El estrecho de Hécate no ofrecía una travesía limpia; era una llanura de agua plomiza y pesada que se movía con la lentitud de un músculo viejo bajo la quilla del vapor. A las ocho de la noche, el archipiélago de la Reina Carlota dejó de ser una promesa en los mapas de la oficina ferroviaria para convertirse en una línea baja de acantilados oscuros, coronados por una masa impenetrable de cedros que el viento del oeste inclinaba hacia el este, como si los propios árboles intentaran huir del mar