El muelle privado de "La Esmeralda" estaba envuelto en una bruma salada que hacía que las luces de seguridad parecieran ojos fantasmales vigilándonos. Corrí tras Marcus, mis tacones hundiéndose en la madera húmeda, ignorando el frío que calaba mi traje blanco. Cuando llegamos al final del embarcadero, mi corazón se detuvo.
Julián estaba de rodillas, con las manos atadas a la espalda y el rostro marcado por la lucha. Dos de los hombres de Marcus lo sujetaban con una eficiencia brutal. Al vernos