Diez años después
El invernadero nunca había estado tan vivo.
Las luces doradas se filtraban entre las hojas como siempre, pero ahora se mezclaban con el eco de risas infantiles y el olor a tierra húmeda removida por pequeñas manos curiosas. Sophia Isabella, con veintisiete años, observaba desde la puerta principal cómo sus dos hijos jugaban entre los rosales. Vestía de negro, como era su costumbre, pero ahora llevaba una chaqueta ligera de Rafael sobre los hombros, impregnada de su aroma.
Elia