Sombras en la piel

Sombras en la pielES

Mafia
Última actualización: 2026-03-11
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Resumen
Índice

Elena Vargas, una enfermera de veinticuatro años que carga con un pasado lleno de sombras y pérdidas, ha construido una vida sencilla y segura en el tranquilo pueblo de Willow Creek. Turnos interminables en un hospital privado, fines de semana con su prima Sara y una rutina que mantiene a raya cualquier emoción peligrosa. Hasta la noche en que un hombre herido de bala entra en urgencias y exige que sea ella quien lo atienda. No da nombre, no da explicaciones, pero su mirada gris y su presencia imponente despiertan en Elena algo que creía muerto: un deseo prohibido que la arrastra sin remedio. Lo que comienza como un encuentro fugaz se convierte en una espiral de pasión contenida, secretos oscuros y decisiones que cambian todo. Steve es peligroso, obsesivo, imposible de olvidar… y Elena, por primera vez en años, se permite sentir. Pero en su mundo hay celos que queman, traiciones que duelen y amenazas que llegan desde donde menos se espera. Elena descubrirá que algunas heridas no se ven, pero sangran igual. Y que amar a alguien como él puede costar más de lo que cualquiera está dispuesto a pagar. Una historia de amor tóxico, deseo que consume y sombras que nunca dejan de perseguir.

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Capítulo 1

Las cicatrices que no se ven

Elena Vargas despertaba siempre a las 5:45 de la mañana, como si un reloj interno marcara el ritmo de su vida desde que tenía memoria. El apartamento era pequeño, un estudio en el tercer piso de un edificio viejo en Willow Creek, un pueblo de apenas cinco mil habitantes a una hora de Nueva York. Las paredes eran de un beige desvaído, el suelo de madera crujía bajo sus pies descalzos y la ventana del salón daba a un callejón donde solo pasaban gatos callejeros y algún vecino madrugador. No era bonito, pero era suyo. Nadie podía quitárselo.

Se levantó de la cama individual —la misma que había comprado en una tienda de segunda mano cuando llegó al pueblo hacía cinco años— y fue directa al baño. El espejo empañado le devolvió una cara cansada pero decidida: ojos castaños grandes, cejas marcadas, pelo negro largo que siempre llevaba recogido en una coleta alta para trabajar. Tenía veinticuatro años, pero a veces se sentía de cuarenta. Las cicatrices no se veían en la piel, pero las llevaba dentro, como sombras que nunca se iban.

Cuando tenía siete años, sus padres murieron. No fue un accidente. Fue una noche de tormenta en Chicago. Elena recordaba el ruido de la puerta principal abriéndose de golpe, los gritos ahogados, los disparos que sonaron como petardos lejanos. Se escondió en el armario del pasillo, abrazando una muñeca de trapo, hasta que la policía la encontró horas después. No lloró. No podía. Los servicios sociales la llevaron a un centro de acogida donde pasó seis meses eternos: camas compartidas, comidas frías, miradas de adultos que la veían como un expediente más.

Luego llegó la adopción. Los Vargas eran una pareja de mediana edad de Nueva Jersey: él profesor de matemáticas, ella bibliotecaria. No podían tener hijos y querían darle una vida normal. La llamaron Elena desde el primer día. La criaron con cariño, con reglas, con libros y cenas en familia. Pero Elena nunca se sintió del todo en casa. Siempre había una parte de ella que esperaba el siguiente golpe.

A los dieciséis conoció a Ryan. Era el chico malo del instituto: moto, tatuajes, promesas susurradas en el asiento trasero de un coche robado. Elena se enamoró rápido, como se enamoran las chicas que han crecido sin seguridad. Al principio fueron besos robados y risas. Luego vinieron los gritos, los moretones que ocultaba con mangas largas, las noches llorando en el baño. Duró dos años. A los dieciocho, una noche en que Ryan la empujó contra la pared y le dijo que nadie más la querría, Elena hizo la maleta. No le dijo a nadie. Solo dejó una nota en la mesa de los Vargas: “Gracias por todo. Necesito empezar de cero”. Tomó un autobús a Nueva York y luego otro más pequeño hasta Willow Creek. Nunca volvió a mirar atrás.

Aquí encontró trabajo en el Hospital Privado Willow Creek, un centro pequeño pero bien equipado, financiado por donantes ricos de la ciudad. Era enfermera de planta: turnos de doce horas, pacientes con gripes caras, chequeos rutinarios de ejecutivos estresados y alguna que otra emergencia menor. El sueldo no era mucho, pero alcanzaba para el alquiler, la comida y algún capricho. Sus compañeros la querían: era eficiente, amable y nunca se quejaba. Solo su prima Sara sabía toda la verdad.

