Mundo de ficçãoIniciar sessãoCogí aire dispuesta a gritar, pero su brazo derecho tiró de mí hacia él, aplastando mi pequeño cuerpo contra el suyo, pudiendo sentir su firme cuerpo contra el mío. Su mano izquierda taponó mi boca y nuestros ojos quedaron atrapados en una intensa mirada.
—No grites. ¿Vas a gritar? —preguntó sin soltar mi boca mientras me arrastraba dentro del despacho y con una patada cerraba la puerta.
Yo negué con mi cabeza, notando que la borrachera había desaparecido de golpe; solo quería salir corriendo, meterme debajo de las sábanas y cerrar ese día maldito. Me empujó hacia sus hombres y cada uno me agarró por un brazo.
—Matadla. —Fue una orden fría.
La orden me golpeó con una dureza desmedida y, sin saber cómo, mi lengua reaccionó.
—No, no gritaré, no diré nada y no me van a matar.
El dios griego rio ante mi osadía e hizo un gesto con la mano parando a sus dos hombres.
—¿No te van a matar? ¿Por qué no van a matarte? Has visto mi rostro, el cadáver, y son mis hombres.
—He tenido el peor día de mi vida, pero no quiero morir. —Respiré profundamente tratando de no gritar. —Solo deseo vivir. Me puedes vigilar y...
Trataba de pensar rápido, pero no sabía cómo salir de esta última jugada del destino. Él cogió mi bolso y miró mi documentación.
—De acuerdo. Natalia Collins —dijo recreándose en mi nombre con mi DNI en sus manos. —Tienes carácter, eres hermosa... ¿Estás dispuesta a ser mi sombra? ¿Mi asistente? ¿Mi propiedad?
El tiempo pareció pararse cuando terminaron sus palabras. Yo lo miré con rabia, tragué saliva y me atreví a preguntar lo que no decía.
—¿Qué implica ser tu propiedad?
—Lo implica todo. Cualquier cosa que desee hacer contigo, pero no te preocupes, yo cuido de mis pertenencias. ¿Aceptas?
No aparté la mirada de sus ojos.
—No hay otra forma de mantenerme con vida.
—No.
Fue una respuesta tajante, sin dejar opción a réplica.
—Pero yo no voy a delatarle y no le he hecho nada. —Supliqué esperando una respuesta menos tajante.
Entonces sacó una foto de mi cartera. Su gesto cambió ligeramente.
—¿Qué relación tienes con este hombre?
Mis ojos se llenaron de lágrimas contenidas cuando reconocí la foto de Ricardo.
—Es el cerdo de mi ex. Una de las desgracias de hoy.
La cara pareció relajarse, pero sus palabras volvieron a ser frías como el hielo.
—No hay más opciones. No voy a gastar esfuerzos en vigilarte; o eres mía o mueres ahora.
Entonces levantó su mano derecha y comenzó a cerrar uno a uno estos. Supongo que marcaba segundos para mi decisión. Las lágrimas comenzaron a rodar mientras mis palabras salieron en un murmullo.
—Seré tuya.
En mi cabeza estas sonaron como si fueran el final de mi vida. En parte así lo iba a ser, al menos como lo había sido hasta ese momento. Hubiera querido luchar, pero ¿qué podía hacer contra tres hombres fuertes y armados?
Salimos de forma discreta de la fiesta, sus dos hombres por delante y yo agarrada por la cintura por él.
Una vez en el coche me atreví a preguntar su nombre: “Alessandro Romano”. Paladeé el nombre; me sonaba haberlo escuchado, pero no alcancé a adivinar dónde. Estaba segura de habérselo escuchado a alguien, pero ¿a quién?
Miré la palanca de la puerta; quizás podría abrirla y saltar, pero ¿cuánto tardarían en parar y alcanzarme corriendo con los tacones?
—No pienses ninguna tontería. Si tratas de escapar, ordenaré a mis hombres matarte. Desbloquea el teléfono.
Lo miré y cogí mi teléfono. Se lo desbloqueé y, en cuanto se lo tendí, pareció entretenido estudiando las fotos y mis redes sociales, hasta que una foto de mi hermano le hizo detenerse.
—¿Es familia tuya Marcos Collins?
Asentí temblando, extrañada por esa pregunta, y le susurré mi parentesco. No me pareció necesario mentir. Si miraba más mis redes, vería el parentesco. No terminé de saber si ese parentesco era bueno o malo. Pues su rostro no cambió, solo asintió.
