Dos años.
Setecientos treinta días.
Sophia Isabella Blackwood-Voss los contó uno por uno.
El invernadero se convirtió en su santuario y su prisión. Todas las noches, sin importar si llovía, nevaba o la fiebre la consumía, bajaba al mismo banco a las once y diez en punto. Se sentaba con la espalda recta, colocaba la rosa negra que Rafael le había dado sobre su regazo y esperaba.
A veces esperaba hasta el amanecer.
La mansión entera lo sabía. Nadie le decía nada. Ni su madre Isabella Rose, ni su padre Damian, ni sus abuelos. Todos entendían que estaba ardiendo por dentro, y que ese fuego no se apagaba con palabras.
La marca sobre su corazón había cambiado. Ya no era solo una rosa roja. Ahora tenía una espina negra que atravesaba el centro, como si el fuego quisiera recordarle constantemente que su historia estaba llena de dolor.
Cumplió doce años. Luego trece. Y finalmente catorce.
A los catorce años, Sophia Isabella ya no parecía una niña. Su mirada se había vuelto profunda, casi adulta. Su voz había bajado un tono. Caminaba por los pasillos de la mansión con una elegancia silenciosa que recordaba a su bisabuela Isabella Morgan. El Retiro del Fuego ya la trataba como a una guardiana en formación.
Pero por dentro, seguía siendo la misma niña que se había arrodillado bajo la lluvia para abrazar a un chico roto.
Rafael nunca escribió. Nunca llamó. Nunca envió ningún mensaje.
El silencio era lo que más le dolía.
Una noche de invierno, exactamente dos años después de su despedida, Sophia Isabella bajó al invernadero como siempre. Se sentó en el banco, colocó la rosa negra —que aún no había cambiado ni un solo pétalo— sobre su regazo y cerró los ojos.
—Hoy hace exactamente dos años —susurró hacia el rosal antiguo—. Dijiste que volverías. Estoy aquí. Todavía te espero.
El rosal no respondió. Las luces permanecieron en un dorado tenue, casi triste.
Sophia Isabella sintió que algo se rompía dentro de ella.
Por primera vez en dos años, lloró de verdad. No fueron lágrimas silenciosas. Fue un llanto desgarrador, con sollozos que sacudían todo su cuerpo. Se abrazó a sí misma mientras lloraba, repitiendo una y otra vez las mismas palabras:
—Mentiroso… mentiroso… mentiroso…
Las luces del invernadero se apagaron por completo.
En la oscuridad total, Sophia Isabella tomó una decisión.
Se puso de pie, caminó hasta el rosal antiguo y colocó la rosa negra que Rafael le había dado entre sus raíces.
—Ya no voy a esperarte más —dijo con la voz rota pero firme—. Si el fuego te quiere aquí, que te traiga él mismo. Yo ya no puedo seguir quemándome por alguien que eligió no volver.
Cuando salió del invernadero esa noche, algo había cambiado en ella. La niña que esperaba todas las noches había muerto. En su lugar quedaba una joven guardiana con el corazón lleno de cenizas.
Los siguientes meses fueron de transformación.
Sophia Isabella comenzó a entrenar con su abuela Isabella de forma más intensa. Aprendió a controlar el fuego, a leer las rosas, a ayudar a las parejas que llegaban al Retiro. Se volvió excepcional. Fría. Distante. Hermosa de una forma casi peligrosa.
Su madre la observaba con preocupación.
—Estás apagando tu fuego, Sophia —le dijo una noche—. Lo estás enterrando.
—Estoy sobreviviendo, mamá —respondió ella sin mirarla—. Eso es lo que hacen las Blackwood, ¿no? Sobrevivir.
Damian intentaba hablar con ella, pero Sophia Isabella lo evitaba. Sabía que su padre veía demasiado. Veía el dolor que ella se esforzaba tanto en ocultar.
Un día de primavera, exactamente dos años y cuatro meses después de la partida de Rafael, ocurrió.
Sophia Isabella estaba atendiendo a una pareja en el invernadero cuando sintió que la marca sobre su corazón se encendía como nunca antes. El dolor fue tan intenso que cayó de rodillas.
La pareja se asustó, pero ella les pidió que se retiraran.
Cuando se quedó sola, la puerta del invernadero se abrió lentamente.
Rafael Voss entró.
