Miré a mi alrededor, a Romano, a mi hermano y finalmente a Ricardo. Las imágenes de la sangre, del cadáver, de la pistola humeante en la mano del guardaespaldas de Romano. El olor metálico de la sangre, de la pólvora, del perfume de Romano. Todo seguía golpeándome.
—¿Un asesinato? —Mi cuerpo tembló mientras me abrazaba a mí misma. Fue un acto sin pensar, tratando de protegerme de los recuerdos que se agolpaban en mi cabeza.
—¿De quién? —añadí tratando de parecer desconcertada por ese suceso. La