Mundo ficciónIniciar sesiónUna noche bastó para destruir la vida de Loren Fabre. Lo que debía ser la víspera de la presentación oficial con la familia del hombre que amaba, terminó convirtiéndose en la peor trampa de su existencia: drogada, llevada a una habitación equivocada y señalada como la mujer que se metió en la cama del heredero más poderoso de Inglaterra. Al amanecer, su nombre quedó manchado. Su familia la vendió. El hombre que amaba la llamó oportunista. Y Damian Harts, frío, arrogante y heredero de una de las dinastías más influyentes del país, la condenó a un matrimonio forzado bajo el peso de su desprecio. Ahora, convertida en la esposa del hombre que la odia, Loren deberá sobrevivir en un mundo donde cada mirada la juzga, cada palabra la hiere y cada paso puede destruir no solo su futuro, sino también el de la poderosa familia Harts. Pero lo que nadie imagina es que la mujer que todos creen rota está lejos de rendirse. Porque Loren ya no tiene nada que perder. Y una mujer sin nada que perder puede convertirse en la más peligrosa de todas. Decidida a descubrir quién la traicionó, quién la llevó a la cama de Damian Harts y quién quiso destruirla para siempre, Loren transformará su humillación en poder, su dolor en estrategia y su nuevo apellido en un arma. Los que ensuciaron su nombre. Los que la obligaron a convertirse en la esposa del heredero. Los que dudaron de su dignidad van a arrepentirse. Porque Loren no nació para ser aplastada. Nació para levantarse. Y en una guerra donde el odio y la pasión comparten la misma cama, solo una verdad sobrevivirá.
Leer másLa noche brillaba con una elegancia casi irreal, las luces doradas del hotel de la Familia Harts caían como una lluvia cálida sobre los jardines impecables, donde las fuentes de mármol murmuraban bajo la música suave del cuarteto de cuerdas. Políticos, empresarios y miembros de la aristocracia londinense se deslizaban por los salones con sonrisas impecables y copas de cristal en las manos, todos reunidos en honor a la impecable campaña de Isidora Harts, la mujer que estaba a un paso de convertirse en la próxima Primera Ministra de Inglaterra.
Entre vestidos de diseñador y joyas antiguas, Loren Fabre parecía una visión de delicadeza. Su vestido azul noche abrazaba su figura con una elegancia sobria, y su cabello dorado caía en suaves ondas sobre sus hombros. A simple vista parecía tranquila, incluso serena, pero por dentro su corazón latía con una emoción que nada tenía que ver con la política o los Harts. Siempre la mencion de aquella familia generaba sensaciones raras en ella y si estaba esta noche aquí, era nada más por que su hermana necesitaba escalar en la sociedad y para Loren aquello era muy fácil. Pero ahora mientras observaba a todos sumergidos en sus conversaciones Loren pensaba en Antonio Climovick. Solo el recuerdo de su nombre lograba suavizar la tensión de aquella velada. Mañana por la noche, Antonio finalmente la presentaría ante su familia y posteriormente ella deberá de oficializar ante la familia de ella, de esta manera ambas familias aceptaban el compromiso a su manera. La idea la hacía sonreír en secreto, después de meses de amor discreto, de encuentros robados y promesas susurradas, por fin darían un paso real. Loren podía imaginarlo: la cena, la formalidad de los Climovick, la mano de Antonio buscando la suya bajo la mesa, la promesa silenciosa de un futuro juntos. —Te ves demasiado feliz para alguien atrapada en una fiesta política —murmuró una voz dulce a su lado. Loren giró y sonrió al ver a Laura Fabre, su hermana mayor. Laura era hermosa de una manera impecable, casi intimidante. Rubia, elegante, de sonrisa serena y ojos tan suaves que cualquiera confiaría en ella sin dudar. Siempre había sido la hermana protectora, la que sabía cómo moverse entre las élites, la que parecía entender cada peligro antes de que este ocurriera, pero siempre decía que necesitaba de ka cercanía de Loren. —Solo estoy pensando en mañana —confesó Loren, incapaz de contener la ilusión en su voz. Laura alzó una ceja con ternura. —¿Antonio? Loren asintió, sintiendo cómo el rubor subía a sus mejillas. —Mañana me presentará oficialmente a su familia. Laura sonrió con una dulzura impecable. —Entonces debes cuidarte esta noche. No quiero que te deshidrates o termines agotada antes de tu gran momento. Tomó una copa de la bandeja de un camarero, pero en lugar de vino le ofreció un vaso de agua cristalina. —Bebe un poco. Loren aceptó sin sospechar nada, era Laura, su hermana, la persona en quien más confiaba, ella no era beber ningún tipo de liquido, pero no quería rechazar a su hermana. El agua era fresca, con un extraño regusto apenas perceptible, algo amargo que desapareció demasiado rápido para darle importancia. Los minutos pasaron, siguieron