La habitación del fondo del hostal de Masset olía a lo que huelen todos los refugios del Pacífico cuando el invierno dobla la esquina: a madera de cedro resinosa, a la parafina de las lámparas de reserva y a esa sal perenne que se filtra a través de las juntas de los marcos de las ventanas hasta fijarse en los colchones de lana. Fuera, el estrecho de Hécate se había calmado tras la pleamar de la madrugada, dejando en la línea de la costa un rumor sordo, lánguido, como el de un gigante que respi