Mundo ficciónIniciar sesiónElena Vargas, una enfermera de veinticuatro años que carga con un pasado lleno de sombras y pérdidas, ha construido una vida sencilla y segura en el tranquilo pueblo de Willow Creek. Turnos interminables en un hospital privado, fines de semana con su prima Sara y una rutina que mantiene a raya cualquier emoción peligrosa. Hasta la noche en que un hombre herido de bala entra en urgencias y exige que sea ella quien lo atienda. No da nombre, no da explicaciones, pero su mirada gris y su presencia imponente despiertan en Elena algo que creía muerto: un deseo prohibido que la arrastra sin remedio. Lo que comienza como un encuentro fugaz se convierte en una espiral de pasión contenida, secretos oscuros y decisiones que cambian todo. Steve es peligroso, obsesivo, imposible de olvidar… y Elena, por primera vez en años, se permite sentir. Pero en su mundo hay celos que queman, traiciones que duelen y amenazas que llegan desde donde menos se espera. Elena descubrirá que algunas heridas no se ven, pero sangran igual. Y que amar a alguien como él puede costar más de lo que cualquiera está dispuesto a pagar. Una historia de amor tóxico, deseo que consume y sombras que nunca dejan de perseguir.
Leer másDaniel giró el volante con una mano, entrando en el camino de grava que conducía a la cabaña. Estaba muerto de cansancio tras el turno, pero traía una bolsa con cena china y un par de cervezas frías. En su cabeza, el plan era sencillo: sentarse con Elena, ver cualquier película que la hiciera sonreír y, quizás, solo quizás, rozarle la mano un poco más de tiempo que la noche anterior. Quería ir despacio, joder, quería demostrarle que no todos los tíos eran unos animales.Pero en cuanto apagó el motor, el silencio le dio un bofetón. No era el silencio tranquilo de la montaña; era un silencio vacío, de esos que te erizan los pelos del cuello. Entró en la casa y lo primero que le golpeó fue el olor a lejía y a productos de limpieza. Demasiado fuerte. Casi parecía que alguien hubiera intentado borrar un rastro.—¿Elena? —llamó, dejando las bolsas en la mesa.Nadie respondió. Subió las escaleras de dos en dos, con un nudo en el estómago que le impedía respirar. Al entrar en el dormitorio, v
La luz de la mañana se filtraba por las cortinas de la cabaña con una pureza que a Elena le resultaba insultante. Se despertó con el cuerpo pesado, sintiendo todavía en la piel el rastro de las manos de Marcus y el frío de la alfombra donde se habían entregado el día anterior. A su lado, la cama estaba vacía. Escuchó el sonido de la cafetera en la cocina y el silbido suave de Daniel.Se levantó y se envolvió en la bata, sintiéndose como una intrusa en su propio refugio. Al salir al salón, vio a Daniel dejando dos tazas de café humeante sobre la mesa. Él la miró con esa sonrisa mansa, llena de una bondad que a ella le quemaba las entrañas.—Buenos días, Elena —dijo él, acercándose para darle un beso tierno en la mejilla, rozando apenas su piel—. Te he dejado dormir un poco más. Parecías agotada anoche.—Gracias, Daniel. No he pasado una buena noche —mintió ella, bajando la vista hacia la alfombra.Daniel frunció el ceño levemente. Caminó hacia la chimenea y se agachó para recoger un pe
La puerta de la cabaña se cerró con un clic sordo, pero en el silencio del bosque sonó como un trueno. Marcus se quedó allí, apoyado contra la madera barnizada, con la chaqueta goteando sobre el suelo que Daniel mantenía impecable. Elena no se movió; se quedó de pie junto a la mesa del comedor, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. El aroma a pino y cera de la casa, ese olor que Daniel asociaba con la paz, fue invadido de pronto por el olor metálico de la lluvia y el perfume caro y frío de Marcus.—¿Cómo me has encontrado? —susurró Elena. Su voz apenas era un hilo, como si temiera que las paredes de su pequeño santuario se derrumbaran al pronunciar esas palabras.—Te lo he dicho fuera, Elena. Encendiste el móvil. Solo fueron unos segundos, pero mi contacto en la central no necesitó más para triangular la señal de la torre más cercana —Marcus dio un paso al frente, entrando de lleno en la calidez del salón. Sus ojos oscuros recorrieron la est
El silencio en el despacho de Steve era denso, roto solo por el sonido de la respiración agitada de Bianca tras aquel beso forzado por el chantaje. Ella le sonreía con una victoria venenosa brillando en sus ojos azules, convencida de que lo tenía domado bajo el peso de la vida de su hermano. Steve, sin embargo, se apartó de ella con una mueca de asco físico, como si el contacto le hubiera infectado la sangre. No dijo una palabra. Salió de la oficina a zancadas, ignorando los gritos de su esposa, y bajó las escaleras hacia el salón del casino con un presentimiento negro devorándole las entrañas.Al llegar a la barra, vio a Marcus. Su hermano estaba rígido, con la mirada perdida en un punto fijo sobre la madera noble, sosteniendo un vaso de whisky con la mano temblorosa.—¿Dónde está ella? —rugió Steve, apartando a un camarero de su camino con una violencia que hizo que varios clientes se giraran.Marcus no respondió con palabras. Simplemente señaló hacia la superficie de la barra.





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