El desfiladero del Skeena se abría ante el convoy mixto con la parsimonia de una grieta geológica que hubiera tardado un siglo en ceder al empuje del agua. A las tres de la tarde, la lluvia fina de las colinas altas se transformó en un aguacero denso, racheado por el viento del oeste, que golpeaba los costados de chapa del vagón con la regularidad de una ráfaga de perdigones. Las tablas de pino alquitranado de la pared crujían con cada curva del trazado ferroviario, filtrando una humedad fría q