Para Siempre es un Fuego

El invernadero nunca había estado tan silencioso como aquella noche.

Sophia Isabella estaba sentada en el centro exacto del lugar, sobre la misma manta que sus padres usaban años atrás. Tenía diecisiete años recién cumplidos. Vestía completamente de negro, como siempre. Su cabello largo caía sobre sus hombros y la marca sobre su corazón brillaba con un rojo estable, constante, casi maduro.

Frente a ella, a menos de tres metros, estaba Rafael Voss.

Tenía diecinueve años. Ya no era el chico roto que llegaba empapado en mitad de la noche. Ahora era un hombre. Alto, de hombros anchos, mirada profunda y una cicatriz que cruzaba su ceja izquierda como recuerdo de todo lo que había tenido que romper para llegar hasta allí.

Habían pasado tres años desde su regreso.

Tres años de guerra, de lágrimas, de discusiones brutales, de silencios que dolían más que las palabras, de besos robados y de promesas hechas entre rosas negras.

Esta noche, sin la misma rosa negra que Sophia Isabella le había devuelto tres años embargo, no había gritos.

Solo silencio.

Rafael sostenía en sus manos atrás. Ahora, más de la mitad de sus pétalos eran dorados. Solo quedaban unos pocos negros en los bordes.

—Se está convirtiendo —dijo él en voz baja, mirando la flor.

Sophia Isabella no respondió. Solo lo observaba.

Rafael respiró profundo y continuó:

—Vine a pedirte algo que nunca te había pedido antes.

Ella levantó una ceja, esperando.

—Quiero que dejes de protegerme del fuego —dijo Rafael, mirándola directamente a los ojos—. Quiero que dejes de contenerme. Quiero que me quemes de verdad.

Sophia Isabella soltó una risa corta, casi amarga.

—¿Sabes lo que estás pidiendo?

—Lo sé —respondió él sin dudar—. Llevo tres años viéndote contenerte. Te he visto llorar sola cuando crees que nadie te ve. Te he visto morderte la lengua para no decirme todo lo que guardas. Ya no quiero esa versión cuidadosa de ti. Quiero a la verdadera Sophia Isabella Blackwood. Aunque me destruya.

La joven guardiana se puso de pie lentamente. Las luces del invernadero comenzaron a cambiar de dorado a rojo intenso.

—Entonces escúchame bien, Rafael Voss —dijo ella, y su voz sonó diferente, más grave, más antigua—. Te odié durante dos años y cuatro meses. Cada noche que no venías, te odié un poco más. Soñé con hacerte daño. Soñé con romperte como tú me rompiste a mí cuando te fuiste.

Dio un paso hacia él.

—Y cuando volviste… quise odiarte aún más. Pero ya no pude. Porque el fuego me mostró que tú también sufriste. Que te encerraron. Que te golpearon. Que lloraste mi nombre en la oscuridad de ese internado.

Otro paso.

—Así que aquí está la verdad completa: te amo tanto que me aterra. Y te odio tanto que a veces quiero prender fuego a este invernadero contigo dentro. Esas dos cosas viven dentro de mí todos los días. Y ya no quiero elegir solo una.

Rafael dejó la rosa sobre el banco y se acercó hasta quedar frente a ella. Solo unos centímetros los separaban.

—Entonces no elijas —susurró—. Quédate con las dos. Ámame y ódiame. Quémame y cúrame. Pero no me dejes fuera nunca más.

Sophia Isabella levantó la mano y tocó la cicatriz de su ceja con los dedos.

—Esta cicatriz… ¿fue por mi culpa?

Rafael negó con la cabeza.

—Fue por elegir quedarme. Y volvería a elegirla mil veces.

En ese instante, Sophia Isabella hizo algo que nunca había hecho en todos esos años.

Se puso de puntillas, tomó el rostro de Rafael entre sus manos y lo besó.

No fue un beso dulce. Fue un beso lleno de años de espera, de dolor, de rabia contenida y de amor desesperado. Rafael la abrazó con fuerza, levantándola del suelo como si no pesara nada, y le devolvió el beso con la misma intensidad.

Las luces del invernadero explotaron en un rojo cegador.

El rosal antiguo comenzó a sacudirse violentamente. Cientos de rosas —negras y doradas— comenzaron a caer sobre ellos como una tormenta. Algunas se desprendían todavía verdes y se volvían doradas en el aire antes de tocar el suelo.

Cuando finalmente se separaron, ambos estaban jadeando.

Sophia Isabella tenía lágrimas en los ojos.

—Hay algo que debo hacer —susurró.

Tomó la mano de Rafael y lo llevó hasta el rosal más antiguo, el mismo que había visto nacer y morir generaciones enteras de Blackwood.

—Arrodíllate —ordenó.

Rafael obedeció sin preguntar.

Sophia Isabella se arrodilló frente a él, tomó su muñeca izquierda —donde aún brillaba la marca negra— y la colocó contra el tronco del rosal antiguo. Luego puso su propia mano sobre la de él, entrelazando sus dedos.

—Repite después de mí —dijo con voz temblorosa pero firme.

Rafael asintió.

