No sé cuánto tiempo mi mente permaneció nublada por ese beso, pero cuando por fin recuperé el control de mí, me separé medio metro y abofeteé en la cara a Romano. Él me miró con una sonrisa, acortando nuevamente la distancia.
—Estamos en una sala con las paredes de cristal. Se nos ve perfectamente. Compórtese, señor Romano. —Intenté parecer firme, pero en realidad mi voz era baja y entrecortada.
Romano seguía sonriendo a pesar del golpe. Alzó la mano pensando que iba a golpearme; cerr