El amanecer en la mansión de Marcus no trajo la claridad que yo esperaba. La luz se filtraba tímidamente por las pesadas cortinas de terciopelo, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire estancado de la habitación. Me desperté sola en la inmensa cama, con el eco de las palabras de Marcus aún resonando en mi cabeza: "Dime que eres mía". El calor de su cuerpo se había desvanecido, dejando tras de sí un frío glacial que parecía nacer desde mis propios huesos.
Me levanté y caminé hacia