Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl coche nos recogió en la entrada del club. Yo me tambaleaba un poco; debo reconocer que bebí bastante espumoso y no aguanto bien el alcohol. Una vez en su interior y tras comenzar a rodar el coche, miré a Romano. Una sonrisa estúpida me vino a los labios al recordar cómo me había salvado de las garras de Jorge y su intención de quién sabe qué atrocidad pretendía hacer conmigo.
Entonces recordé la ficha de Julia; era una de las que iban en esa carpeta roja. Recordé nuestra última conversación, en la cual yo me quejaba diciéndole que no era una puta y ella me recriminó que tampoco. No podía dejar su futuro en manos de Jorge, debía hacer algo. Recosté mi cabeza en el brazo de Romano antes de hablar.
—Señor, una de ellas es Julia, es mi amiga y en parte la responsable de ser yo ahora suya. Por favor, ¿puede salvarla?
Romano movió su brazo para que mi cabeza descansara directamente en su costado y acarició mi cabello. Manteniéndose en silencio por un par de minutos. Entonces abrió despacio la carpeta y fue pasando fichas hasta que le susurré.
—Esa es mi amiga.
Él cogió la ficha con su mano izquierda y pareció estudiarla con detenimiento. Mi corazón estaba alterado: el alcohol, la cercanía, cómo me había protegido y la posibilidad de que salvara también ahora a Julia.
Romano no me debía nada; más bien, yo le debía seguir con vida, pero algo en mi interior me hacía confiar en su magnificencia. Hice algo estúpido, pero necesitaba ablandarlo; mi mano se dirigió a su pecho y jugué con su corbata.
—¿Te importa mucho esta muchacha? —La voz de Romano fue fría, pero seguía acariciando mi cabello dándome esperanza.
—Es mi mejor amiga.
Noté cómo él apretó ligeramente más fuerte mi cabello; una sonrisa vino a mis labios, pero sus siguientes palabras fueron un jarro de agua fría.
—¿Sabes cuánto cuesta la vida de una chica de clase media baja?
Mi mano se congeló sobre su pecho, sintiendo su respiración calmada. Realmente desconocía cuánto había costado mi vida para Romano; habían hablado sobre porcentaje sobre la información a facilitarle y mucho menos conocía cuánto podía costar la vida de Julia. Me odiaba por esto, pero negué con la cabeza contra su pecho y mi mano descendió hacia su muslo, ofreciendo mi cuerpo como pago por la vida de mi amiga. O al menos intentando que él lo entendiera así sin necesidad de recurrir a palabras.
—Una chica como tú o tu amiga puede rondar los ochenta mil euros. En tu caso y en el de tu amiga, además, habría que añadir el dejar de ingresar el dinero por vuestra información.
¿Ochenta mil euros? Por lo que costaba el coche en el cual viajábamos, podría comprar seguramente un puñado de nosotras. Me pareció terrible que Romano se planteara no pagar por mi amiga y el precio por el cual la vida de una joven podía quedar arrasada.
—Es muy importante para mí, señor. Pagaré como sea ese dinero. Me acostaré todos los días con usted, trabajaré gratis… —Me quité el cinturón de seguridad desesperada para acercarme más a él y me senté a horcajadas sobre sus piernas besando su rostro. No terminaba de saber si estaba haciendo esto por el alcohol, por deseo o por mi amiga. Sobre todo temía estar poniendo a mi amiga en la cabeza como excusa para hacer lo que mi cuerpo me estaba pidiendo.
Romano rio y me sujetó las manos apartándome ligeramente. Lo miré desesperada; las lágrimas asomaron a mis ojos.
—Por favor, señor, haré lo que sea, solo pídame.
Romano acarició mi cara; yo apoyé mi cara sobre su mano. Me estaba entregando como una tonta a uno de los peores hombres conocidos en mi vida. Sí, cierto, Jorge, quizás era peor, y Ricardo… ¿Qué lo diferenciaba de Romano si él traicionaba a su prometida por mí? ¿Qué yo era la amante en lugar de la prometida?
Romano tomó una de mis lágrimas con su otra mano y se la llevó a la boca. Me pareció un gesto de una crueldad terrible, como si disfrutara de mi vulnerabilidad. Como si mis lágrimas solo le hicieran reír o si ellas fueran algo extraño.
—No seas tonta, Natalia. Lo que me ofreces ya lo poseo. ¿Trabajar gratis? De momento me has costado cien mil euros. ¿Tu cuerpo? Me pertenece; si no lo he tomado, es por respeto hacia ti y por lástima.
Sus palabras fueron dagas clavadas en mi corazón, eran ciertas. Yo le pertenecía, había negociado no terminar en la prostitución, pero aun así oírlas de su boca dolían de forma desgarradora. Sigo sin entender mi siguiente paso, pero mi cuerpo no me hizo caso y mis labios se juntaron con los suyos. Por primera vez vi sorpresa en los ojos de Romano. Mis manos se apoderaron de su torso, pero antes de poder llegar más lejos, sus manos otra vez se apoderaron de las mías y me retiró.
—No, Natalia. No me hagas arrepentirme de haber pagado tu libertad. Eres una chica lista. ¿Crees merecer un regalo de ciento ochenta mil euros?
¿Lo merecía? Daba igual si lo merecía o no. Debía haber una salida; no me podía negar la vida de mi amiga. Si ya había pagado por mí, ¿qué más daba pagar por Julia? Necesitaba encontrar un arma distinta a mi cuerpo para seguir la negociación. Pensaba todo lo rápido que podía. No debía renunciar a salvar a Julia, pero no tenía con que negociar.
—Una asistente debe ganar un sueldo alto, ¿no? ¿Qué tal si mi valor y el de Julia los descuentas de mi sueldo?
Era mi última nave por quemar, pensé agobiada. Solo buscaba salvar a Julia a toda costa. Él me atrajo hacia su cuerpo abrazándome y sujetando mi cabeza contra su hombro mientras trataba de calmarme acariciando nuevamente mi cabello. Sabía que mi última propuesta era estúpida cuando antes le había ofrecido mi alma, mi cuerpo.
—Lo pensaré. Esta información se tarda en preparar varios días, a veces semanas. —comenzó a decir sin dejar de acariciar mi cabeza con su mano. —Cuando vayamos a entregar la información y cobrar el dinero, te enterarás de mi decisión, pero no quiero más preguntas, ni enfados, aunque decida no salvarla.
No podía aceptar esa contestación, pero no quedaba más negociación posible. Al menos en mi cabeza; por ello lancé mi última granada de mano.
—Si no la salvas, te haré la vida imposible. Me tendrás que matar para volver a estar tranquilo.
Mi amenaza, sabía que era un farol sin fuerza. Si él lo deseaba, me podía matar ahora mismo, o peor, entregarme a Jorge.
—De acuerdo, apuesta tu vida, pero no te daré ahora la respuesta. Deberás aguantar hasta cuando volvamos junto a Jorge.
Mi corazón dolió en lo más profundo, pero su continua caricia de mi cabello me hacía tener esperanza en esta apuesta. Mis lágrimas, en cambio, pensaban lo contrario; mi amiga estaba vendida.