—Prometo quedarme aunque me quemes.

—Prometo quedarme aunque me quemes —repitió él.

—Prometo elegirte aunque te odie.

—Prometo elegirte aunque te odie.

—Prometo amarte incluso cuando el fuego me pida que te destruya.

Rafael repitió la última frase con lágrimas corriendo por sus mejillas.

En ese momento, una luz dorada intensa salió del rosal y envolvió sus manos unidas. La rosa que Rafael había dejado sobre el banco flotó hasta ellos y se posó sobre sus manos. Cuando la luz se apagó, la rosa estaba completamente dorada.

Sophia Isabella sonrió entre lágrimas.

—Bienvenido oficialmente a esta familia, Rafael Voss.

Rafael la miró con el corazón en los ojos.

—Te amo, Sophia Isabella Blackwood-Voss. Con todo lo bueno y todo lo malo que hay en mí. Te amo desde que tenía catorce años y una niña de once me miró como si pudiera ver mi alma.

Ella soltó una risa llorosa y lo besó nuevamente.

Cuando se separaron, las luces del invernadero habían vuelto al dorado más hermoso que jamás habían visto. El rosal antiguo soltó una última rosa, esta completamente negra por un lado y completamente dorada por el otro. Cayó justo entre ellos.

Sophia Isabella la tomó y se la entregó a Rafael.

—Esto somos nosotros —dijo—. Dos caras del mismo fuego.

Rafael la guardó con cuidado en el bolsillo de su chaqueta, cerca de su corazón.

—Para siempre —susurró.

—Para siempre —respondió ella.

Se abrazaron en el centro del invernadero mientras miles de pétalos dorados caían sobre ellos como una bendición.

A lo lejos, desde la ventana de la mansión, Isabella Rose, Damian, Isabella y Alexander observaban la escena en silencio. Isabella Rose tenía lágrimas en los ojos mientras apoyaba la cabeza en el hombro de su esposo.

—Lo lograron —susurró.

Damian besó su cabeza.

—No —corrigió con voz ronca—. Ellos apenas están comenzando.

Esa misma noche, mucho más tarde, cuando todos dormían, Sophia Isabella y Rafael se quedaron solos en el invernadero.

Se tumbaron en el suelo sobre la manta, mirando hacia el techo de cristal donde se veían las estrellas.

—¿Tienes miedo? —preguntó Rafael en voz baja.

—Todo el tiempo —admitió ella—. Pero ya no tengo miedo de tener miedo.

Rafael tomó su mano y entrelazó sus dedos.

—Entonces arderemos juntos.

Sophia Isabella giró la cabeza para mirarlo.

—Prométeme una cosa.

—Lo que sea.

—Cuando nuestros hijos pregunten cómo nos conocimos… cuéntales la verdad completa. Cuéntales que nos odiamos primero. Que lloramos mucho. Que nos rompimos varias veces. Y que aun así… elegimos quedarnos.

Rafael sonrió y la acercó más a él.

—Se lo contaré todo —prometió—. Les diré que el fuego no elige a los débiles. Elige a los que están dispuestos a arder por amor.

Sophia Isabella apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos.

—Para siempre —susurró una última vez.

—Para siempre —respondió Rafael, besando su coronilla.

Y mientras las luces del invernadero brillaban con una calidez eterna, el rosal antiguo soltó una última rosa dorada que cayó suavemente sobre sus cuerpos entrelazados.

El ciclo se había completado una vez más.

El veneno se había convertido en rosas.

El odio se había transformado en amor.

Y el fuego Blackwood, después de más de ciento setenta años, seguía ardiendo.

Más fuerte.

Más sabio.

Más vivo que nunca.

nota

Gracias por acompañarme en esta historia.

Desde Isabella Morgan y Ethan, hasta Sophia Isabella y Rafael, cada generación tuvo que aprender la misma lección: el amor verdadero no es el que no duele… es el que duele y aun así decide quedarse.

Esta novela no habla de un amor fácil. Habla de un amor que quema, que prueba, que rompe y que, a pesar de todo, elige reconstruirse una y otra vez. Porque eso es lo que hace el verdadero fuego: no destruye por destruir, transforma.

Espero que mientras leías, hayas sentido cada lágrima, cada rosa negra que caía, cada luz dorada que se encendía en la oscuridad. Espero que te haya quemado un poco el pecho, porque si lo hizo, entonces el fuego cumplió su propósito.

Y si algún día te encuentras en tu propia historia, enfrentando tu propio fuego, recuerda las palabras que han pasado de generación en generación dentro de estas páginas:

Quédate.

Aunque te duela.

Aunque tengas miedo.

Aunque creas que no vas a sobrevivir a tanto ardor.

Quédate.

Porque al final, cuando todo se calme y mires hacia atrás, entenderás lo mismo que entendieron Isabella, Sofía, Isabella Rose y Sophia Isabella:

Valió cada llama.

Valió cada lágrima.

Valió cada centavo del alma que pagaste.

Y sobre todo… valió la pena arder.

Con todo mi fuego,

El que escribió esta historia para ti.

Fin de la novela.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP