Mundo ficciónIniciar sesiónEl pánico es un sabor amargo que se instala en la base de la lengua y no te deja respirar. Mientras Marcus me arrastraba de vuelta al centro del salón, mis ojos estaban fijos en Julián. Él no debería estar aquí. Julián era parte de mi mundo de óleos baratos, de cenas de fideos instantáneos y de promesas susurradas en la oscuridad de un estudio sin calefacción. Verlo aquí, rodeado de esmóquines y vestidos de diseñador, era como ver un cuadro de arte callejero colgado en el Louvre. Desentonaba. Y ese error podía costarme la vida.
—Estás pálida, Isabella —la voz de Marcus llegó a mi oído, cargada de una sospecha que me hizo vibrar los huesos—. Pareces haber visto a un fantasma. ¿O es que el "nadie" que mencionaste tiene un nombre que yo debería conocer?
—Es solo el calor, Marcus. Demasiada gente, demasiado perfume —mentí, sintiendo que el sudor frío empezaba a perlar mi nuca.
—No me mientas —su agarre en mi cintura se volvió más firme, casi doloroso—. Odio que me mientan en mi propia casa.
De repente, la música cambió. El ritmo lento de un vals empezó a llenar el aire, y antes de que pudiera protestar, Marcus me llevó a la pista de baile. Sus movimientos eran fluidos, una danza de poder y control. Me obligó a pegar mi cuerpo al suyo, rompiendo cualquier barrera de decencia. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, rozando la firmeza de su pecho. Podía sentir el latido de su corazón, rítmico y constante, una burla cruel a mi propio caos interno.
—Baila conmigo —ordenó en un susurro—. Y mientras lo haces, dime quién es el intruso que no deja de mirarte como si fueras su salvación.
Miré por encima del hombro de Marcus. Julián se estaba acercando a la pista. Su rostro, generalmente amable, estaba contraído por la confusión y la rabia. Me reconoció. Lo vi en la forma en que sus labios formaron mi nombre en silencio: ¿Zola?
—Es un antiguo empleado de mi padre —solté la primera mentira que se me ocurrió—. Un jardinero que fue despedido hace meses. Probablemente se coló para pedir dinero. No es nadie, de verdad.
Marcus soltó una carcajada seca que no llegó a sus ojos.
—¿Un jardinero? Isabella, querida, mientes tan mal que casi resulta tierno. Ese hombre no te mira como a una jefa. Te mira como a una mujer que le pertenece. Y eso... eso es un problema. Porque ahora mismo, ante los ojos del mundo y según este contrato, tú me perteneces a mí.
En ese momento, Julián rompió el círculo de invitados y se detuvo a un par de metros de nosotros.
—¡Zola! —gritó, su voz rompiendo la elegancia del vals como un martillazo—. ¿Qué demonios haces aquí? ¿Qué es este vestido? ¡Llevo días buscándote!
El salón se quedó en silencio. Las conversaciones se detuvieron. Las cabezas se giraron. La baronesa Von Steir levantó una ceja, esperando el espectáculo. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. El peso de las cadenas de terciopelo se volvió literal, tirando de mí hacia el fondo de un pozo sin salida.
Marcus se detuvo y se giró lentamente, manteniendo un brazo protector —o posesivo— alrededor de mis hombros. Miró a Julián con el desprecio que un dios le dedicaría a una hormiga.
—Caballero —dijo Marcus, su voz tan fría que el aire pareció congelarse—, creo que se ha confundido de gala y de mujer. Ella es Isabella Rossi, mi prometida. Y usted está a punto de ser escoltado fuera de mi propiedad por la seguridad.
—¿Prometida? —Julián rió con desesperación, dando un paso más—. Marcus Thorne, no sé qué juego estás jugando, pero ella no es ninguna Rossi. Su nombre es Zola, es una artista y...
—¡Basta! —grité, mi voz temblando por el puro terror—. No sé quién eres, hombre. Por favor, vete. Te has confundido.
El dolor en los ojos de Julián me partió el alma. Ver al hombre que amaba mirándome como si fuera un monstruo fue peor que cualquier amenaza de Marcus. Pero si no lo rechazaba ahora, Marcus lo destruiría. Thorne no deja testigos de sus humillaciones.
—¿Zola? —susurró Julián, su voz quebrada—. ¿De verdad vas a negar quién eres por estos lujos? ¿Por este hombre?
—Seguridad —la voz de Marcus resonó en todo el salón.
Dos hombres enormes aparecieron de la nada y tomaron a Julián por los brazos. Él forcejeó, gritando mi nombre, hasta que lo arrastraron fuera de la vista de los invitados. La humillación ardía en mis mejillas como ácido.
Marcus se giró hacia la multitud con una sonrisa impecable y gélida.
—Lamento la interrupción. Siempre hay gente que pierde la cabeza ante la belleza de una Rossi. Por favor, continúen disfrutando.
Me tomó de la mano y me llevó hacia una de las salidas laterales, lejos de las miradas curiosas. En cuanto estuvimos solos en un pasillo oscuro, me empujó suavemente contra la pared, atrapándome con sus brazos a ambos lados de mi cabeza.
—Zola... —repitió mi nombre real, saboreándolo como un vino prohibido—. Así que ese es el nombre de la farsante que se metió en mi cama.
—No me he metido en tu cama —siseé, aunque las lágrimas amenazaban con salir—. Y no te atrevas a tocarlo. Él no sabía nada.
—Oh, lo tocaré si quiero —Marcus se inclinó, su rostro a centímetros del mío. Sus ojos ya no eran grises; eran de un negro azabache, llenos de una posesividad voraz—. Has traído tu pasado a mi presente, y eso tiene un precio. Me has humillado frente a mis socios. Ahora, el contrato ha cambiado.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, el miedo fluyendo por mis venas.
—Mañana mismo nos mudamos a mi finca en la costa. Lejos de "jardineros" y de pasados inconvenientes. Vas a aprender a ser Isabella las veinticuatro horas del día. Y por cada vez que ese hombre pronuncie tu nombre, tú me darás algo a cambio.
Me tomó del mentón, obligándome a mirar la oscuridad de su alma.
—Empezando por esta noche. No dormirás en la habitación de invitados, Zola. Dormirás en la mía. Bajo mi vigilancia. Bajo mis reglas.
Las cadenas de terciopelo ya no solo pesaban. Ahora, empezaban a quemar.







