veces quieras —dijo él, bajando la cabeza para besar su cuello—. Mientras tu cuerpo me ruegue lo contrario. Ethan apartó el camisón con un movimiento fluido, dejando sus pechos expuestos al aire fresco de la habitación. Bajó la boca y capturó un pezón entre sus labios, succionando con fuerza mientras su mano se ocupaba del otro. Isabella arqueó la espalda, un gemido ahogado escapando de su garganta antes de que pudiera contenerlo. El placer era intenso, casi doloroso. Cada lamida, cada mordisco suave enviaba descargas directas a su centro. Ethan alternaba entre un pecho y el otro, dedicando el mismo tiempo tortuoso a ambos. Su mano libre bajó por su vientre, deslizándose entre sus piernas. Cuando sus dedos rozaron la tela húmeda de su ropa interior, Isabella se tensó. —Ethan… —suplicó, sin saber si le pedía que parara o que continuara. Él levantó la cabeza, mirándola con ojos oscuros de deseo. —Dime que pares y lo haré —dijo con voz ronca—. Pero ambos sabemos que no quieres eso. Isabella abrió la boca para mentirle, pero las palabras no salieron. En su lugar, un gemido escapó cuando Ethan apartó la tela y deslizó un dedo entre sus pliegues húmedos. —Tan mojada… —gruñó él con satisfacción—. Tu odio es delicioso, Isabella. Movió el dedo con lentitud experta, rodeando su clítoris hinchado sin tocarlo directamente, torturándola. Isabella apretó las sábanas con los puños, luchando contra las olas de placer que la invadían. Su respiración se volvió entrecortada, sus caderas se movían por voluntad propia buscando más fricción. Ethan añadió un segundo dedo, penetrándola lentamente mientras su pulgar finalmente presionaba su punto más sensible. El ritmo era cruelmente lento, llevándola al borde una y otra vez sin dejarla caer. —Por favor… —susurró ella sin poder evitarlo. —Por favor, ¿qué? —preguntó él, mordiendo suavemente su cuello—. Dime qué quieres, esposa. Isabella negó con la cabeza, lágrimas de frustración y placer acumulándose en sus ojos. —No… no puedo. Ethan se detuvo por completo. Sacó los dedos y se apartó ligeramente, mirándola con una sonrisa fría y triunfante. —Entonces no te correrás esta mañana. Se levantó de la cama, dejando a Isabella jadeante, frustrada y con el cuerpo ardiendo de necesidad insatisfecha. Se puso una camisa negra y la miró desde arriba. —Levántate. Desayunaremos juntos. Después tienes que acompañarme a una reunión. Quiero que el mundo vea a mi nueva esposa. Isabella se incorporó, cubriéndose con el camisón. La humillación le quemaba las mejillas. —Eres un hijo de puta —escupió. Ethan se inclinó y le dio un beso rápido y posesivo en los labios. —Lo sé. Y tú eres mi esposa. Acostúmbrate. Salió de la habitación sin mirar atrás, dejando la puerta abierta. Isabella se quedó sentada en la cama, respirando agitada, con el cuerpo todavía palpitando de deseo no liberado. Se tocó los labios hinchados y cerró los ojos. El odio seguía allí, más fuerte que nunca. Pero ahora estaba mezclado con algo mucho más peligroso: un deseo oscuro, adictivo y prohibido que crecía con cada toque, con cada palabra, con cada mirada de Ethan Blackwood. Y ella no sabía cuánto tiempo más podría resistirse antes de romperse… o antes de caer voluntariamente en el fuego que él estaba encendiendo.






