Mundo ficciónIniciar sesiónEn el mundo de los Richter, todo tiene un precio. Incluso el amor." Érica Montenegro siempre supo que su padre era un hombre ambicioso, pero nunca imaginó que la usaría como moneda de cambio. Para salvar a su familia de la ruina, Érica es obligada a casarse con León Richter, un hombre tan frío como el acero y tan peligroso como un depredador. El trato es simple: un año de matrimonio fingido, un contrato firmado con sangre y un divorcio asegurado. Pero en las sombras de las mansiones de lujo y las juntas de consejo, se esconde un secreto que ha costado vidas. León no es solo el verdugo de Érica; es una pieza más en un tablero de ajedrez diseñado por un patriarca sin escrúpulos. Cuando el deseo empieza a nublar el juicio y los secretos del pasado emergen de las cenizas de una cabaña incendiada, Érica y León deberán decidir: ¿Se destruirán el uno al otro para salvar sus imperios, o quemarán el mundo entero para ser libres?
Leer másLa luz del sol entraba por los grandes ventanales del comedor con una alegría que me resultaba ofensiva. No pegué el ojo en toda la noche después de que Keyla saliera de mi cuarto. Tenía el estómago revuelto, y no era por la cena que no probé. Miré el café negro en mi taza, deseando que tuviera el poder de borrar las últimas seis horas de mi vida.—Buenos días, Leon. ¿Dormiste bien? —la voz de Claudio, mi abuelo, retumbó en el salón.—Como pude, abuelo —respondí sin levantar la vista.En ese momento, la puerta se abrió. Abel entró primero, con su aire de importancia que ya me estaba cansando, seguido por una Keyla que caminaba con la cabeza baja, pero que al verme, me lanzó una mirada cargada de un veneno que me heló la sangre. Se sentó frente a mí, actuando como si no hubiera intentado meterse en mi cama hace unas horas. Qué cínica.Pero entonces, llegó ella.Érica entró al comedor como si fuera la dueña de la mansión. Llevaba unos pantalones de cuero negro y una camisa blanca demasi
Leon se quedó un momento mirando hacia el jardín, con el eco de los tacones de Érica todavía martillando en su cabeza. El dolor del pisotón ya era un latido sordo, pero el orgullo le escocía más.—¿Por lo visto ya te flecho? —escuchó una voz a su espalda.Leon giró la cabeza y vió a su amigo John, apoyado en el marco de la puerta con esa sonrisita de suficiencia que siempre cargaba. John era el único que se atrevía a hablarle sin filtros, quizá porque se conocían desde que usaban pantalones cortos.—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —le preguntó Leon, tratando de recuperar su compostura de heredero imperturbable.—Lo suficiente para ver que tu prometida te atrae más de lo que esperabas, amigo. Tienes esa cara de idiota que pones cuando algo te interesa de verdad.—Si... admito que es muy hermosa —confirmó Leon, suspirando. No tenía sentido mentirle a John.—Más hermosa que Evolet.El nombre cayó como una piedra en un estanque congelado. Leon tensó los hombros. —Tú sabes que es Evolet para mi
rica se miraba al espejo del baño, pero no se reconocía. Se había puesto un vestido negro, ajustado, de esos que gritan "luto" aunque sean de diseñador. Se soltó el pelo para que le cayera salvaje sobre los hombros y se pintó los labios de un rojo tan oscuro que parecía sangre seca. Quería verse peligrosa, no hermosa. Quería que Leon Richter se diera cuenta de que no estaba metiendo a una gatita en su casa, sino a una leona herida.—Érica, ¡apúrate! Ya todos están en el comedor —gritó su padre desde el otro lado de la puerta, golpeando la madera con impaciencia—. No me hagas quedar mal, por lo que más quieras.—Ya voy, papá. No te vas a morir por esperar cinco minutos —le contesté con un tono de voz que sabía que lo sacaba de quicio.Bajé las escaleras despacio, haciendo que el sonido de mis tacones resonara en el mármol silencioso de la mansión. Al llegar al comedor, la escena era casi cómica de lo perfecta que parecía. El señor Claudio en la cabecera, mi padre a su derecha, Keyla —q
Érica caminó por los pasillos de la mansión sintiendo que cada paso la acercaba más al patíbulo. Siguió a la joven sirvienta, que caminaba con una ligereza que ella envidiaba, hasta que se detuvieron frente a una puerta doble. Al entrar, el aire se sintió pesado, saturado de olor a tela nueva y laca para el cabello. Era una habitación enorme, bañada por la luz de la tarde, pero estaba invadida por una marea blanca: vestidos de novia por todos lados, colgando de percheros, sobre maniquíes, desparramados en sillones de terciopelo.Lo primero que vió fue a Keyla. Su hermana estaba en su elemento, con los ojos brillando de codicia, acariciando las sedas y los tules como si fueran tesoros sagrados.—Hola, mi nombre es Yuri —escuchó una voz a su lado. Se giró y se encontró con una mujer de unos cuarenta años, elegantemente vestida de negro, con una cinta métrica colgada al cuello como una soga—. Usted debe ser la novia, ¿verdad? —preguntó la mujer con una sonrisa profesional.—Creo que sí..
León caminaba por los pasillos exteriores, sintiendo todavía el punzante dolor en los dedos de su pie derecho. Esa mujer tenía una fuerza bárbara y una puntería envidiable. La buscó por el laberinto de arbustos, cerca de las fuentes, hasta que finalmente divisó una silueta apoyada en la barandilla del viejo kiosco de madera, ese rincón del jardín que siempre olía a pino húmedo y a recuerdos olvidados.Érica estaba de espaldas, con los hombros tensos, mirando hacia el horizonte como si esperara que un rayo la sacara de allí. Él se acercó despacio, tratando de no hacer ruido sobre la gravilla, aunque su cojera ligera lo delataba. Se detubo justo detrás de ella.—Si piensas que me disculpare estas mas que equivocado —soltó ella sin siquiera girarse. Su voz vibraba con una mezcla de orgullo y cansancio que a León, extrañamente, le pareció fascinante.—Está bien si no te quieres disculpar, pero déjame decirte que tienes un pie muy grande para ser tan pequeña —respondió él con un tono burlo
—Harás lo que yo te digo y punto —exclamo mi padre, con esa vena de la frente que siempre se le hincha cuando siente que está perdiendo el control. El aire en el despacho estaba tan pesado que casi se podía cortar con un cuchillo.—No lo haré, no soy una niña a la cual puedes manejar a tu antojo —le solté yo, sintiendo como la sangre me herbia en las venas. Me dolía el pecho de tanto coraje, de tanta impotencia. ¿En qué siglo creía que vivíamos?—Entonces si ya no eres una niña, Érica, ¡compórtate como tal y obedece a tu padre! —Su voz retumbó en las paredes, haciendo que los cuadros de caza que tanto odiaba vibraran.—Pero explícame... ¿por qué carajos quieres que me case con un hombre que ni siquiera conozco? ¿Tan poco valgo para ti que me vendes al mejor postor? —Las lágrimas de rabia me nublaban la vista, pero no iba a dejar que me viera llorar. No hoy.—Hija, no podemos perder esta oportunidad. Es por el bien de la familia, de la empresa... además, te he mostrado una fotografía d
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