Mundo ficciónIniciar sesiónEl auto negro blindado atravesó las altas rejas de hierro forjado poco después de las cinco de la tarde. Isabella miró por la ventanilla tintada mientras la Mansión Blackwood aparecía ante sus ojos como un castillo moderno salido de una pesadilla. Era enorme, imponente, construida en piedra oscura y vidrio. Torres elegantes se elevaban hacia el cielo gris, y los jardines perfectamente cuidados contrastaban con la sensación de prisión que emanaba de cada esquina.
Dos guardias armados custodiaban la entrada principal. Cuando el vehículo se detuvo, uno de ellos abrió la puerta y le ofreció la mano. Isabella la ignoró y bajó sola, apretando su pequeño bolso contra el pecho. El aire frío de la tarde le erizó la piel bajo el vestido negro. —Bienvenida a su nuevo hogar, señora Blackwood —dijo el chofer con tono neutro, casi burlón. Isabella sintió un escalofrío recorrerle la espalda al escuchar ese apellido. Ya no era Morgan. Legalmente, desde esa misma mañana, era Isabella Blackwood. La esposa del hombre que más odiaba en el mundo. La llevaron directamente al interior. El vestíbulo era majestuoso: pisos de mármol negro, una escalera curva que subía al segundo piso y una lámpara de cristal que colgaba del techo como una cascada de luz. Todo gritaba riqueza y poder absoluto. Una mujer mayor de uniforme gris se acercó con expresión profesional. —Señora, soy la señora Elena, el ama de llaves. El señor Blackwood llegará en una hora. Le mostraré sus habitaciones. Isabella la siguió en silencio por el pasillo del ala este. La suite que le asignaron era ridículamente lujosa: una sala privada, un vestidor más grande que su antiguo apartamento y un dormitorio principal con cama king size vestida en tonos negro y plata. Las ventanas daban a los jardines traseros, rodeados de altos muros y cámaras de seguridad. —Sus cosas ya fueron traídas —dijo Elena, señalando el armario—. El señor Blackwood ha elegido su ropa para la cena de esta noche. La esperará en el comedor principal a las ocho en punto. No se retrase. Cuando la mujer salió y cerró la puerta, Isabella se dejó caer en la cama. Por fin sola. Tocó las sábanas suaves y miró el techo alto. Todo era perfecto, impecable… y completamente vacío de libertad. Se levantó y abrió el armario. Colgados con precisión militar había vestidos de diseñador, lencería fina de encaje negro y rojo, y zapatos de tacón que costaban más que lo que ella ganaba en un mes antes de perderlo todo. En el centro colgaba el vestido elegido para esa noche: rojo sangre, largo hasta el suelo, con escote profundo en la espalda y mangas largas transparentes. Sexy, pero elegante. Controlado. Isabella lo tocó con dedos temblorosos. Era hermoso. Y le recordaba exactamente su posición: un adorno para el rey del imperio criminal. Se duchó rápidamente, dejando que el agua caliente intentara llevarse la tensión de su cuerpo. Pero no funcionó. Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Ethan: esos ojos grises fríos, la sonrisa cruel, el beso posesivo que le había robado en el salón esa mañana. Todavía sentía el sabor de él en los labios. A las ocho menos diez bajó al comedor. El vestido rojo se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, marcando sus curvas y dejando su espalda completamente expuesta. El cabello oscuro lo llevaba suelto en ondas suaves, tal como alguien había dejado indicado en una nota junto al espejo. Ethan ya estaba allí. Estaba de pie junto a la mesa larga, sirviéndose una copa de vino tinto. Llevaba una camisa negra con los primeros botones desabrochados y pantalones oscuros. El cabello ligeramente húmedo, como si acabara de ducharse. Cuando la vio entrar, su mirada la recorrió lentamente, deteniéndose en el escote, en la curva de sus caderas y en la piel desnuda de su espalda. —Rojo te queda bien —dijo con voz grave, sin apartar los ojos de ella—. Aunque preferiría verte sin nada. Isabella apretó los dientes y se acercó a la mesa. —No estoy aquí para complacer tus fantasías. Ethan soltó una risa baja y le retiró la silla con falsa galantería. —Siéntate, esposa. La cena está servida. La mesa estaba impecable: velas encendidas, platos de porcelana fina y comida que olía deliciosa. Filete jugoso, ensalada gourmet, vino caro. Isabella se sentó rígida, con la espalda recta. Comieron en silencio durante los primeros minutos. Solo se escuchaba el tintineo de los cubiertos y el crepitar de las velas. Isabella apenas probaba bocado; tenía el estómago