Habían pasado varios días desde la visita a “El Sanctum”. Romano había mantenido una distancia prudente y yo comenzaba a acostumbrarme a ser su asistente. Lo acompañaba a reuniones, tanto dentro como fuera de la oficina. Recogía números de teléfonos, agendaba citas y le recordaba a Romano sus citas. Sabía que no era todo el trabajo que una asistente de dirección debiera hacer. Debía ser resolutiva sin necesidad de Romano, pero de momento no me estaba ampliando las responsabilidades.
Esa ma