Sara tenía veintiséis años y era lo más parecido a una hermana que Elena había tenido. Vivía en un apartamento más grande cerca del centro del pueblo y trabajaba como camarera en El Horizonte, un bar-restaurante de lujo en las afueras, donde los ricos de Nueva York venían los fines de semana a fingir que escapaban del estrés. Sara era rubia, risueña, siempre con un chiste en la punta de la lengua. Cada viernes por la noche, Elena salía del hospital, se cambiaba el uniforme por jeans y una blusa bonita, y iba a buscarla. Se sentaban en la barra después del cierre, tomaban una cerveza y hablaban hasta las tres de la mañana.

Esa noche de viernes era igual a las demás. Elena llegó a El Horizonte pasadas las once. El local estaba lleno: mesas con manteles blancos, luces tenues, jazz suave de fondo. Sara la vio desde la barra y le hizo un gesto para que se sentara en su sitio habitual.

—Estás muerta, prima —dijo Sara mientras le servía un vaso de agua con limón—. ¿Turno largo hoy?

—Doce horas. Un paciente con apendicitis a última hora. Casi me quedo dormida en el coche.

Sara se apoyó en la barra, limpiando un vaso con un trapo.

—Necesitas vacaciones. O un novio. Algo que te saque de esa rutina.

Elena sonrió a medias.

—No necesito novio. Necesito dormir.

Pero esa noche había alguien nuevo en el local. En una mesa del fondo, un hombre solo con traje gris oscuro, bebiendo whisky sin hielo. No era de los habituales. Elena lo miró un segundo más de lo necesario. Pelo castaño corto, mandíbula marcada, ojos que parecían escanear el lugar como si esperara problemas. Cuando sus miradas se cruzaron, él levantó la copa en un saludo sutil. Elena apartó la vista rápido, sintiendo un calor extraño en las mejillas.

—¿Quién es ese? —preguntó en voz baja.

Sara miró hacia allá y se encogió de hombros.

—No lo sé. Vino hace una semana por primera vez. Paga bien, deja propinas gordas, pero no habla mucho. Se llama Daniel, creo. Algún inversor o algo.

Elena no preguntó más. Terminaron la noche como siempre: risas, anécdotas del hospital, planes tontos de viajar algún día a la playa. Cuando salió del bar, el aire fresco de octubre le golpeó la cara. Daniel ya no estaba.

Al día siguiente, sábado, Elena tenía turno de mañana. Llegó al hospital a las siete. El pasillo olía a desinfectante y café quemado. Saludó a la recepcionista, revisó el parte de pacientes y empezó su ronda. Todo normal. Hasta que, a media mañana, la puerta de urgencias se abrió de golpe.

Tres hombres entraron. Trajes negros, expresión dura. Uno de ellos sostenía al tercero por la cintura: camisa blanca manchada de sangre en el costado, cara pálida pero controlada. El herido levantó la vista y sus ojos grises se clavaron directamente en Elena.

—Tú —dijo con voz ronca—. Cúrame. Ahora.

Elena sintió un escalofrío. No era una petición. Era una orden. Y algo en su postura, en la forma en que los otros dos hombres se colocaron como guardaespaldas, le dijo que este no era un paciente normal.

Pero no había tiempo para dudas. Lo llevó a una sala de curas, cerró la puerta y empezó a trabajar.

Mientras le quitaba la camisa con cuidado, vio el torso perfecto: músculos definidos, cicatrices antiguas cruzando la piel como mapas de batallas olvidadas. La bala había entrado limpio por el costado, salido por detrás. No tocó órganos vitales. Elena limpió, suturó, vendó. Él no se quejó ni una vez. Solo la miraba. No dijo su nombre. No dio datos. Cuando terminó, se puso la camisa rota y se levantó.

—Gracias —murmuró.

Elena tragó saliva.

—Deberías quedarte en observación. Puede infectarse.

Él sonrió apenas, una curva peligrosa.

—No me gusta quedarme quieto.

Se fue sin mirar atrás. Los otros dos hombres lo siguieron. Elena se quedó sola en la sala, con el corazón latiéndole fuerte y el olor a sangre y colonia cara todavía en el aire.

No sabía quién era. Pero sabía que era peligroso. Y, contra toda lógica, no podía dejar de pensar en él

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