Con paso calmado me acerqué al lavabo situado entre ellas e Isabella y me lavé con tranquilidad las manos. El silencio solo era interrumpido por el sonido del agua; las veía aterrorizadas a través del espejo. Isabella les mantenía la mirada impasible. Cuando terminé, me miré un poco en el espejo mientras me secaba las manos con una pequeña toalla. Tras esto, me giré hacia la puerta.
—¿Nos vamos? —pregunté sin mirar directamente a Isabella.
—Por supuesto, no hay nadie importante aquí.
—Buenas no