conversando, hasta que Loren pronto comenzó a sentir un extraño calor subiéndole por el cuello. Primero fue una ligera presión en las sienes. Después, un leve temblor en las piernas. Parpadeó varias veces, intentando enfocar los rostros a su alrededor, pero las luces empezaron a difuminarse en halos dorados. —¿Loren? —preguntó Laura, inclinándose hacia ella con gesto preocupado—. ¿Qué ocurre? —No… no lo sé —susurró, llevándose una mano a la frente—. Me siento… mareada. Además, la temperatura parece estar subiendo. Laura la sostuvo con aparente delicadeza. —Quizá necesitas aire. Loren asintió. Sí. Aire. Necesitaba alejarse de aquel salón que empezaba a girar a su alrededor. Se apartó lentamente, apoyándose un instante en la pared mientras el murmullo de las voces se convertía en un eco distante. Lo último que vio con claridad fue la expresión dulce de Laura observándola marcharse, después, todo se volvió fragmentos, un pasillo largo, silencioso, las alfombras amortiguaban sus pasos inseguros mientras las lámparas de pared lanzaban sombras alargadas sobre los cuadros antiguos. Loren caminó con la respiración agitada, una mano rozando la pared para no perder el equilibrio. No sabía exactamente adónde iba, solo quería tumbarse, cerrar los ojos, que el mundo dejara de girar. Entonces vio una puerta entreabierta al final del corredor, la luz cálida del interior se derramaba sobre el suelo pulido, invitándola como un refugio. Con dedos temblorosos, empujó la puerta, el suave clic resonó en la quietud, la habitación era amplia, elegante, con una cama inmensa vestida en lino gris oscuro, ventanales cubiertos por cortinas pesadas y el aroma tenue de un perfume masculino mezclado con madera y ámbar y no estaba sola. Un hombre se encontraba junto al ventanal, de espaldas, aflojándose la corbata. Al escuchar la puerta, se giró lentamente. Los ojos grises de Damian Harts se clavaron en ella con una mezcla de sorpresa y frialdad. Alto, impecable incluso al final de una noche agotadora, con el saco abierto y la camisa ligeramente desabotonada, irradiaba una autoridad natural que imponía incluso en silencio. Frunció el ceño. —¿Quién eres? La pregunta pareció atravesar la neblina en la mente de Loren, pero no despejarla. Lo observó sin responder de inmediato. La sustancia corriendo por su sangre volvía borrosa la lógica y peligrosamente intensas las emociones. La habitación parecía más cálida. Él parecía más cercano. —Loren Fabre —murmuró, apenas consciente de su propia voz. Damian dio un paso hacia ella. —Esta es mi habitación privada. ¿Qué haces aquí? Ella debería haberse disculpado. Debería haberse ido. Pero en aquel estado, la firmeza en la voz de Damian se sintió como un desafío, y su presencia como un magnetismo imposible de ignorar. Loren alzó la vista hacia él. Sus rasgos eran demasiado perfectos, demasiado severos, y aun así había algo en sus ojos que la arrastró. Quizá fue la droga. Quizá el calor insoportable recorriendo su cuerpo. Quizá la forma en que la miraba. —No lo sé… —susurró, acercándose un paso más. Damian la observó con recelo. —No estás bien. —Tal vez solo necesito esto. Antes de darse tiempo para pensar, Loren alzó una mano y la apoyó contra su pecho, sintiendo bajo la palma la firmeza de su cuerpo y el latido fuerte de su corazón. Damian se tensó. —Ey, mujer, detente. Pero ella ya no escuchaba razones. La neblina en su mente transformó la prudencia en impulso, se puso de puntillas y unió sus labios a los de él, el beso fue un choque de fuego contenido. Al principio Damian permaneció inmóvil, sorprendido por la audacia de aquella desconocida que había irrumpido en su habitación como una visión temblorosa y peligrosa. Pero la suavidad de sus labios, la manera en que ella se aferró a su camisa y el temblor que recorrió su cuerpo quebraron su resistencia. Respondió. La tomó por la cintura, atrayéndola con firmeza. El beso se volvió más profundo, cargado de una pasión repentina, casi furiosa, nacida del desconcierto, del cansancio y de aquella atracción inexplicable que ninguno de los dos comprendía. Loren sintió que el mundo desaparecía. Solo existía el calor de sus manos, el roce urgente de sus labios, la electricidad que le recorría la piel. Damian la besó como si intentara arrancarle una explicación en medio de aquel caos, y ella respondió con la misma intensidad, perdida entre el deseo artificial que la nublaba y una necesidad que no sabía nombrar. Retrocedieron sin separarse. Un paso. Luego otro. Hasta que el borde de la cama golpeó suavemente la parte posterior de las piernas de Loren. Con un movimiento torpe, ambos cayeron sobre el colchón. Las sábanas se arrugaron bajo sus cuerpos mientras el beso continuaba, intenso, absorbente, como si en aquel instante ninguno de los dos recordara quién