El vapor de la línea de la reina Carlota soltó un único silbato largo, un bramido sordo de hierro y agua caliente que hizo vibrar las planchas de madera del muelle de pasajeros de Prince Rupert. El sonido no tenía la estridencia de las alarmas del búnker; era una frecuencia baja, ordinaria, que se disipó rápidamente bajo el golpeteo del oleaje contra los pilares de abeto negro. El viento del Pacífico entraba ahora de lleno por la bocana del estuario, arrastrando un olor limpio a sal pura, a sar