Era la mañana de Nochevieja. Todo era alegría aparente en la ciudad, excepto para mí. Mi despertador no había sonado, el calentador se quedó sin gas, mi viejo escarabajo me dejó tirada a un kilómetro de mi trabajo y, por llegar tarde, mi jefe me despidió. Las cosas no podían salirme peor en un solo día, o eso creía yo. Caminaba casi arrastrando mis pies camino de la casa de mi prometido. Siete años juntos, desde el instituto. Lo creía el hombre más maravilloso sobre el planeta, pero al doblar una esquina me lo encontré sentado en la terraza de nuestra cafetería favorita con otra mujer. Respiré hondo: “No, relájate”. Me dije mientras seguía caminando para acercarme más, pero a la vez intentando no ser vista. “Solo será una amiga”; puede tener amigas, tiene amiga y yo, se supone, estoy trabajando. No puedo pensar en que me está... Hasta ahí duraron mis pensamientos, pues de repente el desgraciado de mi prometido cogió a la joven por el cuello y sus labios se juntaron en u
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