Romano me cogió del brazo y volvimos a entrar. Conocía bien estas fiestas, pero hasta ahora había acudido como su asistente. En esta ocasión era su esposa y todo era igual, pero diametralmente opuesto.
Había pasado de ser un elemento que pasaba desapercibido, recogía tarjetas y gestionaba citas, a ser juzgada por cualquier movimiento. El comienzo de la fiesta no había ayudado en nada. Las mujeres hablaban a mis espaldas, los hombres mantenían las distancias, pero mi opinión parecía haber perdi