Mundo ficciónIniciar sesiónLa mano de Marcus en mi cintura se sentía como un grillete de hierro forjado, a pesar de la suavidad de su tacto. Me guio fuera del despacho y, de repente, el silencio sepulcral fue reemplazado por el estruendo de una orquesta de cámara y el tintineo incesante de copas de cristal chocando entre sí. El aire en el gran salón era pesado, saturado de perfumes caros y el aroma punzante del champán más costoso del mundo.
—Sonríe, Isabella —murmuró Marcus cerca de mi oído, su aliento rozando mi piel—. Los buitres están mirando y huelen la debilidad como si fuera sangre fresca.
Me obligué a curvar los labios, aunque sentía la cara rígida, como si fuera una máscara de yeso a punto de romperse. Bajamos la escalinata de mármol y sentí que mil pares de ojos se clavaban en mí, diseccionándome, buscando el error, la mancha en mi linaje. Para ellos, yo era la heredera de los Rossi, la mujer que acababa de entregar su imperio al hombre más temido de la industria. No sabían que bajo la seda de mi vestido, el corazón de Zola latía con la fuerza de un animal atrapado.
—¡Marcus! ¡Isabella! Querida, ¡estás radiante! —Una mujer de unos cincuenta años, envuelta en diamantes que cegaban, se interpuso en nuestro camino. Era la baronesa Von Steir, una de las aliadas más antiguas de mi padre. El pánico me cerró la garganta. Ella conocía a la verdadera Isabella desde que usaba pañales.
—Baronesa, un placer —dijo Marcus con una cortesía gélida. Me apretó la cintura, un recordatorio silencioso de que debía hablar.
—Baronesa... ha pasado tanto tiempo —logré decir, bajando ligeramente el tono de voz para imitar el cansancio sofisticado de la verdadera heredera—. El viaje ha sido... agotador.
La mujer entrecerró los ojos, ajustándose las gafas de montura de oro. Me miró con una intensidad que me hizo querer desaparecer bajo el suelo de granito.
—Hay algo diferente en ti, niña —comentó ella, inclinándose hacia delante—. Tus ojos... ya no tienen esa chispa de malicia infantil. Pareces... —hizo una pausa eterna— ...más humilde. ¿Es que el señor Thorne finalmente ha logrado domar a la pequeña fiera de los Rossi?
—La humildad es el precio de la supervivencia, Baronesa —intervino Marcus antes de que yo pudiera meter la pata. Su voz era protectora, pero con un filo de advertencia—. Ahora, si nos disculpa, tenemos una unión que celebrar.
Nos alejamos rápidamente hacia la terraza, donde el aire nocturno me golpeó la cara con una frescura bendita. Me solté de su agarre y caminé hacia la barandilla, aferrándome al metal frío para evitar que mis manos temblaran visiblemente.
—Estuviste a punto de arruinarlo —dijo Marcus, apareciendo detrás de mí como una sombra—. Te quedaste sin habla. Isabella Rossi nunca se queda sin palabras, ella siempre tiene un insulto elegante listo en la punta de la lengua.
—No soy ella —susurré, olvidando por un segundo mi papel. Me giré para enfrentarlo, con los ojos ardiendo de rabia contenida—. Soy lo que compraste por ochenta mil dólares y un contrato de fusión. No esperes que sea perfecta bajo este tipo de presión.
Marcus dio un paso hacia delante, acorralándome contra la barandilla. El cielo nocturno detrás de él hacía que sus ojos grises parecieran dos trozos de obsidiana pulida.
—Escúchame bien, Zola —dijo mi nombre real por primera vez, y el sonido me provocó un escalofrío que no pude ocultar—. A partir de este momento, Isabella Rossi es la única persona que existe. Si esa mujer sospecha, mañana habrá una investigación. Y si descubren que eres una muerta de hambre que pinta cuadros en un sótano, no solo irás a prisión. Yo mismo me encargaré de que desees nunca haber nacido.
Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus dedos estaban calientes, quemando mi piel fría.
—Ahora, vas a volver ahí dentro, vas a beber ese champán que sabe a ceniza y vas a bailar conmigo frente a todos. Vas a fingir que me amas, o al menos, que me temes lo suficiente como para ser mía. ¿Entendido?
—Te odio —respondí con un hilo de voz, el odio era lo único real que me quedaba.
—Perfecto —él sonrió, una expresión cruel y hermosa a la vez—. El odio es una emoción mucho más fácil de fingir que el amor. Úsalo. Dale a este público el espectáculo que pagaron por ver.
Me arrastró de nuevo hacia la luz, hacia el ruido y hacia las mentiras. Mientras cruzábamos el umbral de la terraza, vi a lo lejos, cerca de la barra, una figura que me heló la sangre. Un hombre joven, con una chaqueta gastada que no encajaba en absoluto con el resto de la gala. Era Julián. Mi Julián. El hombre que me había prometido sacarme de la miseria antes de que todo este desastre comenzara.
Si me veía, si pronunciaba mi nombre, todo se acabaría. Las cadenas de terciopelo se apretaron de repente, asfixiándome. Marcus notó mi rigidez y siguió mi mirada.
—¿Quién es ese, Isabella? —preguntó con una voz que prometía tormenta.
—Nadie —mentí, aunque el corazón me golpeaba las costillas como un tambor de guerra—. Nadie importante.
Pero Marcus Thorne no creía en las casualidades. Y por la forma en que sus ojos se entrecerraron, supe que el verdadero peligro apenas estaba comenzando.







