Mundo ficciónIniciar sesiónElena Vargas, una enfermera de veinticuatro años que carga con un pasado lleno de sombras y pérdidas, ha construido una vida sencilla y segura en el tranquilo pueblo de Willow Creek. Turnos interminables en un hospital privado, fines de semana con su prima Sara y una rutina que mantiene a raya cualquier emoción peligrosa. Hasta la noche en que un hombre herido de bala entra en urgencias y exige que sea ella quien lo atienda. No da nombre, no da explicaciones, pero su mirada gris y su presencia imponente despiertan en Elena algo que creía muerto: un deseo prohibido que la arrastra sin remedio. Lo que comienza como un encuentro fugaz se convierte en una espiral de pasión contenida, secretos oscuros y decisiones que cambian todo. Steve es peligroso, obsesivo, imposible de olvidar… y Elena, por primera vez en años, se permite sentir. Pero en su mundo hay celos que queman, traiciones que duelen y amenazas que llegan desde donde menos se espera. Elena descubrirá que algunas heridas no se ven, pero sangran igual. Y que amar a alguien como él puede costar más de lo que cualquiera está dispuesto a pagar. Una historia de amor tóxico, deseo que consume y sombras que nunca dejan de perseguir.
Leer másElena llegó a casa con el cuerpo temblando de adrenalina y algo más que no quería nombrar. Cerró la puerta con llave dos veces, como si alguien pudiera entrar detrás de ella. El apartamento estaba en silencio, solo el zumbido del frigorífico y el tic-tac del reloj de pared. Se quitó las botas de un tirón, dejó caer el bolso en el suelo y se dejó caer en el sofá sin encender la luz. La oscuridad le parecía más segura.No podía quitarse de la cabeza las palabras de Marcus: “Digamos que mi hermano tiene buena memoria para las caras… y para los nombres que le llaman la atención”. ¿Qué significaba eso? ¿Steve había hablado de ella esa misma noche, en la mesa del bar, mientras esas mujeres lo tocaban? ¿O antes? La duda le quemaba.Se levantó y fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua fría y se lo bebió de un trago. El teléfono vibró en el bolsillo trasero de los jeans. Lo sacó sin mirar, pensando que sería Sara preguntando si había llegado bien.Número desconocido.El pulso se le aceleró.
El viernes llegó como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Elena había pasado la semana entera con la mente dividida: turnos en el hospital, pacientes quejándose de dolores imaginarios, noches en las que se despertaba sudando con la imagen de Steve inclinándose sobre ella en la sala de curas. No había vuelto al hospital. No había llamado. Solo su nombre flotando en su cabeza como un secreto que no quería guardar.Decidió que necesitaba aire. Y necesitaba a Sara. Así que, después del turno de tarde, se cambió en el vestuario del hospital por unos jeans oscuros, botas bajas y una blusa negra de escote sutil que no usaba casi nunca. Se miró al espejo del baño: pelo suelto, un toque de máscara y labios rojos. No sabía por qué se arreglaba más de lo habitual. O sí lo sabía. Pero no quería admitirlo.Llegó a El Horizonte pasadas las diez. El bar estaba lleno, como siempre los viernes. Música suave, luces ámbar que hacían que todo pareciera más caro de lo que era. Sara la vio desde la
Elena no durmió esa noche. Se quedó mirando el techo del estudio, con las luces de los coches pasando por la ventana como rayas fugaces. El reloj de la mesita marcaba las 3:17 cuando por fin cerró los ojos, pero el sueño no llegó. En su lugar, volvía una y otra vez la imagen de ese hombre: el torso marcado por cicatrices antiguas, la forma en que no había pestañeado mientras ella le suturaba la herida, el olor metálico de la sangre mezclado con algo más oscuro, como cuero y humo de cigarro caro. No había dicho su nombre. No había dado las gracias de verdad. Solo “gracias” seco, y luego se había ido como si nada hubiera pasado.Al día siguiente, domingo, Elena tenía turno de tarde. Llegó al hospital a las dos y media, con ojeras que intentaba disimular con un poco de corrector. El pasillo estaba tranquilo: un par de pacientes en observación, la recepcionista charlando por teléfono, el olor habitual a café y antiséptico. Saludó a la doctora Ramírez, que estaba revisando historiales, y e
Elena Vargas despertaba siempre a las 5:45 de la mañana, como si un reloj interno marcara el ritmo de su vida desde que tenía memoria. El apartamento era pequeño, un estudio en el tercer piso de un edificio viejo en Willow Creek, un pueblo de apenas cinco mil habitantes a una hora de Nueva York. Las paredes eran de un beige desvaído, el suelo de madera crujía bajo sus pies descalzos y la ventana del salón daba a un callejón donde solo pasaban gatos callejeros y algún vecino madrugador. No era bonito, pero era suyo. Nadie podía quitárselo.Se levantó de la cama individual —la misma que había comprado en una tienda de segunda mano cuando llegó al pueblo hacía cinco años— y fue directa al baño. El espejo empañado le devolvió una cara cansada pero decidida: ojos castaños grandes, cejas marcadas, pelo negro largo que siempre llevaba recogido en una coleta alta para trabajar. Tenía veinticuatro años, pero a veces se sentía de cuarenta. Las cicatrices no se veían en la piel, pero las llevaba
Último capítulo