Cuando llegamos a su domicilio, un penthouse en lo alto de uno de los edificios más altos de la ciudad, me llevó hasta un dormitorio en la planta baja. Era una habitación sin personalización, muebles modernos de color negro, paredes blancas, una gran ventana desde la cual se veía la ciudad y dos puertas además de la de entrada.
—Desnúdate. —Fue una orden seca; ni siquiera pareció haber lujuria en sus ojos.
—¿No podría arreglarse de otra forma? Podría marcharme del país.
Trató de negociar nuevamente; no quería ser su esclava, su posesión, pero sus ojos permanecieron sin inmutarse.
—No. Siempre serías un peligro. ¿Qué te impediría en el control del aeropuerto correr a un policía y decirle?
¿Qué impediría correr hacia un policía en la calle? Me lo pregunté sin atreverme a decirlo en alto.
—Por favor.
—No insistas. Por tu ex te mataría ahora; por tu hermano te voy a dar una oportunidad. No tientes más a la suerte. Desnúdate.
Tragué saliva. ¿Qué relación había entre esas dos personas y Romano?
—No... —Comencé a decir temblando, mientras mis manos buscaban la cremallera del vestido.
Romano suspiró y se dio la vuelta dándome la espalda.
—Solo necesito toda tu ropa. No voy a violarte. Puedo ordenar un asesinato, pero no violo a mujeres.
No terminé de entender la necesidad de mi ropa, pero se la entregué absolutamente toda, incluyendo la interior y los zapatos.
—Te traeré algo para cubrirte; puedes usar el baño de la habitación si lo deseas.
Tras eso salió de la habitación y oí cómo se cerraba la puerta con llave. Había perdido mi libertad; no había sido violada ni asesinada, pero más allá de eso, mi vida había sido destruida completamente en un solo día. Miré por la ventana. ¿Saltar y quitarme la vida? Miré la cama. ¿Tumbarme y llorar hasta ser vencida por el sueño? Miré las dos puertas. ¿Investigar qué había tras esas otras dos puertas?
Finalmente, me decanté por investigar las puertas de mi prisión dorada. Un vestidor y un cuarto de baño perfectamente equipado. No era lujoso, las piezas básicas de un cuarto de baño. Me metí debajo de la ducha y dejé que el agua caliente ahogara mis penas...
Pasé un par de días encerrada en esa habitación. Aislada de todo. Solo la entrada de Romano alteraba mi aburrimiento y solo lo hacía para traer algo de comida y agua.
Al tercer día, al despertar, mis ojos se fijaron en la silueta de Romano. Me senté pegando mi espalda contra el cabecero y tapándome con las sábanas mi cuerpo desnudo.
—Ya tienes ropa en el armario. Ahora arréglate con eso. —dijo señalando la ropa situada en una de las esquinas de la cama. —Hoy comienza tu trabajo. Te espero fuera, no tardes, el desayuno se enfría.
Sonreí como pude. En esos días de encierro no me había hecho nada, pero tampoco nos habíamos comunicado mucho.
Él se levantó de la silla y se marchó de la habitación. Corrí entonces al cuarto de baño y me duché todo lo aprisa que pude. Tras esto, miré la ropa encima de la cama, pero antes decidí mirar el vestidor. No me lo podía creer; mientras estaba dormida, habían llenado el armario de ropa, complementos y, para mi sorpresa, joyas, maquillaje y perfume.
Respiré hondo. Romano había sido claro: arreglarme con lo de la cama. Nada de maquillaje, joyas o perfume. La ropa en lo alto de la cama era un vestido algo atrevido en amarillo, una torera del mismo color, zapatos de tacón negros, cinturón ancho negro, un pequeño estuche con pendientes y gargantilla discreta, un bolso pequeño, dentro del cual estaba una cartera con mi documentación, una tarjeta de crédito negra y un teléfono plegable nuevo. Por último, observé un frasco de perfume sin marca, pero cuando lo probé, olía mejor que el perfume más caro que hubiera olido.
Me arreglé y salí de la habitación, la cual no estaba cerrada. Romano leía el periódico mientras bebía una taza de café. En frente de él había un bol de fruta cortada, una tostada con queso fresco y kiwi y otra taza de café. Todo ello dispuesto para mí.
—Te ves radiante. Serás una buena asistente. —Sonrió mirándome de arriba abajo. —En cuanto termines de desayunar, bajamos a la oficina.
Por supuesto, me apuré en desayunar; no quería hacerlo esperar. Tras varios días, mi impresión hacia él había mejorado. Era frío, pero al menos conmigo no era un desalmado. Le daría una oportunidad de llevarnos bien.
Pero la mayor sorpresa estaba aún por llevármela cuando llegamos a su despacho.