era ni todo lo que estaba en juego más allá de aquella puerta cerrada. Y afuera, en los silenciosos pasillos del hotel de la Familia Harts, el destino ya había comenzado a escribir su sentencia. La cama crugio bajo la fuerza de las embestidas de Damian, las prendas estaban rotas y esparcidos en el suelo, las manos de Loren se aferra al brazo del hombre, sus cuerpos están sudados y apretados buscando más fricción, entre besos, gemidos, embestidas, respiraciones calientes, se escuchaba la colisión salvaje de sus cuerpos, aquella noche se entregaron al deseo una y otra vez, hasta que el pequeño cuerpo de Loren ya no pudo más y pidió piedad, pero el hombre no se detuvo, la hizo suya una y otra vez, la estrechez de la mujer bajo su cuerpo lo volvía loco y la tomó hasta estar cerca de morir de cansancio y de placer.La Villa de Tulipanes había caído en una calma engañosa. Afuera, los senderos cubiertos de flores parecían una pintura viva bajo la luz de la tarde, pero dentro de la casa la tensión seguía respirando entre las paredes. En el despacho privado del primer piso, Damian Harts trabajaba como si su mundo no acabara de cambiar. La estancia era amplia, revestida en madera oscura, con libreros de roble, una lámpara de escritorio de luz cálida y un gran ventanal que daba hacia el jardín principal de tulipanes. Sobre la mesa se acumulaban informes financieros, proyecciones de la multinacional Harts y documentos confidenciales que solo el futuro heredero podía revisar. Damian tenía la espalda recta, la corbata ligeramente aflojada y la mirada gris fija en la pantalla del portátil. Por fuera parecía completamente concentrado. Por dentro, no. Cada cierto tiempo, sin quererlo, su mente regresaba a la entrada de la villa. A la bofetada. A la manera en que Loren había recordado sus gemidos.
El trayecto hacia la Villa de Tulipanes se hizo en un silencio casi insoportable. Dentro del coche, Loren mantuvo la mirada fija en la ventana, observando cómo la ciudad quedaba atrás y era reemplazada poco a poco por caminos más apartados, rodeados de árboles, campos perfectamente cuidados y senderos bordeados de flores. Cuando finalmente el vehículo atravesó los portones de hierro forjado, Loren comprendió por qué la llamaban así. La villa era majestuosa. Un edificio de piedra clara, con balcones de hierro negro, grandes ventanales y una arquitectura elegante de estilo antiguo. A su alrededor, enormes jardines de tulipanes se extendían como un mar de colores: rojos profundos, blancos puros, violetas y amarillos que se mecían bajo la luz suave de la tarde. Era hermoso. Demasiado hermoso. Y, sin embargo, para Loren no era más que otra prisión. El coche se detuvo frente a la escalinata principal. Damian descendió primero, sin molestarse en ofrecerle una mano. Loren bajó por su
La pequeña caja blanca permaneció varios segundos entre los dedos de Loren. El silencio en la habitación era tan espeso que podía escuchar su propia respiración. Delante de ella, Damian Harts seguía inmóvil, con la arrogancia tallada en sus perfectas facciones y los ojos grises endurecidos por la furia. Loren sostuvo su mirada apenas un instante más, luego, sin regalarle una sola emoción, abrió la caja sacó la pastilla, la colocó sobre su lengua y la tragó con el vaso de agua que reposaba sobre la mesa de noche. El gesto fue simple y frío, pero por dentro sintió una punzada amarga. No por el medicamento. Sino por todo lo que simbolizaba. Aquella noche. La humillación. La forma en que Damian había reducido incluso la posibilidad de una vida a una nueva forma de desprecio. Cuando dejó el vaso, alzó la mirada. —Ya está. La voz le salió seca Damian asintió con una satisfacción oscura. —Más te vale. Después salió de la habitación sin una palabra más, dejando tras de sí el eco de s
La habitación del tercer piso estaba en silencio, el aire olía a flores frescas, a sábanas limpias, al perfume elegante de una casa donde todo parecía estar bajo control. Pero Loren no lograba encontrar calma. Permanecía sentada frente al tocador, con las manos apoyadas sobre el regazo y la mirada perdida en su reflejo. Afuera, el gran jardín de la mansión Harts se extendía impecable bajo la luz suave de la mañana. Todo era hermoso. Demasiado hermoso para una vida que se estaba derrumbando. Sus ojos azules bajaron lentamente. Y, como inevitablemente ocurría cada vez que se quedaba sola, su mente volvió a Antonio. El dolor seguía ahí. Crudo. Vivo. No importaba cuántas veces se repitiera que todo había terminado, que él la había insultado, que había fallado en verla, el vacío seguía presente. Lo extrañaba. Extrañaba su voz cuando todavía era suave. La forma en que tomaba su mano. La promesa de aquella cena con su familia que jamás llegó. Una punzada atravesó su pecho. —Te ex
Último capítulo