Mundo ficciónIniciar sesiónEn el mundo de los Richter, todo tiene un precio. Incluso el amor." Érica Montenegro siempre supo que su padre era un hombre ambicioso, pero nunca imaginó que la usaría como moneda de cambio. Para salvar a su familia de la ruina, Érica es obligada a casarse con León Richter, un hombre tan frío como el acero y tan peligroso como un depredador. El trato es simple: un año de matrimonio fingido, un contrato firmado con sangre y un divorcio asegurado. Pero en las sombras de las mansiones de lujo y las juntas de consejo, se esconde un secreto que ha costado vidas. León no es solo el verdugo de Érica; es una pieza más en un tablero de ajedrez diseñado por un patriarca sin escrúpulos. Cuando el deseo empieza a nublar el juicio y los secretos del pasado emergen de las cenizas de una cabaña incendiada, Érica y León deberán decidir: ¿Se destruirán el uno al otro para salvar sus imperios, o quemarán el mundo entero para ser libres?
Leer másUn año después... El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de lino blanco, iluminando una cocina que no tenía mármol italiano ni grifos de oro, pero que rebosaba de una vida que ninguna mansión de la ciudad pudo darnos jamás. El aire olía a café recién colado, a pan casero saliendo del horno y a ese aroma dulce y empolvado que solo tienen los bebés. Yo estaba descalza, vistiendo una de las camisas de algodón de León que me quedaba como un vestido, moviéndome con cuidado para no despertar a los tres pequeños milagros que dormían en la habitación contigua. Me asomé por la ventana de nuestra casa de madera, esa que construimos con nuestras propias manos y el sudor de nuestra frente en este valle remoto, lejos de las garras de la alta sociedad y de los titulares de prensa que, durante meses, no dejaron de hablar del "Escándalo del Coltán" y de nuestra supuesta desaparición. —¡León! ¡Ven ya que el desayuno se enfría! —grité en un susurro fuerte, viendo cómo mi esposo caminaba en
La ciudad se sentía distinta desde la ventana de la habitación del hospital, menos como una jungla de cristal y más como un tablero de ajedrez donde todas las piezas habían sido derribadas. León estaba sentado en la cama, todavía con las marcas de las correas en las muñecas, pero con una mirada de paz que no le había visto nunca. El abuelo Claudio estaba tras las rejas, mi padre esperaba juicio en una celda común y Keyla... bueno, Keyla se había fugado al extranjero con lo poco que quedaba en sus cuentas, demostrando que la lealtad de los Montenegro siempre tuvo un precio muy bajo. —Érica, ya está. Somos libres —me dijo León, tomándome la mano. Sus dedos estaban cálidos ahora, ya no eran ese hielo que me recibió el primer día de nuestra boda falsa. —Casi libres, León —le respondí, sacando de mi bolso una pequeña llave de hierro, oxidada y vieja, que Don Pancho me había entregado antes de que la ambulancia se lo llevara para revisarlo—. El viejo Pancho me dijo que mi madre se la dio
El coche de mi padre rugía como una bestia herida por las avenidas de la ciudad. No me importaba pasarme los altos ni que las patrullas me miraran con sospecha; mi alma estaba en la habitación 402 y cada segundo que pasaba sentía que el hilo que me unía a León se estiraba hasta casi romperse. El mensaje de "traslado final" martilleaba en mi cabeza. Conocía al abuelo Claudio; para él, un nieto que ya no servía a sus propósitos era un mueble viejo que debía guardarse en un desván oscuro, sedado y olvidado, para que no manchara el apellido con sus "delirios" de amor y rebelión. Llegué a la Clínica San Judas, un edificio de cristal ahumado que parecía más una fortaleza que un hospital. Estacioné el coche justo en la entrada de emergencias, bloqueando el paso, y bajé sin mirar atrás. Mi aspecto era de pesadilla: el vestido negro desgarrado, la cara sucia de hollín y sangre seca, y una mirada que hizo que el recepcionista se quedara mudo antes de que pudiera preguntarme quién era. —Habita
El espejo del baño de la gasolinera me devolvía la imagen de un fantasma. Tenía la cara cruzada por un rasguño largo que todavía sangraba un poco, el cabello enredado con hojas secas y ceniza, y el vestido de seda —el mismo de la gala— estaba hecho jirones y manchado de la grasa del camión de carga. Me lavé la cara con agua fría, sintiendo como el ardor me recordaba que seguía viva. —No estoy muerta, malditos —susurré, apretando los puños hasta que me dolieron las manos. Salí de la gasolinera y caminé hacia el taxi que me esperaba. Le di la dirección del edificio central de los Richter. El conductor me miró de reojo, seguramente pensando que era una indigente o una loca, pero cuando saqué el fajo de billetes que Don Pancho me había dado (sus ahorros de toda la vida, que me obligó a llevarme antes del ataque), el hombre aceleró sin preguntar. Mientras tanto, en una habitación blanca y aséptica de la Clínica San Judas, el silencio solo era interrumpido por el bip-bip monótono de un m
Último capítulo