El invernadero nunca había estado tan silencioso como aquella noche.
Sophia Isabella estaba sentada en el centro exacto del lugar, sobre la misma manta que sus padres usaban años atrás. Tenía diecisiete años recién cumplidos. Vestía completamente de negro, como siempre. Su cabello largo caía sobre sus hombros y la marca sobre su corazón brillaba con un rojo estable, constante, casi maduro.
Frente a ella, a menos de tres metros, estaba Rafael Voss.
Tenía diecinueve años. Ya no era el chico roto