El comedor de "La Esmeralda" se había transformado en una sala de guerra. El olor a café recién hecho y cruasanes de mantequilla se mezclaba con el aroma clínico del papel satinado y la tinta de impresora. Tres hombres con trajes que costaban más que mi educación artística estaban sentados a la mesa, rodeados de carpetas de cuero negro. Sus miradas, afiladas y desconfiadas, se clavaron en mí en cuanto crucé el umbral de la puerta.
—Señores —la voz de Marcus resonó a mis espaldas, una mano poses