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El peso de las cadenas de terciopelo
El peso de las cadenas de terciopelo
Por: Deejarh
Capítulo 1: La impostora de seda

El silencio en el viejo despacho de mi padre no era un silencio de paz; era el tipo de silencio pesado que precede a una ejecución. El aire estaba estancado, cargado con el olor rancio de cigarros consumidos y el rastro metálico del miedo que mi padre había dejado tras de sí antes de huir como un cobarde. Sobre el escritorio de caoba descascarada, un papel de color naranja fluorescente brillaba bajo la luz mortecina de la lámpara. Un aviso de desalojo. Un recordatorio cruel de que mi mundo, el que yo conocía entre lienzos, pinceles y sueños de grandeza, se estaba cayendo a pedazos de manera irreversible.

—Zola, mírame de una vez —la voz de mi hermana, Lucía, rompió el cristal de mis pensamientos.

Ella sostenía algo entre sus manos que parecía brillar con una luz propia y malvada. Un vestido de seda negra, tan oscuro que parecía absorber la poca iluminación que quedaba en la habitación. Era una pieza de alta costura, algo que ninguna de las dos debería poder pagar ni en tres vidas de trabajo duro.

—Solo una noche —continuó Lucía, su voz era un susurro urgente, casi febril, mientras se acercaba a mí—. Te pareces tanto a ella que incluso yo dudo por un segundo cuando te miro a contraluz. La misma estatura, el mismo tono de piel de porcelana, esos ojos que parecen guardar secretos que ni siquiera existen. Solo tienes que entrar en esa gala, caminar como si el suelo te perteneciera por derecho de nacimiento, firmar los documentos de la fusión y salir de allí antes de que alguien note el engaño. El dinero del depósito se liberará en nuestra cuenta antes de que el sol toque el horizonte.

Acaricié la seda. Se sentía fría, casi eléctrica bajo las yemas de mis dedos. Al tocarla, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima húmedo de la ciudad y todo que ver con el destino que estaba a punto de sellar.

—Marcus Thorne no es un idiota, Lucía —respondí, y mi propia voz me sonó extraña, pequeña, como la de una niña perdida—. Ese hombre huele el miedo a kilómetros de distancia. Dicen que puede leer tus pecados más oscuros solo con mirarte a los ojos durante un segundo. Mi padre siempre decía que Marcus no tenía sangre en las venas, sino mercurio helado. Si se da cuenta de que no soy la verdadera heredera de los Rossi, no llamará a la policía... simplemente nos borrará del mapa como si nunca hubiéramos existido.

—¿Y qué otra opción nos queda? —Lucía gritó, y sus ojos se llenaron de unas lágrimas amargas que se negaba a dejar caer—. ¿Esperar a que los hombres del banco nos saquen a patadas a la calle mañana por la mañana? ¿Dormir en la acera con tus cuadros usados como mantas? Ya estamos muertas socialmente, Zola. Esto es solo un baile con el diablo para ver si nos devuelve la vida o nos termina de hundir.

Me puse el vestido en un silencio sepulcral. Mientras subía la cremallera lateral, sentí que la tela me apretaba las costillas con una fuerza desmedida, robándome el aliento. No era solo un vestido de seda; eran las primeras muescas de las cadenas de mi nueva realidad. Me miré en el espejo agrietado del pasillo. Ya no veía a la artista que pasaba horas mezclando colores para capturar la luz exacta del atardecer. Veía a una mujer peligrosa, una impostora envuelta en un lujo que no le pertenecía, una sombra lista para el mayor engaño de su vida. El peso de las cadenas de terciopelo acababa de caer sobre mis hombros, y la presión era insoportable.

Llegar a la mansión de los Thorne fue como cruzar un portal hacia otro planeta, uno donde el dinero borraba cualquier rastro de moralidad. Los jardines exteriores estaban bañados por una luz blanca y artificial que hacía que las estatuas de mármol parecieran fantasmas vigilantes juzgando mi entrada. Mis tacones de aguja resonaban contra el suelo de piedra con un eco rítmico, un compás que seguía los latidos desbocados de mi corazón. Cada paso que daba era una mentira grabada en el suelo.

