Mundo ficciónIniciar sesiónElena Vargas, una enfermera de veinticuatro años que carga con un pasado lleno de sombras y pérdidas, ha construido una vida sencilla y segura en el tranquilo pueblo de Willow Creek. Turnos interminables en un hospital privado, fines de semana con su prima Sara y una rutina que mantiene a raya cualquier emoción peligrosa. Hasta la noche en que un hombre herido de bala entra en urgencias y exige que sea ella quien lo atienda. No da nombre, no da explicaciones, pero su mirada gris y su presencia imponente despiertan en Elena algo que creía muerto: un deseo prohibido que la arrastra sin remedio. Lo que comienza como un encuentro fugaz se convierte en una espiral de pasión contenida, secretos oscuros y decisiones que cambian todo. Steve es peligroso, obsesivo, imposible de olvidar… y Elena, por primera vez en años, se permite sentir. Pero en su mundo hay celos que queman, traiciones que duelen y amenazas que llegan desde donde menos se espera. Elena descubrirá que algunas heridas no se ven, pero sangran igual. Y que amar a alguien como él puede costar más de lo que cualquiera está dispuesto a pagar. Una historia de amor tóxico, deseo que consume y sombras que nunca dejan de perseguir.
Leer másEl pitido continuo y monótono del monitor médico rudimentario se clavaba en los oídos de los presentes como una aguja de hielo. Nadie se movía en el interior de la camioneta. El silencio que se instaló en el cobertizo de mantenimiento ferroviario era denso, pesado, impregnado del olor ferroso de la sangre que cubría los asientos delanteros y las manos del médico. Marcus Castellano yacía inmóvil en el asiento del copiloto, con la mirada fija en las chapas del techo y el pecho finalmente en paz tras una noche de violencia absoluta.Detrás del cristal divisor, el dolor contenido estalló con una fuerza devastadora en el pecho de Elena. Al ver que Daniel apartaba las manos del tórax de Marcus y bajaba la cabeza en señal de derrota, la enfermera sufrió una crisis emocional insoportable. Intentó arrancarse la máscara del ambú manual con los dedos temblorosos, buscando desesperadamente un aire que la culpa, el shock y el desgarro de perder a Marcus le negaban. Ella, que tantas veces había des
El volante de tres ejes del gigantesco camión cisterna vibró violentamente bajo las manos laceradas y ensangrentadas de Steve Castellano cuando este ejecutó un giro salvaje y desesperado hacia el este. El mastodonte de acero derrapó sobre el asfalto completamente inundado de la carretera de la costa, haciendo que las toneladas de gasoil industrial se sacudieran dentro del tanque con un oleaje sordo que amenazaba con hacer volcar el vehículo en cada curva. Enzo se golpeó con dureza contra la ventanilla del copiloto al recibir el impacto de la inercia, pero sus brazos se mantuvieron firmes, abrazando con todas sus fuerzas el maletín negro de cuero rígido que contiene la fortuna robada de las cuentas secretas de los Valenti.—¡Steve, frena un maldito segundo! ¡El sector cuatro está colindante con la línea de control de la policía! —grita Enzo, usando la manga de su camisa empapada para limpiar frenéticamente el vaho que se acumulaba en el parabrisas astillado por los impactos de bala—. S
El volante de tres ejes del camión cisterna vibró violentamente bajo las manos ensangrentadas de Steve Castellano cuando este dio un giro salvaje hacia el este. El mastodonte de acero derrapó sobre el asfalto inundado de la carretera de la costa, haciendo que las toneladas de gasoil industrial se sacudieran dentro del tanque con un oleaje sordo. Enzo se golpeó contra la ventanilla del copiloto, pero no soltó el maletín negro que contenía la fortuna robada a los Valenti.—¡Steve, el sector cuatro está colindante con la línea de la policía! —gritó Enzo, limpiando el vaho del parabrisas astillado—. Si metemos este camión por las vías muertas, nos verán desde la carretera general. ¡Es una puta ratonera!—¡Me importa una mierda! —rugió Steve, y por primera vez en toda la noche, la máscara de frialdad del estratega se quebró, dejando ver una desesperación brutal—. Mi hermano está muriéndose en ese cobertizo. No he aguantado las cadenas de Lorenzo para ver a Marcus terminar en una puta zanja
Mientras Daniel libraba una batalla desesperada con el instrumental quirúrgico en el cobertizo ferroviario, la Terminal Norte del puerto se había convertido en un callejón sin salida. Enzo regresó corriendo de la oficina del muelle de carga con un maletín negro de cuero rígido bajo el brazo, donde las tarjetas de coordenadas de las cuentas de Panamá de Matteo y Bianca Valenti estaban por fin a buen recaudo. Su rostro estaba empapado en sudor y agua de lluvia, y sus ojos reflejaban un pánico que no había mostrado en toda la noche.—¡Steve, tenemos un problema de los grandes! —gritó Enzo, deslizándose detrás del camión cisterna donde Steve Castellano intentaba recuperar el aliento, apoyando sus manos aún envueltas en las cadenas rotas contra el guardabarros metálico—. No son solo las ratas de Matteo. Alberto acaba de llegar del búnker. Ha traído a dos todoterrenos llenos de sus hombres más pesados y han bloqueado con los vehículos la única verja de salida de la terminal. Saben que estam
Último capítulo