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Capítulo 5: Secretos entre las sábanas de seda

El sonido del agua corriendo en la ducha de Marcus era el único ruido que rompía el silencio sepulcral de la habitación. Me quedé allí, de pie junto a la inmensa cama de dosel, sujetando el vestido de seda contra mi pecho como si fuera un escudo. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, un eco sordo de la humillación y el deseo que Marcus había despertado en mí con solo un roce.

Me sentía como una intrusa en un santuario de poder. La habitación era fría, decorada en tonos grises y carbón, con muebles que gritaban riqueza pero carecían de alma. Caminé descalza sobre la alfombra de lana, sintiendo que cada paso me alejaba más de la Zola que solía ser. Al acercarme a la mesita de noche de ébano, un brillo metálico captó mi atención.

Era un pequeño joyero de plata, antiguo y desgastado, que desentonaba completamente con el minimalismo moderno del resto de la estancia.

—No deberías tocar lo que no te pertenece, Isabella —la voz de mi conciencia me advirtió, pero la curiosidad era un veneno que ya corría por mis venas.

Con los dedos temblorosos, levanté la tapa. Esperaba encontrar gemelos de oro o un reloj de lujo, pero lo que vi me heló la sangre. En el fondo del joyero, envuelta en un pañuelo de seda blanca, había una fotografía vieja y desgarrada. En ella, un hombre joven sonreía a la cámara. Tenía los mismos ojos oscuros y la misma mandíbula fuerte que mi padre, pero se veía más feliz, menos consumido por las deudas y el miedo.

A su lado, un Marcus Thorne mucho más joven, casi un adolescente, le pasaba un brazo por los hombros con una camaradería que parecía imposible hoy en día.

—¿Papá? —susurré, y el nombre se sintió como una astilla en mi garganta.

¿Cómo era posible? Mi padre siempre me dijo que Marcus Thorne era el diablo personificado, el hombre que lo había acosado hasta la ruina. Pero en esta foto, se veían como hermanos. Se veían como amigos. Debajo de la foto, encontré una pequeña nota escrita con una caligrafía que reconocería en cualquier parte: la de mi padre.

"Marcus, la deuda está saldada de la única forma que queda. Cuida de ella. No dejes que las cadenas la rompan como me rompieron a mí."

Un mareo súbito me obligó a apoyarme en la mesita. "Cuida de ella". ¿A quién se refería? ¿A Isabella? ¿O acaso mi padre sabía que yo terminaría en este lugar, vendiendo mi alma para salvar los restos de su nombre?

—Te dije que no tocaras nada.

La voz de Marcus resonó como un trueno a mi espalda. Me giré bruscamente, dejando caer la tapa del joyero con un estrépito metálico. Él estaba allí, de pie en el umbral del baño, con solo una toalla oscura anudada a la cintura. El agua aún goteaba de su cabello, recorriendo los músculos definidos de su pecho y abdomen, pero sus ojos estaban fijos en mis manos con una furia gélida.

—Yo... yo solo buscaba algo para... —empecé a balbucear, pero él ya estaba sobre mí.

Me tomó de las muñecas con una fuerza que me hizo jadear y me arrastró lejos de la mesita. Sus manos estaban frías, pero su mirada quemaba.

—Esa fotografía es lo único que queda de un hombre que no supo cumplir su palabra —siseó Marcus, su rostro a escasos centímetros del mío—. Tu padre no era la víctima que crees, Zola. Él fue el arquitecto de su propia destrucción. Y tú... tú eres el interés que estoy cobrando por sus pecados.

—¡Me mintió! —grité, las lágrimas de rabia finalmente escapando—. Me dijo que lo habías destruido, que nos habías quitado todo. Pero en esa foto... ¡parecían amigos!

Marcus rió, una carcajada amarga que se sintió como un golpe físico.

—La amistad es un lujo que la gente como nosotros no puede permitirse. Él me traicionó de la peor manera posible. Me robó algo que el dinero no puede comprar, y este contrato —señaló el espacio vacío entre nosotros— es la única forma en que puedo recuperar una parte de lo que perdí.

—¿Qué te robó? —pregunté, con la voz quebrada.

Marcus no respondió. En su lugar, estrechó el agarre en mis muñecas, obligándome a pegarme a su cuerpo húmedo. El contraste entre el frío del agua en su piel y el calor que emanaba de su rabia era asfixiante. Por un segundo, vi una grieta en su armadura, un rastro de dolor genuino tras los ojos de acero.

—No te pagan para hacer preguntas, Zola. Te pagan para ser Isabella. Te pagan para dormir en esta cama y fingir que eres la mujer que yo decida que seas.

—No soy un objeto, Marcus. No puedes comprar mis pensamientos.

—Puedo comprar tu silencio, y eso es suficiente por ahora —se inclinó, su nariz rozando la mía, y sentí que el mundo se detenía—. Mañana empezaremos tu "entrenamiento". Vas a aprender cada detalle de la vida de los Rossi, cada secreto, cada mentira. Y si vuelves a husmear en mis cosas, te juro que la seda de este vestido será lo último que sientas antes de que te entregue a los acreedores de tu padre.

Me soltó de golpe, dejándome caer sobre la cama de seda. Él caminó hacia el vestidor, ignorándome como si fuera un mueble más de la habitación. Me quedé allí, temblando, con la imagen de la foto grabada en mi mente.

Mi padre no era quien yo pensaba. Marcus Thorne no era el villano que me habían contado. Las cadenas de terciopelo no eran solo un contrato; eran un secreto que llevaba años gestándose. Y mientras me acurrucaba en un rincón de la cama inmensa, me di cuenta de que el peligro no era solo perder mi libertad... el verdadero peligro era que, a pesar de todo el odio y las mentiras, mi corazón empezaba a latir con una fuerza traicionera cada vez que él pronunciaba mi nombre.

Cerré los ojos, pero solo vi oscuridad y el rastro de una traición que aún no comprendía. Esta noche, en la casa sobre el acantilado, supe que no había salida. Estaba atrapada en una red de engaños, y el hombre que sostenía los hilos era el mismo hombre que me hacía desear cosas que no debería sentir.

El juego había cambiado. Y yo apenas estaba aprendiendo las reglas.

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