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Capítulo 003: No volverá a pasar

El desayuno transcurrió en silencio, solo interrumpido por el ruido que hacía el pasar de las hojas del periódico. No me terminaba de atrever a hablar, pero los nervios me destrozaban por dentro. Me había entregado un teléfono y no tuvo miedo a que yo lo usara para delatarle. No podía dejar de sorprenderme su seguridad.   

—¿Has terminado? —me preguntó tras mirar su reloj y yo asentí. —Entonces bajemos. Sígueme un paso por detrás.   

Bajamos una planta en su ascensor privado y nos dirigimos a una sala con paredes de cristal donde había reunidas unas diez personas. Todas se levantaron al ver entrar a Romano. Y casi como si fuera una coreografía, todos dijeron: “Buenos días, señor Romano”. Solo cuando este se sentó, el resto del personal también se sentó.   

—Buenos días. Esta chica a mi espalda es Natalia Collins; a partir de hoy es mi asistente personal. Cualquier cosa que les pida se la proporcionaréis, pues será por orden mía.   

Después pasó a presentarme uno a uno con sus cargos; yo iba revisando tener sus contactos en mi nuevo teléfono. Sentía cierta incomodidad en las miradas de algunos; en parte era entendible. Ser asistente de alguien con ese poder, siendo una joven desconocida, creaba recelo. Aun así, estos no eran mi mayor problema.   

Fue una reunión rápida, solo para la presentación, tras la cual nos dirigimos a su despacho. Romano solo me miraba con curiosidad, sin darme ninguna indicación, y yo temía meter la pata. Justo cuando llegábamos a su despacho, una arpía se levantó de la mesa anterior a su puerta y nuestras miradas se enfrentaron por un segundo.   

—Buenos días, señor Romano.   

—Buenos días, Mónica. Esta joven es Natalia Collins y a partir de hoy es mi mano derecha. Espero que se lleven bien.   

Mónica apretó los labios en una sonrisa totalmente forzada; yo le extendí la mano con cierto asco.  

De entre todas las personas de este mundo, ¿por qué Mónica era su secretaria? Ahora mismo era la segunda persona que menos deseaba ver. Desgraciadamente, iba a ser la persona con la cual me viera todas las mañanas que acudiera a la oficina con Romano. 

Tras el apretón de manos, Romano me indicó seguirle a su despacho y yo me froté la mano en el vestido, asqueada. Al menos, había sido lo suficientemente distante para no ser los típicos dos besos. 

El despacho, al igual que mi cuarto, era blanco y negro. Empezaba a comprender que, en cuanto a mobiliario, tenía una obsesión por el blanco y negro. Aun así, denotaban un acabado y un diseño que no dejaba lugar a duda sobre su excesivo valor. 

—¿Qué esperas exactamente de mí como asistente? —pregunté mientras él se sentaba.  

—Primero, que no preguntes. Segundo, no cuentes nada de lo que oigas o veas. Tercero, que lleves mi agenda y contactos.   

Después comenzó a explicarme cómo funcionaban ciertas cosas del teléfono y cómo debía gestionar su vida legal, su vida oscura y su vida privada.  

—¿Por qué yo? —pregunté al final de toda la explicación.  

—¿Qué te dije de no preguntes?  

Bajé la cabeza y apreté los puños. Para luego volver a mirar sus ojos grises.  

—Máteme, pero necesito entender las cosas. Aunque sea por un capricho. No me resulta normal que tengas a esa zorra y quieras que yo me encargue de esto.  

Romano se levantó y caminó hacia mí. Yo fui retrocediendo paso a paso hasta chocar con una de las paredes. Entonces él me agarró la barbilla y la levantó hacia él con una sonrisa.  

—Porque, a diferencia de esa “zorra”, tú me perteneces. Tú conoces mi lado oscuro y sabes lo que le pasa a quien me enfada.  

