Dos años.
Setecientos treinta días.
Sophia Isabella Blackwood-Voss los contó uno por uno.
El invernadero se convirtió en su santuario y su prisión. Todas las noches, sin importar si llovía, nevaba o la fiebre la consumía, bajaba al mismo banco a las once y diez en punto. Se sentaba con la espalda recta, colocaba la rosa negra que Rafael le había dado sobre su regazo y esperaba.
A veces esperaba hasta el amanecer.
La mansión entera lo sabía. Nadie le decía nada. Ni su madre Isabella Rose, ni su