cerrado. Ethan la observaba como un halcón. —Come —ordenó finalmente—. No quiero que te desmayes la primera noche. Necesitarás fuerzas. Ella levantó la mirada, desafiante. —¿Para qué? ¿Para que me obligues a cumplir tus “obligaciones conyugales”? Ethan dejó el tenedor con lentitud y se inclinó hacia adelante. La luz de las velas iluminaba su rostro, haciendo que sus ojos grises parecieran más oscuros. —Exacto. Esta noche empezarás a pagar el precio, Isabella. No voy a forzarte a nada que tu cuerpo no desee… pero te aseguro que lo desearás. Mucho. Isabella sintió que el calor subía por su cuello. Odiaba cómo su voz ronca le afectaba. Odiaba cómo su cuerpo traicionero respondía a su cercanía. —No soy una de tus putas —susurró. —No —admitió él, sonriendo con crueldad—. Eres mi esposa. Eso es mucho peor… para ti. Terminaron la cena en tensión. Cuando los platos fueron retirados, Ethan se levantó y extendió la mano. —Ven. Te mostraré el resto de tu nueva jaula. Isabella dudó, pero tomó su mano. El contacto fue eléctrico. Los dedos de él eran fuertes, cálidos, y la sujetaron con posesividad. La llevó por los pasillos de la mansión, mostrándole salas de reuniones, una biblioteca enorme llena de libros antiguos y una sala de cine privada. En cada habitación, su mano permanecía en la parte baja de su espalda desnuda, rozando la piel con el pulgar en círculos lentos y deliberados. Finalmente, la llevó al ala principal. Su habitación. Era aún más grande que la de ella. Una cama enorme con dosel oscuro dominaba el espacio. Paredes grises, muebles minimalistas y una chimenea encendida que proyectaba sombras danzantes. Ethan cerró la puerta tras ellos con un clic suave pero definitivo. Isabella se tensó. —¿Qué estamos haciendo aquí? Él se acercó por detrás, rodeándola con los brazos. Su pecho duro presionó contra su espalda desnuda. Bajó la cabeza y rozó con los labios la curva de su cuello. —Cumpliendo el contrato —murmuró contra su piel—. Esta noche vas a dormir en mi cama, Isabella. Y vas a aprender lo que significa pertenecer a Ethan Blackwood. Ella intentó apartarse, pero él la sujetó con firmeza, una mano en su cintura y la otra subiendo lentamente por su brazo. —No voy a violarte —dijo él con voz ronca, como si leyera sus pensamientos—. Pero voy a tocarte. Voy a besarte. Y voy a hacer que admitas, aunque sea solo con tu cuerpo, que me deseas tanto como me odias. Sus labios bajaron por su cuello, dejando un rastro de besos calientes. Isabella cerró los ojos con fuerza, luchando contra las sensaciones. Su piel ardía donde él la tocaba. Un gemido ahogado escapó de sus labios cuando Ethan mordió suavemente su hombro. —Detente… —susurró, pero sonó más como una súplica. Ethan la giró entre sus brazos y la miró directamente a los ojos. Su expresión era oscura, posesiva, hambrienta. —No. Esta noche no. La besó de nuevo, más profundo que por la mañana. Sus manos bajaron por su espalda desnuda, presionándola contra su cuerpo. Isabella sintió la dureza de su excitación contra su vientre y, por un segundo aterrador, su propio cuerpo respondió con un calor líquido que se acumuló entre sus piernas. Ethan la levantó sin esfuerzo y la llevó hasta la cama. La depositó sobre las sábanas negras y se cernió sobre ella, apoyando las manos a ambos lados de su cabeza. —Dime que me odias —exigió con voz ronca. —Te odio —jadeó Isabella, pero sus manos se aferraron a su camisa. —Bien —sonrió él con triunfo salvaje—. Porque voy a hacer que ese odio se convierta en algo mucho más peligroso. Sus labios bajaron de nuevo, reclamándola. La mano de Ethan subió por su muslo, deslizándose bajo el vestido rojo, rozando la piel sensible. Isabella arqueó la espalda sin poder evitarlo. Justo cuando sus dedos estaban a punto de llegar al borde de su ropa interior, Ethan se detuvo. Se apartó ligeramente y la miró con ojos brillantes. —Todavía no —dijo con crueldad—. Esta noche solo vas a sentir. Mañana… mañana te haré rogar. Se levantó de la cama, dejándola jadeante y frustrada sobre las sábanas. Se quitó la camisa lentamente, revelando un torso musculoso marcado por cicatrices antiguas, y se metió en la cama a su lado. —Duerme, esposa. Mañana empieza de verdad tu infierno. Isabella se quedó mirando el techo, con el cuerpo ardiendo y el corazón latiendo desbocado. El odio seguía allí, más fuerte que nunca. Pero ahora, mezclado con un deseo oscuro y prohibido que crecía con cada segundo que pasaba cerca de él. Y eso la aterrorizaba más que cualquier amenaza.