Tragué saliva asustada, pero a la vez ese contacto y esas palabras aceleraban de forma extraña mi corazón. Quizás fuera por el peligro, quizás por su aroma y su cercanía, quizás por el terror, pero era algo que me hacía alterarme.    

—Pero... —Me mojé los labios. —... No me vas a matar. No por preguntarte en privado. 

Su mano siguió un momento en mi barbilla, como si estuviera meditando si hacerlo o no. 

—Eres una belleza. —Rompió al fin el silencio moviendo mi cabeza y mirando mi rostro. —No sé cómo ese estúpido fiscal decidió ponerte los cuernos. ¿Fue con una conocida tuya? 

—Fue con la arpía de tu secretaria.  

Las palabras salieron de mi boca como un torbellino liberador. Romano frunció el entrecejo. No supe de primera el motivo. 

—¿Ella con tu ex?  

Preguntó como verificando mi respuesta. Yo traté de asentir, pero su mano sujetaba con mayor firmeza mi barbilla, casi al punto de comenzar a hacerme daño. 

—Sí. —Terminé susurrando. 

Entonces, sin aviso previo, sus labios se apoderaron de los míos. Abrí los ojos como platos al comprobar cómo estos reclamaban los míos con una violencia nunca sentida por mí. Mi cuerpo tembló bajo su presión, sin saber bien cómo reaccionar a esa violación, esa imposición, ese reclamo de mi ser. 

Fue un beso violento, posesivo, furioso. Me mordió con fuerza el labio hasta el punto de causarme dolor, pero se detuvo justo en el momento anterior a hacerme sangrar. 

Su mano izquierda se había deslizado detrás de mi espalda y me empujaba contra su escultural cuerpo, envolviéndome en su aroma. Mientras la mano derecha dejó mi barbilla y se apoderó de mi pecho izquierdo. 

Un gemido se escapó de mis labios cuando sus labios dejaron mi boca para bajar a mi cuello. Mi cuerpo estaba reaccionando en contra de mi voluntad, pero en ese momento me soltó como si le hubiera dado una descarga eléctrica. 

Se giró dándome la espalda y caminó hacia la enorme ventana desde la cual se veía la ciudad y la bahía. Yo me quedé temblando, maldiciendo a mi cuerpo por querer más de ese hombre. Sin comprender por qué me sentía alterada. ¿Era miedo o deseo? 

—Perdí los nervios. No volverá a pasar. 

Lo miré confundida. Sin entender ninguna de sus malditas acciones y sin entender por qué me molestaba el haber parado. Era imposible estar sintiendo algo por él. Me había secuestrado, arrancando mi libertad y era un asesino, pero mi estúpido cuerpo anhelaba más. Estaba tentada de dar un paso hacia él, de decir que yo le pertenecía y él tenía derecho a usarme. Y eso me aterraba; no era algo racional, debía odiarlo, no desearlo. Entonces decidió añadir. 

—Ve por un café para los dos. Mónica te dirá cómo me gusta y dónde conseguirlo. 

Respire un momento. Me recompuse mi ropa. Saqué de mi cabeza esos pensamientos extraños y sin lógica, para volcar estos en la arpía de fuera. Me dirigí fuera del despacho. Justo antes de coger el picaporte de la puerta, Romano añadió. 

—El fiscal es tonto. Vales mucho más. 

Una sonrisa tonta se formó en mis labios.  Que alguien como Romano dijera eso era una pequeña victoria para mí. No había considerado nunca a Mónica mi rival, pero ver a Ricardo besándola fue devastador para mí. Mi confianza se había tambaleado e incluso pensaba en ese momento ser inferior a ella y por eso haber perdido a Ricardo ante ella.

Al salir del despacho, mis ojos y los de Mónica se encontraron como si de ellos salieran miles de dagas. Caminé hasta ella y me resigné a no darle una bofetada. No era ni el lugar ni el momento. ¿Lo vería ella igual?

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