Mundo ficciónIniciar sesiónEl viaje hacia la costa fue un suplicio de silencio y sombras. El motor del Maybach de Marcus rugía con una elegancia discreta mientras devorábamos los kilómetros de carretera serpenteante. A mi lado, él era una presencia asfixiante; no decía nada, pero su mirada estaba fija en la oscuridad exterior, su mandíbula apretada como si estuviera conteniendo una tormenta.
Cuando finalmente cruzamos las puertas de hierro de "La Esmeralda", su propiedad privada frente al mar, supe que mi libertad acababa de ser enterrada bajo toneladas de lujo. La casa se alzaba sobre un acantilado, una estructura de cristal y acero que parecía observar el océano con la misma frialdad que su dueño.
—Baja —ordenó Marcus cuando el chofer abrió la puerta. Su voz no permitía réplicas.
Caminamos hacia la entrada. El viento marino soplaba con fuerza, enredando mi cabello y golpeando la seda de mi vestido contra mis piernas. Al entrar, las luces automáticas se encendieron, revelando un salón inmenso y frío. Marcus no se detuvo en la planta baja. Me guio escaleras arriba, su mano firme en mi codo, hasta llegar a una puerta de madera oscura al final del pasillo.
Su habitación.
El aire aquí olía intensamente a él: madera de cedro, tabaco caro y algo más... algo puramente masculino que me hacía temblar las rodillas. Marcus cerró la puerta tras de nosotros y el sonido del pestillo encajando sonó como un disparo en mi cabeza.
—Quítatelo —dijo, dándose la vuelta para quitarse la chaqueta del esmoquin y arrojarla sobre un sillón de cuero.
—¿Qué? —mi voz salió como un susurro roto. El miedo me recorría la columna vertebral como una corriente eléctrica.
—El vestido, Zola. O Isabella. O como sea que te llame ese muerto de hambre que arruinó mi gala —se giró hacia mí, desabrochándose los puños de la camisa blanca con una lentitud tortuosa—. Esa seda es de los Rossi. Y tú ya no eres una de ellos. Ahora mismo, en esta habitación, no eres nadie. Solo una mujer que me debe una explicación y mucho más.
Me abracé a mí misma, sintiendo el frío del aire acondicionado en mi piel expuesta.
—No voy a desnudarme frente a ti —respondí, tratando de recuperar algo de la dignidad que había perdido en el salón de baile.
Marcus acortó la distancia entre nosotros en dos zancadas. Me tomó de los hombros y me empujó suavemente, pero con una fuerza incuestionable, contra el pilar de su cama de dosel. Sus ojos grises estaban oscurecidos, casi negros bajo la luz tenue.
—¿Crees que esto es un juego de seducción, Zola? —preguntó, su rostro a milímetros del mío. Podía sentir el calor de su aliento, una caricia peligrosa—. Has manchado mi nombre. Has dejado que un tipo cualquiera me gritara en la cara que mi prometida es una estafadora. Podría entregarte a la policía ahora mismo. Podría dejar que te pudras en una celda mientras tu hermana duerme bajo un puente.
Me hundí ante la mención de Lucía. Él lo sabía. Sabía exactamente dónde apretar para hacerme sangrar.
—Por favor... —supliqué, mis ojos llenándose de lágrimas de pura frustración.
—No quiero tus lágrimas —su mano bajó por mi espalda, encontrando la cremallera del vestido. Sentí el roce de sus nudillos contra mi piel desnuda y un escalofrío violento me recorrió el cuerpo—. Quiero que entiendas las reglas. A partir de mañana, serás la Isabella más perfecta que el mundo haya visto. Pero esta noche... esta noche vas a recordar quién te puso ese vestido y quién tiene el poder de quitártelo.
Con un movimiento seco, bajó la cremallera. La seda se aflojó, cayendo por mis hombros hasta detenerse en mis caderas. El contacto del aire frío con mi espalda me hizo jadear. Marcus no apartó la mirada; me observaba con una intensidad voraz, como si estuviera leyendo cada una de mis inseguridades grabadas en mi piel.
—Mírame —ordenó, tomando mi mentón para forzarme a sostener su mirada—. No bajes la cabeza. Una Rossi nunca baja la cabeza, ni siquiera cuando está a merced de su dueño.
—Tú no eres mi dueño —siseé, aunque mi cuerpo traidor estaba reaccionando a su cercanía, a la vibración de su voz, al poder que emanaba de cada poro de su piel.
—Tus papeles dicen lo contrario. Tu firma dice lo contrario. Y ese brillo en tus ojos... —pasó el pulgar por mi labio inferior, presionando ligeramente— ...ese brillo me dice que me odias tanto que te mueres por ver hasta dónde soy capaz de llegar.
Se inclinó más, capturando mi aroma, su nariz rozando mi cuello. Sentí sus labios rozar la base de mi oreja, y un gemido involuntario escapó de mi garganta. Fue un sonido de derrota, de rendición.
—Esta noche dormirás aquí, Zola —susurró contra mi piel, enviando oleadas de fuego por mis venas—. Y cada vez que cierres los ojos, recordarás el peso de estas cadenas. No son de metal, pero te atan a mí mucho más fuerte de lo que cualquier grillete podría hacerlo.
Me soltó de repente, dejándome temblorosa y aferrada a la seda que apenas me cubría. Caminó hacia el baño sin mirar atrás, dejándome sola con el sonido de las olas rompiendo contra el acantilado y el eco de mi propio corazón desbocado.
Había entrado en la jaula de cristal por voluntad propia. Y ahora, el guardián de la llave era el único hombre al que no podía permitirme amar, pero al que ya no podía dejar de desear.







