La mano de Marcus en mi cintura se sentía como un grillete de hierro forjado, a pesar de la suavidad de su tacto. Me guio fuera del despacho y, de repente, el silencio sepulcral fue reemplazado por el estruendo de una orquesta de cámara y el tintineo incesante de copas de cristal chocando entre sí. El aire en el gran salón era pesado, saturado de perfumes caros y el aroma punzante del champán más costoso del mundo.—Sonríe, Isabella —murmuró Marcus cerca de mi oído, su aliento rozando mi piel—. Los buitres están mirando y huelen la debilidad como si fuera sangre fresca.Me obligué a curvar los labios, aunque sentía la cara rígida, como si fuera una máscara de yeso a punto de romperse. Bajamos la escalinata de mármol y sentí que mil pares de ojos se clavaban en mí, diseccionándome, buscando el error, la mancha en mi linaje. Para ellos, yo era la heredera de los Rossi, la mujer que acababa de entregar su imperio al hombre más temido de la industria. No sabían que bajo la seda de mi vest
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