Al cruzar las puertas de roble macizo, el lujo me golpeó como una bofetada física. Oro, cristal de Murano y el murmullo hipócrita de gente que nunca ha tenido que preocuparse por el precio de su propia dignidad. Me abrí paso a través de la multitud vestida de gala, ignorando las miradas curiosas y los susurros que se detenían a mi paso. Mi objetivo estaba al fondo del gran salón, en el estudio privado que custodiaba los secretos financieros de la ciudad.

Cuando entré y cerré la puerta tras de mí, el ruido de la fiesta desapareció de golpe, reemplazado por un silencio denso. Marcus Thorne estaba de espaldas a mí, observando por el inmenso ventanal los acantilados que se rendían ante el mar. Su silueta era imponente; los hombros anchos bajo un traje de corte impecable, la postura de un hombre que sabe, con una certeza aterradora, que es el dueño absoluto de todo lo que alcanza su vista.

—Llegas tarde, Isabella —su voz era un barítono profundo, una vibración que sentí en la boca del estómago antes de que mis oídos pudieran procesar las palabras.

Me quedé helada en el sitio. Isabella Rossi era la mujer a la que yo estaba suplantando, la heredera legítima que había huido dejando el desastre atrás. Mi garganta se cerró, seca como el desierto. Recordé el consejo de Lucía: Camina como si el suelo te perteneciera.

—El tráfico de esta ciudad no respeta ni siquiera tus invitaciones imperiales, Marcus —logré decir. Mi voz salió más firme de lo que esperaba, con un tinte de arrogancia que nació de mi pura desesperación por sobrevivir.

Él se giró con una lentitud calculada, como un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. Sus ojos no parecían humanos; eran de un gris tormentoso, afilados como cuchillas de afeitar recién afiladas. Me recorrió de arriba abajo con una inspección visual tan lenta que me hizo sentir desnuda, a pesar de los miles de dólares en seda que cubrían mi cuerpo. Se acercó un paso, y el aroma a sándalo, cuero viejo y poder absoluto me envolvió, nublándome el juicio.

—Has cambiado —dijo él, entrecerrando los ojos mientras se detenía a escasos centímetros de mí. Su mirada se clavó en mi cuello, justo donde una vena pulsaba con una fuerza traicionera—. Hay algo en tu mirada que no estaba ahí hace apenas un mes. Una especie de... fuego desesperado. Una urgencia que antes no conocías.

Él estaba tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su pecho. Extendió una mano y, por un segundo aterrador, pensé que me iba a asfixiar, pero sus dedos largos y fuertes solo rozaron la tela de mi hombro, bajando por mi brazo con una caricia que quemaba más que el hielo.

—¿Es el miedo, querida Isabella? ¿O es que finalmente has comprendido que el contrato que vas a firmar hoy no se paga con transferencias bancarias, sino con tu libertad absoluta? —su voz bajó de tono, convirtiéndose en una amenaza seductora.

Miré el documento que descansaba sobre su escritorio de ébano. Las letras impresas parecían hormigas marchando hacia mi destrucción. El peso de las cadenas de terciopelo se volvió, en ese instante, una carga física que amenazaba con hacerme caer de rodillas. Si firmaba, salvaba a Lucía y borraba nuestras deudas. Si firmaba, me convertía legalmente en su propiedad, en una pieza más de su colección de trofeos conquistados.

—Traje mi propia pluma, Marcus —dije, sosteniéndole la mirada con toda la valentía que pude fingir desde el fondo de mi alma—. Pero no esperes que firme con una sonrisa de agradecimiento. No soy un animal doméstico.

Él sonrió, pero no fue una sonrisa de calidez o alegría. Fue la sonrisa triunfal de un lobo que acaba de ver a su presa entrar voluntariamente en la jaula de oro y cerrar la puerta por dentro.

—Oh, no te equivoques, Isabella. No quiero tu sonrisa —susurró, inclinándose tanto que su aliento rozó mi oreja, erizándome la piel de manera involuntaria—. Lo que quiero es tu rendición total. Quiero que cuando me mires, veas lo único que te mantiene con vida. Ahora, firma el maldito papel.

Tomé la pluma con dedos que luchaban por no temblar y estampé la firma falsa con una precisión magistral. Al terminar, el silencio en la sala pareció vibrar. Marcus tomó el contrato, observó la tinta fresca y asintió con una satisfacción sombría.

—Bienvenida al resto de tu vida —sentenció, mientras su mano se posaba posesivamente en mi cintura, marcando su territorio ante el mundo que nos esperaba afuera.

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