Tenía dieciséis años ahora. Era más alto, más ancho de hombros. Su rostro había perdido la suavidad infantil. Tenía una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda y la mirada de alguien que había pasado por el infierno.
Se quedó parado en la entrada, mirando a Sophia Isabella arrodillada en el suelo.
Ella levantó la vista lentamente.
Durante casi un minuto ninguno de los dos habló.
Rafael fue el primero en romper el silencio.
—Volví —dijo con voz ronca.
Sophia Isabella se puso de pie con dificultad. Su expresión era completamente fría.
—Dos años y cuatro meses —respondió ella—. Te esperé durante setecientos noventa y cuatro días. Exactamente.
Rafael dio un paso hacia ella.
—Sophia…
—No —lo cortó ella con dureza—. No digas mi nombre como si tuvieras derecho.
El chico se detuvo. La marca en su muñeca brillaba con tanta fuerza que era visible incluso desde lejos.
—Mi madre me encerró —explicó con voz temblorosa—. Literalmente. Me tuvieron en ese internado bajo vigilancia constante. No me dejaban usar internet, ni teléfono, ni escribir cartas. Me quitaron todo. Cuando cumplí dieciséis, me escapé. Tardé cuatro meses en poder llegar hasta aquí.
Sophia Isabella lo miró con los ojos llenos de un dolor antiguo.
—¿Sabes cuántas noches me quedé aquí hasta el amanecer esperándote? —preguntó—. ¿Sabes cuántas veces me dormí llorando en este mismo banco?
Rafael dio otro paso.
—Todos los días pensaba en ti —dijo—. Todos. Sin excepción. Tu rostro fue lo único que me mantuvo cuerdo.
—Qué bonito —respondió ella con sarcasmo, aunque su voz temblaba—. Muy poético. Mientras tanto yo aprendí a dejar de sentir.
Rafael se acercó más. Ahora solo los separaban dos metros.
—Mentira —dijo él—. Si hubieras dejado de sentir, tu marca no estaría brillando como lo está ahora.
Sophia Isabella se miró el pecho. La marca brillaba con un rojo tan intenso que se transparentaba a través de su blusa negra.
Rafael extendió la mano lentamente.
—Déjame tocarla —pidió—. Solo una vez. Necesito saber si todavía…
—No —dijo ella, retrocediendo—. No tienes derecho. Te fuiste. Elegiste no volver durante más de dos años. Ahora yo elijo no quererte.
Rafael sonrió con tristeza.
—Sigues siendo terrible mintiendo.
En ese momento, las luces del invernadero se encendieron en un rojo violento. El rosal antiguo comenzó a sacudirse. De sus ramas cayó la misma rosa negra que Sophia Isabella había dejado entre sus raíces dos años atrás. La rosa flotó en el aire y se posó directamente en las manos de Rafael.
Él la miró y luego miró a Sophia Isabella.
—Parece que el fuego no está de acuerdo contigo —dijo en voz baja.
Sophia Isabella sentía que su corazón estaba a punto de explotar. Quería correr hacia él. Quería golpearlo. Quería besarlo y odiarlo al mismo tiempo.
—Vete —susurró finalmente, con lágrimas comenzando a caer por sus mejillas—. Vuelve cuando hayas crecido un poco más. Cuando puedas elegir quedarte sin que tu familia te obligue. Cuando realmente estés dispuesto a arder conmigo.
Rafael apretó la rosa negra en su puño.
—Esta vez no me voy a ir —dijo con determinación—. Aunque tenga que dormir en la calle. Aunque mi familia me desherede. Aunque tú me odies todos los días… no me voy a ir otra vez.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.
Antes de cruzar la puerta, se detuvo y dijo sin volverse:
—Te seguí esperando también, Sophia Isabella. Cada noche. En ese internado frío, solo pensaba en volver a este invernadero. A ti.
Luego desapareció.
Sophia Isabella se derrumbó en el suelo, abrazándose a sí misma mientras lloraba con fuerza.
Las luces del invernadero se suavizaron lentamente hasta quedar en un dorado cálido.
Y por primera vez en más de dos años, la rosa negra que Rafael había dejado caer comenzó a mostrar un pequeño pétalo dorado en su centro.
El fuego no había terminado con ellos.
Solo había comenzado la parte más difícil.